Experiencias

Bajo el cielo más puro de América; zapateando por Santa Cruz de la Sierra

Cuando viajas a largo plazo, es importante tomarse el tiempo necesario que tu cuerpo te mida.  Es agotador estar continuamente conociendo nuevos sitios, moviéndose y no pasar más de cuatro o cinco días en cada lugar. Al no haber una fecha de vuelta (o que ésta sea relativamente lejana), ir más despacio ayuda mucho a sentirnos a gusto, dedicando días a nosotros, o a no hacer nada más que pasear y relajarte en el hostal, o donde estés alojado. Por eso pasé diez días en Quito, otros diez en Bogotá, una semana en Minca, otra en Arequipa, y en Cuzco, y en otros sitios que han hecho que me quiero quedar más tiempo.

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Encontrar un sitio que te gusta y en el que estás cómodo y tomar la decisión de alargar tu estancia es una de las mejores cosas que tiene el viajar a largo plazo. La libertad de poder quedarte en los sitios cuanto gustes. Sin embargo, en Bolivia iba con más prisa ya que solo me habían dado un mes (en los otros países tenía hasta 90 días), y bueno, estaba un poco agobiada por llegar a Brasil y poder ver algo de este enorme país. Ya tenía el billete de vuelta y me había tenido que organizar un poco el último par de meses.

La historia de Santa Cruz comenzó cuando llegué a Samaipata, un pueblito adorable en las montañas a unas 3 horas de Santa Cruz. Yo llegué desde Villa Tunari en un autobús roñoso a las 3 de la mañana (por suerte nos dejaron quedarnos en el autobús hasta las 6), y me las apañé para llegar al terminalito desde donde salían los colectivos para Samaipata (casi misión imposible). Por fin, a las 10 de la mañana aparcamos en la plaza principal, y a pesar de mi cansancio y desesperación, en seguida me cautivó. Fui a desayunar y a buscar en Google que alojamientos había. Poco después de terminar el café, me puse en marcha a buscar. A los cinco minutos, me encontré con dos chicos llamando a una puerta en la que había un cartel con el nombre del hostal que buscaba, una flecha y un teléfono. Muy amablemente, se ofrecieron a llamar, como no contestaba nadie, quisieron acompañarme. Por el camino, me contaron que su hostal era más barato, así que cambié de opinión y volví con ellos a su hostal.

Pasé el resto del día con ellos, de estas personas con las que enseguida encajas. Fuimos a las ruinas de El Fuerte, y a cenar una deliciosa pizza. Antes de que se fuesen, uno de ellos; Mario, me ofreció quedarme en su casa cuando fuese a Santa Cruz.

-¿De verdad?

-¡Claro! Tenemos sitio de sobra, y así te relajas un poco.

Sin intentar ocultar mi entusiasmo, acepté encantada.

Llegó el jueves y llegué yo a Santa Cruz, algo aturdida por el calor y el estar en una casa ajena, pero rápido se me pasó cuando me enseñó la habitación en la que me iba a quedar. Tenía una cama doble enorme y mi propio baño. No me lo podía creer. También había una piscina en un jardín verde lleno de árboles, pero lo mejor vino rápido: ocho patas, pelo rubio, orejas caídas y unos ladridos de felicidad a todo trapo aparecieron por la puerta. Dos Golden Retriever preciosas; Kahlua y Choca, y Duque, un Yorkshire las seguía con su hociquito, y detrás, otras patas gorditas y torpes se tropezaban por llegar. Canela, una cachorra, hija de Kahlua, de apenas dos meses. ME MORÍ DEL AMOR. Estaba en el paraíso perruno entre tantos lametones y mimos.

Y así empezó mi estancia en Santa Cruz. Me acabé quedando diez días y apenas hice turismo, aparte de pasear un poco por el centro y ver la plaza principal. Han sido días relajados conociendo un lado de la ciudad que no hubiese conocido quedándome en un hostal. Tuve la enorme suerte de conocer a Franz y Mario, de llevarme tan bien con ellos y de que éste me alojase. Qué interesante es la vida y observar las vueltas que da.

