Conviviendo con una comunidad en el Amazonas

¡Hola de nuevo! Agh, cada vez que me hace más difícil encontrar tiempo e internet para sentarme a escribir y publicar entradas… Pero aquí estoy de vuelta. Bueno, os conté que recorrí una parte del Amazonas en barco carguero para cruzar a Perú, pues ahora os voy a contar como fue nuestra (fui con Luise, la chica alemana que conocí en el barco) experiencia en la selva.

Tanto en Leticia en Colombia, como Manaus en Brasil, Iquitos en Perú e incluso Puyo en Ecuador se pueden hacer diferentes tours por la selva amazónica. En Ecuador no tuvimos la oportunidad, y en Leticia no me convenció mucho por lo que me contaron los chicos de mi hostal. Principalmente, porque les llevaron a un sitio (Puerto Alegría si no recuerdo mal), donde tienen animales salvajes en cautividad para que te hagas una foto con ellos. Muy mal. Así que cuando llegamos a Perú investigamos un poco las opciones.

Nos alojamos en el Green Track Hostel, que no es el mejor, pero hay un buen ambiente, y sobretodo, los tours que organizan ellos son muy buenos. Tienen una reserva en la selva (Reserva Tapiche), donde trabajan por la reforestación y la protección de la flora y fauna de la zona. Te alojas en un lodge durante 3/4 noches e incluye todas las comidas, duchas, cama con mosquitera, váter y todas las excursiones una vez allí. Sin embargo es muy caro (150$ al día), por lo que ese no nos lo podíamos permitir. Nos dieron otra opción; tres días con una comunidad local, sin ducha y quedándonos con la familia del guía en lugar del lodge. El total ascendía a 162€. Nos pareció razonable.

Al día siguiente a las 6 de la mañana nos subimos al barquito que tardó una hora y media en llegar a Taminchaco, el pueblo donde nos recogieron dos hombres de la comunidad. La siguiente embarcación era un bote de madera que no parecía muy estable, y dudosas y con ayuda de los señores nos subimos. Al cabo de una media hora se me ocurrió preguntar cuánto más quedaba… cuatro horas.

Hasta luego.

Otras cuatro horas sentada en esa tabla de madera… en fin, no quedaba otra así que intentamos relajarnos de la mejor manera que pudimos.

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Al llegar conocimos a Miguel, que parecía ser así como una autoridad en la comunidad y a la vez el guía. Conocimos a su familia y nos mostró nuestras camas, que estaban muy bien para nuestra sorpresa, incluso tenían su mosquitera, y nos sentó a la mesa para comer. Era muy agradable, muy curioso y cuando me preguntó mi razón por ser vegetariana la entendió perfectamente y estaba de acuerdo con mi punto de vista. Claro que hay un punto ciego que esta gente no vive, ellos solo pescan lo que van a comer en el día y el pollo y huevos que comen los crían ellos y crecen libremente. Por lo que no conocen la forma de ganadería industrial y eso.

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La comunidad El Chino. Nuestra casa es la verde. 

Por la tarde, volvimos al bote y dimos una vuelta por los distintos afluentes del Amazonas. Paramos en un punto y nos bajamos a caminar un rato hasta que vimos una pequeña familia de leoncillos; la especie de mono más pequeña ¡estaban super cerca! Ibamos muy despacio, intentando no hacer ruido para que se asomasen más.

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Un leoncillo

Cuando nos cansamos, volvimos a la casa para ver el atardecer y darnos un chapuzón/ducha en el río. Después de cenar, encendieron la televisión, y de repente el salón de la casa estaba lleno de los niños de la comunidad viendo dibujos animados. No muchos tienen tele, y menos satélite, por lo que las noches la casa de Miguel se convierte en el cine comunal.

Al día siguiente, madrugamos, y después de un buen desayuno nos pusimos en marcha. Fuimos en bote hasta otro punto de la selva. Antes de llegar ¡vimos perezosos! Vimos dos, retozando en lo alto de su arbol, tan tranquilos. De vez en cuando miraban hacia abajo con esas caritas adorables de forma inquisitiva y luego seguían a lo suyo.

Hicimos una caminata de unas 5 horas por la selva, mientras Miguel nos contaba sobre los árboles y la vegetación de la selva. Recogimos muchas semillas de huayruro, unas rojas y negras muy bonitas para hcer bisutería, vimos el árbol del cual sale el gaucho, y nos colgamos de una liana cual Tarzán. También nos habló del chullachaqui; un duendecillo malvado de la selva que toma la forma de alguien que conocemos y nos adentra en la selva para luego desaparecer y dejarnos perdidos y aturdidos. Tiene su árbol, y no se puede tocar porque entonces seguramente se te aparezca.

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Luise liderando la expedición por uno de los afluentes del Amazonas

Al volver al bote, decidimos darnos un remojón en el río para aliviar el calor y huir un poco de los mosquitos. Da igual que llevéis leggings largos, os pican igual. Hay que llevar esos de travesía, si se desmontan mejor. Nos aseguró que era totalmente seguro bañarse, que no había pirañas , ni caimanes ni nada… No era exactamente verdad como aprendimos más tarde. Obviamente, había de todo jaja.

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Esa misma tarde, nos llevó a pescar pirañas. Bueno, antes yo le había preguntado si podía hacer otra cosa, porque no estaba interesada. Por eso pasamos más tiempo caminando por la jungla. Aun así, nos llevó un ratito a que viesemos como lo hacía. Tenía unos palos delgados de madera, y un hilito colgado al final, del que pendía en anzuelo. Y ya. Nada de esas cañas modernas con bovina e hilo especial, no. Echaba la caña, esperaba unos segundos y tiraba con fuerza.

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En nuestra última mañana nos levantamos aun más pronto porque antes de volver, Miguel quiso llevarnos a ver caimanes. Por desgracia, el agua todavía estaba muy alta, y eran difíciles de ver ya que se esconden muy bien ¡pero vimos unos cuantos! Muy, muy quietos en el agua.

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Tristemente, después de almorzar llegó el momento de irnos. Regresamos al bote para el largo viaje de cuatro horas de vuelta a Taminchaco. Llegamos a Iquitos exhaustas, sucias pero súper contentas y muy felices de haber vivido la experiencia. Definitivamente mereció la pena cada sol que pagamos. Aunque la Reserva Tapiche trabaje mucho para la protección del Amazonas y su flora y fauna, en esta comunidad son muy conscientes de lo que el río y su selva significa para el resto del mundo. Solo usan madera de árboles que ya se han caido de forma natural, protejen a sus especies y solo pescan lo que van a consumir, y nos pareció que la experiencia es un poco más “auténtica” que alojándonos en lodges, aunque un poco más incómoda jaja.

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Si estáis en Iquitos y queréis ir a la selva pero un presupuesto limitado o no mucho tiempo, entonces recomiendo ir al Green Track Hostel a preguntar por Miguel y su comunidad, aunque no os alojéis ahí.

Fue una experiencia increíble el poder ver tantos animales en su habitat natural, y nos lo pasamos genial. Aunque si sois vegetarianos como yo, preparáos para comer muchísimos huevos. Después de esa experiencia, pasé como un mes sin volver a probarlos.

 

¡Espero que os haya gustado u os ayude!

Hasta la próxima,

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