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Con Freddy y Mario

El cruceño es hospitalario por naturaleza, eso me dijo Franz el primer día cuando les di las gracias por acompañarme a los hostales. Y lo he visto en cada momento que he pasado aquí. Santa Cruz tiene un color especial, como Sevilla. El calor hace que la gente sea más relajada, t

ranquila y parece que todo el mundo está de buen humor. Es la segunda ciudad más poblada de toda Bolivia después de El Alto, y aunque parece que está diseñada para moverse en coche, es muy fácil recorrerla en transporte público. Colorida y con apenas restos de su pasado colonial, brilla con fuerza y vitalidad. La gente tiene otra actitud, se ven diferentes también.

Conocí a los amigos de Mario, que son un popurrí muy curioso de gente de aquí y de allá que han descubierto su amor por la música electró

nica. Todos igual de hospitalarios y con toda la buena onda del universo, hicieron que me enamorase de esta gran ciudad.

Mi plan original era quedarme solo tres o, como mucho, cuatro días en Santa Cruz para ir con tiempo por la Chiquitania hacia Corumbá, en Brasil. Sin embargo, lo fui atrasando porque me daba pereza organizarme, estaba cómoda y la verdad, no tenía ninguna gana de volver a estar sola. Había conocido a un grupo de gente con la que me sentía bien, y me habían enseñado a apreciar un lado de la vida que no sabía que podía ser tan fantástico ¿Y por qué no te quedas unos días más? Tardé en pensármelo menos de lo que tardé en pestañear. Al día siguiente me planté en la oficina de inmigración y media hora más tarde salía con la extensión de 30 días más. No me podía quedar un mes entero, pero sí unos días y no quedarme con ganas de nada.

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Plaza de Armas de Santa Cruz

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Creo que he conocido una cara muy alternativa de Santa Cruz, con gente de aquí, aprendiendo sus costumbres y que incluso que se me pegue su acento, el que, por cierto, me encanta. He celebrado su noche, su cultura y su historia de una forma que ha conseguida que me sienta bien, en paz, tenga curiosidad, y que además me quiera quedar más. Disfrutando de su calor y de su gente maravillosa.

La imagen que tenemos de Bolivia en España es tan distinta a la realidad. Antes de llegar me habían dicho cuatro cosas de Bolivia: hace frío en todo el país, no hay wifi y no hay supermercados, y la gente es muy rata y solo buscan el dinero. Y la verdad, nada más lejos de la realidad. Pues como el cuento de que en España es todo sol y cervezas, vete a Burgos en enero, a ver. Sí, La Paz, Copacabana, Uyuni y Potosí son fríos, pero estamos hablando de sitios que están a más de 3000msnm. Entre Sucre y Potosí apenas hay cuatro horas de viaje y en Sucre hace una temperatura ideal, y además es preciosa; la ciudad blanca. Cochabamba también es bastante caliente, y ya Santa Cruz… en septiembre estábamos a 30ºC.  Lo del wifi es relativo de dónde te hospedes. En Copacabana y Uyuni no era genial, pero creo que era más el hecho de ser pueblos pequeños. En las ciudades, en los hostales es relativamente bueno. En Potosí, pude incluso subir un video a Youtube en un par de horas. Lo de los supermercados… pues es que todo se puede comprar en la calle, así que no hace falta. Aun así, en La Paz sí es cierto que apenas vi uno, pero en Santa Cruz hay “harto” como dirían aquí. Y la gente es estupenda. Pues sí, hay maleantes claro, como en todos lados. La gente que yo he conocido me ha ayudado en todo y más, siempre dispuestos a echarse unas risas y compartir todo lo que tienen.

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A veces es bueno que le demos una oportunidad a las situaciones aleatorias que puedan suceder por el camino, siempre confiando en nuestro instinto, ya que nos podemos perder un escenario como el que viví yo en Santa Cruz.

Bolivia me tiene ganada, y Santa Cruz completamente atrapada.

 

¡Hasta la próxima!

 

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Caminando sobre sal; el salar de Uyuni

 

Perdón por el retraso, me he liado entre unas cosas y otras y bueno, como siempre, voy tarde, pero aquí está la entrada de uno de los sitios que más me ha emocionado del viaje. Espero que la disfrutéis.

*****

Todavía no me puedo creer que este sitio sea real. El mayor desierto de sal del mundo no deja a nadie indiferente y es que ha sido lo que más me ha impresionado hasta la fecha. y con diferencia el mejor tour. Yo no soy muy de tours guiados, y normalmente, si puedo hacer la actividad por libre, mejor porque va a ser más barato y tienes más libertad. Sin embargo, hay sitios a los que solo se puede acceder de cierta forma, es decir, con un tipo de coche específico porque si no, no lo vas a explotar debidamente; uno de estos sitios es el salar de Uyuni.

Hay mil maneras de verlo y otras mil empresas para contratar tours. No hace falta hacerlo con antelación, se puede contratar directamente desde Uyuni (o desde el desierto de Atacama, en Chile) e incluso el mismo día que queréis salir para el salar, pero si no queréis perder tiempo buscando compañías y que os cuenten la misma historia cuarenta veces y/o vais con el tiempo justo, investigad un poco antes.

Yo tomé un autobús nocturno de La Paz. Llegué a Uyuni a las 6 de la mañana y en seguida me despejé del calorcito del autobús. Nada más poner un pie en tierra, un montón de personas se apelotonaron ofreciendo tours al salar, hostales y cafeterías. Aun medio dormida y atolondrada, conseguí escaquearme, pero decidí buscar una cafetería con wifi y explorar mis opciones. Mi idea inicial era pasar esa noche en Uyuni y buscar una agencia para empezar el salar al día siguiente, pero resulta que no salen hasta las 10:30 de la mañana, por lo que decidí ir directamente.  Tras un rápido vistazo en Trip Advisor, y ver cuáles eran las agencias mejor valoradas y que mejor relación calidad-precio tenían, me quedé con tres; Salty Tours, Andean Expeditions y Quechua Connection 4WD.  Salí a preguntar; la primera estaba cerrada y no tenía pinta que fuese a abrir en ningún momento, la segunda me dijo que ya había un grupo de 6, y que entonces me pondrían en otra compañía amiga. Eso no me emocionó mucho, ya me conozco la historia de que por viajar sola te acaban poniendo en otro lado y luego si algo pasa nadie responde. En Quechua Connection me garantizaron que iría con ellos, con sus coches y su guía. Era algo más cara que las otras (180$), pero no quería una mala experiencia. Contraté el tour de tres días y dos noches. Incluía agua en las comidas y sacos de dormir, muy importante porque hace mucho frío en ciertas zonas. Además, me dejaban dejar mi mochila grande con ellos, lo cual fue un plus. Con cualquier compañía, el tercer día si os conviene, os deja en la frontera con Chile

Eran alrededor de las 9 cuando pagué. Todavía tenía una hora y media. Decidí buscar un sitio donde ducharme. Fui a un restaurante que también alquilaba duchas (sí, esto es común en Bolivia), y pagué 15 bolivianos (2€) por 20 minutos de agua caliente. Luego fui a buscar un hostal para cuando volviese, y a comprar el pasaje de autobús a Potosí. Salía a las 6 de la tarde y no quería ir con las prisas ni llegar por la noche, por eso preferí quedarme una noche en Uyuni. Pero vamos, si no es por conveniencia, no merece la pena hacer noche ahí. Es un pequeño y frío pueblo en mitad del desierto, que turísticamente no tiene mucho que ofrecer, pero hay suficientes hostales y restaurantes.

A las 11, conocimos al guía, que nos contó el itinerario de nuevo, y luego nos repartieron en los coches. Éramos 23 personas repartidas en 4 jeeps.  En mi coche éramos Louise de Reino Unido, Simon de Francia, Mia, Diandra y Diego de Canadá, y Omar, nuestro conductor. Era el más jóven, pero el más “salao” de los cuatro conductores. En seguida empezamos a llamarle don Omar como el artista de reguetón. Nos dejó poner nuestra música en el coche y siempre tenía alguna historia divertida que contarnos. Además de los conductores, vienen un guía y un ayudante de éste, que también hacen las veces de fotógrafos.

Día 1: el salar

La primera parada del tour fue el cementerio de trenes. Es curioso como vehículos abandonados se convierten en un atractivo turístico, pero la verdad es que es muy chulo. Es una red ferroviaria que se construyó para trasladar la plata desde Potosí a las otras ciudades de Bolivia. Están todos oxidados y puedes subirte y trepar por ellos.

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El cementerio de trenes

Continuamos el recorrido parando en una comunidad para comprar souvenirs (yo tuve que comprar una cinta de lana, porque perdí mi gorro poco antes de salir… lo encontré una semana más tarde en un bolsillo de la mochila, pero bueno), donde también nos enseñaran el proceso de refinamiento de la sal y un pequeño museo con esculturas hechas en sal.

Seguimos un poco más y de repente estábamos en el salar. Sin darnos cuenta, íbamos conduciendo por kilómetros y kilómetros de un suelo blanco e internandonos en el intenso turquesa del cielo. Paramos en un punto donde los guías nos sacaron unas bicis para recorrer los 3kms que nos separaban del almuerzo a pedales. No se si otras compañías hacen eso o no, pero fue una auténtica pasada.

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Almorzamos protegidos del viento por los jeeps y luego tuvimos tiempo de explorar el hotel de sal. Efectivamente, el primer hotel hecho enteramente de sal (creo que ahora hay otros, pero ese se lleva el título de pionero). Ojalá hubiésemos podido ver las habitaciones… Con algunas compañías, se pasa una noche ahí, con esta no, para que lo tengáis en cuenta.  También a unos pocos metros está el monumento al dakar, flanqueado por banderas de distintas partes del mundo. Mia y Diandra encontraron la de Canadá, buscamos la de España en vano, pero encontramos la estelada y la de Asturias, lo cual me hizo infinita ilusión (mi familia veranea en Asturias desde hace más de 60 años) ¡puxe Asturies!

Luego llegó el momento que todos esperábamos; las fotos con perspectiva. Los guías y conductores venían totalmente preparados para este momento y tenían juguetes, botellas de vino y cerveza, latas de Pringles y más atrezzo. Lo primero que hicimos fue grabar un vídeo, la idea era la siguiente: la lata de Pringles era una discoteca, el otro guía era el puerta y entonces nosotros entrábamos fingiendo pagarle. Al cabo de unos segundos más tarde, salíamos todos borrachos y bailando. Nos costó un poco entender el concepto y organizarnos, pero quedamos muy contentos con el resultado final ¡Una pena que no os lo pueda enseñar!

Luego, sacamos fotos en grupo, haciendo todo tipo de cosas, y por último fotos individuales o por parejas. Fue súper divertido, los guías sabían perfectamente lo que hacían y tenían muy buenas ideas. El tiempo pasó volando, y aunque todos conseguimos las fotos ¡parecía que no fue suficiente! Un truco: estas fotos salen mejor con el móvil. Con la cámara no se consigue bien esa perspectiva.

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Siguiente parada: la Isla Incahuasi, popularmente conocida como isla de los pescadores y actualmente como Isla de los Cactus. Este último nombre es bastante obvio; la isla está llena de cactus gigantescos y muy gordos, esta variedad de cactus al parecer solo crece un cm al año por lo que llevan ahí cienes y cienes de años.  La entrada a la isla se paga aparte y son 30 bolivianos (cerca de 4€).

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Explorando la Isla Incahuasi

Dejamos la isla, y fuimos a otra; Pia Pia. Tiene una cueva enorme que hace miles de años era una burbuja de aire que se había formado de la lava de algún volcán de alrededor. Vimos el atardecer desde ahí y luego bajamos al salar de nuevo para sacar más fotos con la preciosa luz del atardecer que había teñido el cielo y la sal de rosa y morado.

Una hora y media más tarde, llegamos a nuestro primer alojamiento. Cenamos sopa y pasta con barra libre de agua caliente para tés, mates, café o chocolate y luego nos recogimos en nuestras respectivas habitaciones. Yo dormí con los chicos canadienses al calor de un pequeño radiador que decidimos alquilar por 20 bs. En este sitio había enchufes y ducha. En la agencia dijeron que el agua era templada, por lo que optamos por no probarla. Hacía demasiado frío como para pensar en quitarse la ropa. Corriendo nos metimos en los sacos y rápido planchábamos oreja.

Día 2: lagunas de colores

Nos levantamos muy temprano, a las 6:30 tomamos el desayuno y continuamos con el recorrido. Condujimos un buen rato en el coche hasta llegar a unas vías de tren, donde nos hicimos unas fotos con perspectiva, reflejándonos en el acero de ésta.

Poco después, aparcábamos en un “museo de rocas”, o algo así. Tenían formas curiosas y eran de un color rojizo muy vibrante. Nos dejaron explorar a nuestro antojo para luego ir a comer cerca de una laguna preciosa. Formaron una especie de “muro” con los jeeps para protegernos del viento y tomamos nuestro rico almuerzo. En este punto, los flamencos nos dedicaron un show privado, sin embargo, eso no fue nada comparado con la conocida como Laguna Hedionda debido al olor que desprende por el azufre. Eso fue una auténtica pasada. Nos contaron que ahora es invierno y estos son los rezagados que no se han ido, pero en los meses más cálidos hay miles y miles, tanto que apenas se ve el agua.

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Laguna Hedionda

Continuamos el viaje, y no podíamos dejar de alucinar. Cada kilómetro era aun más impresionante que el anterior, y se notaba la fuerza del viento sacudiendo a los jeeps. Nos acercábamos a los 5000m de altura, había nieve a los lados y nos sentíamos insignifcantes. Llegamos a la famosa Laguna Colorada, y sí, se llama así porque realmente es colorada debido a un tipo de alga que habita dentro. Allí tuvimos que pagar 150 bolivianos para entrar al Parque Nacional Eduardo Avaroa, y esto no es como la Incahuasi que es opcional, si no pagas, ahí te quedas. Seguimos hacia unas fumarolas que son tan impresionantes como las de Islandia, pero hacía tanto viento y frío que apenas aguantamos 5 minutos fuera.

Y ya por fin, muertos de frío, fuimos a nuestro nuevo alojamiento. Cenamos (¡con vino!), salimos a ver las estrellas y el guía nos dio una explicación rápida de dónde estaba la Cruz del Sur, y distintas constelaciones, incluida la llama. Aguantamos poco, a pesar que la charla fuese muy interesante, pero poco sabíamos que poco después íbamos a tener una clase casi privada de astronomía.

-Que levante la mano los que quieren venir a las aguas termales

Seis personas levantamos la mano. Todos los de nuestro coche. Un par de manos tímidas se alzaron. Al final éramos unos 10.

-En 20 minutos salimos. Podéis quedaros una hora, os recogemos en coche, si queréis estar más, os las apañáis para volver.

¿Quién va a querer volverse andando con este frío? Pensamos todos. Salimos a los 20 minutos y recorrimos los 300m que nos separaban en los jeeps. Al salir del coche, muchos dijeron que no, que hacía demasiado frío y que no se querían meter en el agua. Así que nos quedamos nosotros, con Lucho, el guía y un par de conductores más. Don Omar no quiso (o pudo) meterse, para nuestra decepción… Nos quitamos la ropa y dando gritos del frío fuimos saltando hasta el agua. Poco a poco nos metimos, ya que aunque nos estábamos congelando fuera, dentro estaba muy caliente. Uff… Qué sensación…

Descorchamos el vino de pata de elefante que compramos esa mañana y en breves nos lo terminamos. Entre risas, Lucho sacó una botella de Coca-Cola que ya había mezclado con ron. El cielo era increíble, las estrellas brillaban con fuerza por la ausencia de la luna. Lucho no paraba de prometer que iba a salir en cualquier momento, pero no pasaba nunca. Hasta que pasó. En el horizonte, vimos una luz  dorada que asomaba. La luz se convirtió en una luna creciente enorme, que tímidamente fue asomándose hasta quedar totalmente expuesta. Alucinamos. Se hizo el silencio un momento. Nadie se atrevía a hablar… Ninguno habíamos visto a la luna salir. Normalmente, de repente miras y ya está ahí cuando aún hay luz generalmente. Y el sol, si madrugas lo suficiente, lo puedes ver tranquilamente, pero ¿la luna? Fue realmente mágico.

Pasó una hora, y otra, y otra. Los guías ya se habían ido, y el último coche que nos llevaría al refugió también. Decidimos quedarnos. El pelo detrás de la cabeza que se había mojado estaba completamente congelado, y no podíamos apenas sacar las manos, aunque a veces nos retábamos a ver cuánto aguantábamos fuera, pero empezamos a hablar y no pudimos parar. Hablamos de todo y de nada, de qué queríamos hacer con nuestras vidas, de amores, de sexo, y el universo. Arropados bajo las estrellas, y el agua caliente, animados por el alcohol y aun alucinando por el haber visto la luna, derrumbamos los muros que había entre nosotros y no nos callamos hasta que a la una y media de la mañana optamos por salir y volver al refugio. Para mi sorpresa, y para arruinar un poco el momento, me habían robado las chanclas y la toalla. Quiero pensar que fue un fallo honesto y que alguien se las llevó pensando que eran suyas ya que no había luz… Pero si no lo fue… Espero que esa persona tenga una diarrea de varios días. Mia me dejó su toalla y pude secarme, pero tuve que caminar en calcetines, húmeda y sin apenas ropa.

Por suerte, los sacos de dormir que nos habían dejado eran muy buenos; gustositos por dentro e impermeables por fuera y no pasé apenas frío por la noche, y por suerte ese día nos dejaron dormir un poco más que el día anterior.

Día 3: la despedida

Nos despertó un buen desayuno de tortitas y dulce de leche. La verdad es que este ha sido el primer tour que hago en el que la comida me satisface, no solo en cantidad, si no en la variedad para vegetarianos. Por la mañana fuimos a lo que llaman Museo de Dalí, no porque el artista haya estado nunca por esos lares, si no por la forma de las montañas, dicen que recuerda a sus obras. Y bueno… Si lo piensas muy intensamente supongo que sí. Tristemente, de este día apenas tengo fotos porque en el último refugio no había electricidad (funcionaba con un generador) y no pude cargar la cámara.

Poco después, llegó el momento en el que nos separábamos. Los que se iban a Chile iban por un lado y los que volvíamos a Uyuni por otro, sin embargo, no eran un número par, por lo que nuestro coche fue hasta la frontera aunque solo iban a Chile Mia, Diandra y Diego. Pudimos pasar más tiempo juntos en el coche, bailando los temazos de los 90. Nos despedimos con abrazos y deseos de buena suerte y muchos ánimos. Louise, Simon y yo volvimos al coche para ir a almorzar. Ese día se levantó un viento fortísimo, como no lo habían tenido en 40 años nos dijeron. Apenas se podía caminar y toda la arena volaba, impidiendo abrir los ojos o la boca…

Después de comer nos llevaron a una especie de laguna preciosa, pero la verdad es que estábamos todos helados y ya con ganas de tomarnos una ducha caliente. Llegamos a Uyuni sobre las 6 de la tarde. Me despedí de Simon, y con Luise quedamos en encontrarnos en un restaurante que nos habían recomendado para la hora de la cena, ya que su tren a Argentina no salía hasta las 10 de la noche.

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El restaurante se llama Minute Man, y es totalmente recomendable. Es más que nada una pizzería, también tienen algún plato de pasta y desayunos hasta las 10 de la mañana (al día siguiente fui más tarde y ya no servían…). Es algo más caro que la media boliviana, pero si queréis daros un capricho, es muy buena opción Está dentro del hotel Torito.

Acompañé a Louise a la estación, nos despedimos y nos deseamos lo mejor en nuestros viajes. Jopé, esto de despedirme de tanta gente se está haciendo algo cansado… Es increíble la de gente que hay por el mundo con la que encajas bien. Con los cinco tuve una conexión muy bonita, y durante el viaje he conocido a muchísima gente que se que si viviésemos cerca, seríamos muy buenos amigos… Pero bueno, me llevo la alegría de conocerlos, y una excusa para viajar más 😉

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No podéis perderos esta maravilla, tanto si estáis en Bolivia como si estáis en Chile. Investigad bien las empresas, porque aunque en general, todas hacen lo mismo y van a los mismos sitios, el trato al cliente, la seguridad del coche, la comida, etc., puede variar. Yo confié en las opiniones de Trip Advisor, y salí super satisfecha.

Disfrutad mucho y protegeos del frío,

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¡hasta la próxima!

 

Vegetariana recorriendo Sudamérica ¿se puede?

Cinco meses y medio después de viaje y de haber pasado por Ecuador, Colombia y ahora (estando en) Perú puedo hablar del tema del vegetaranismo con seguridad. Parece que en Sudamérica y Latinoamérica en general se come muchísima carne, o por lo menos es lo que ocurre en estos tres países (aunque la gente que he conocido de Argentina también me han confirmado este hecho). Además, la comen para desayunar, comer y cenar, prácticamente todos los días de la semana, por lo que a simple vista, puede parecer algo complicado el viajar siendo vegetariana o vegana, pero nada es imposible. Solo se necesita convicción, ganas y saber dónde buscar.

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Frijoles, arroz blanco, ensalada y una sencilla y feliz hamburguesa de quinua con zanahora (Baños, Ecuador)

Dejé la carne y la leche de vaca hace unos tres años, el pescado hace uno y estuve unos meses intentando evitar cualquier producto que viniese de animales, otros derivados lácteos y demás. En casa, obviamente, todo es más fácil y no resulta complicado el saber qué nutrientes comes y como suplir lo que no dan los productos animales. Sin embargo, viajando he tenido que claudicar en algunos aspectos. Sudamérica es desde luego un desafío, pero se puede hacer sin morir en el intento. Voy a contaros mi experiencia, pero espero no ofender a nadie, ni de un lado ni del otro. Es un tema muy personal y ni yo juzgo a nadie, y espero que nadie me juzgue.

Pero vamos al lío; aquí (Ecuador, Colombia y Perú), al menú del día lo llaman almuerzo. Cuesta entre 1 y 4€ aprox. Suele consistir en una sopa de primero, y de segundo; arroz, frijoles, algo de ensalada, a veces yuca o patacones (plátano frito más o menos) y carne. Hasta ahora, normalmente, pregunto de qué es la sopa, hay veces que hay suerte y es de vegetales o tubérculos y otras que es de carne. Si no se ha cocinado con carne, pregunto si en el segundo plato pueden servirme el plato normal, pero sin la proteína. Casi no he tenido ningún problema para que no me pongan la carne, y en su lugar, sirven más patacones, aguacate o algo así. Otras veces, sin preguntar, pondrán un huevo frito. Yo he vuelto a tomar huevo, pero si no queréis; especificad antes que tampoco tomáis eso.

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Un menú en un restaurante vegetariano (Guayaquil, Ecuador)

En general, en la mayoría de hostales para mochileros hay cocina relativamente bien equipada, y aunque no se consuman muchas verduras, en los mercados locales abundan a precios muy baratos, por lo que podéis cocinar sin problema. Los frijoles se venden a granel. Obviamente, si cocináis no tendréis ningún problema, pero sí que es más difícil encontrar sustitutos de la carne como tofu o seitan… Igual en las tiendas naturistas (herbolarios de toda la vida), pero serán algo caros. Aunque no temáis, pues la quinua, la chía y la linaza se encuentran súper fácilmente y a unos precios que harán que queráis llevaros todas a España. Pero los frutos secos son caretes, excepto los cacahuetes (yo hago mi propia mantequilla de cacahuete y está híper rica, sin químicos ni aceite de palma).

Otra cosa cara; las leches vegetales. En Colombia a veces tenían el litro de leche de soja por unos 3€, pero no es lo normal, y de todas formas, no suele compensar, ya que nunca pasas el suficiente tiempo en un mismo sitio como para acabarla, y se pone mala por el camino. Si me quedo una semana o más, suelo comprarla. Pero la verdad es que ya me he acostumbrado a tomar el café solo (el tinto que llaman en Colombia) y los copos avena los cocino en agua en vez de leche. Sin embargo, la panela (o caña de azúcar) es muy barata, por lo que es un buen momento de dejar el azúcar refinado por algo más natural. Pero bueno, siempre podéis hacer vosotros la leche con avena, almendras, alpiste, o lo que sea. En Perú, encontré leche de soja enlatada a un precio muy normal. Me emocioné tanto que la compré sin pensar. Luego, al leer los ingredientes, casi me da algo de la cantidad de azúcar blanco que llevaba.

Os hartaréis (o no, en realidad, yo nunca podría hartarme) de tanta fruta. Hay muchísimas, o sea solo el plátano tiene como mil variedades. Por ejemplo; hay un plátano que es más grande y ese no se considera fruta, se cocina, y se divide en guineo, maduro y verde, depende de su grado de madurez. Los maduros son más dulces. El “normal”, aquí lo llaman banano, y los hay enanos que son muy dulces y otros rosas. Yo flipo. Papaya todos los días. Y qué papayas. Unas chirimoyas del tamaño de todo el continente (las grandotas se llaman guanábanas). Hay tomates de árbol (sí, el que le puso el nombre se lució), y lulos que hacen los mejores jugos después del maracuyá. Y una de mis favoritas, las granadillas. Las enseño en el vídeo de San Andrés. DELICIOSAS. Ah, y las naranjas son verdes y no se llaman verdes (no me matéis, je). Con todas estas frutas, se pueden hacer infinidad jugos y los que venden en la calle son entre 1 y 3€, pero acordaros de decir “sin azúcar”, porque le ponen muchísimo.

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Jugo de durazno (Guayaquil, Ecuador)

El queso también lo usan muchísimo, pero no hay queso como el queso Europeo, así que se puede vivir sin él sin problema, pero cuidado con el pan, porque, sobretodo en Colombia, casi todo está relleno de queso. Los buñuelos, hay empanadas, el pandebono, las almojábanas, etc. Por supuesto todo frito y súper sano. En Colombia y Ecuador también le ponen queso al chocolate caliente, pero solo si lo pedís expresamente.

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Almojábanas  (Chía, Colombia)

Un tema interesante es el de la ganadería; se ve mucha ganadería pequeña. Familias que crían ellos sus vacas, chanchos y gallinas, consumen de sus animales y lo que sobra lo venden en los mercados locales o a los vecinos, por lo que es muy distinto, ya que solo se cría lo que se consume. En la comunidad en la que nos quedamos en la selva, pescaban mucho porque no tenían ganado, pero solo pescaban lo que iban a comer en el día. Allí me ofrecieron y me lo pensé, pero en realidad no quería comer un animal aunque hubiese sido conseguido de forma sostenible y responsable.

Creo que no es tan difícil si os buscáis un poco la vida. Comer fuera a veces puede ser un poco pesado, ya que no siempre te hacen el apaño, y veces que ni se les ocurre y te preguntan “¿vegetariano? ¿como qué?”. Importante señalar que digáis siempre vegetariano, o especifiquéis todos los tipos de carne, porque a veces solo llaman carne al res y al cerdo, pero no al pollo o pescado. Lo mejor es la aplicación Happy Cow, en más de una ocasión me ha salvado y hay veces que hay sitios donde menos te lo esperas. En Colombia por ejemplo, hay una comunidad muy grande de Hare Krisnas y tienen restaurantes repartidos por todo el país. Y bueno, si cocináis vosotros, pues ningún problema.

Puedo colgar alguna recetilla también si queréis 🙂

Y si todo lo demás falla, siempre quedarán las humitas ❤

 

¡Hasta la próxima!

Una semana en el Caribe; San Andrés

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Si os digo la verdad, nunca había oído hablar sobre la isla de San Andrés hasta que mis amigas Leanne y Sophie me propusieron el plan cuando aun estábamos en Santa Marianita, Ecuador. Apenas unos días antes de que ellas dejasen en Donkey Den me preguntaron si quería reservar los vuelos que desde Bogotá estaban muy baratos (60€ ida y vuelta). Busqué en Google, me gustó lo que vi y compramos los billetes para un mes y medio más tarde.

El 24 de marzo estábamos las tres en Bogotá, impacientes por llegar y con una emoción tan palpante que no podíamos aguantarnos. Llegar a la isla es fácil y  no demasiado caro, pero como extranjeros hay que pagar un impuesto antes de entrar de 99 mil pesos, es decir, unos 33€, que ya está bien. Creo que es más barato volar desde Cartagena pero bueno, eso ya depende de lo que le convenga a cada uno.

Nos alojamos en el Blue Almond Hostel, que aunque los dueños no nos cayesen muy bien, creo que es una de las opciones más asequibles a unos 15€ la noche. Hasta la fecha, ha sido el alojamiento más caro desde que dejé Madrid.

La isla mide apenas unos 30kms, por lo que es fácil recorrerla. Se pueden alquilar bicis, motos o carritos de golf, pero tened cuidado con esto último, porque hay tanto los caddys normales, que van a cero por hora, o unos Kawasaki que van a más velocidad y en general, son más cómodos. Alquilar una bici son 25.000 pesos al día (8€), una moto 60.000 (20€) y el Kawasaki unos 180.000 (60€).

Muy bien, basta ya de datos útiles y vamos a lo divertido; cómo ha sido pasar una semana en el Caribe. Pues duh, increíble. Nunca había estado, y tampoco había visto tantos azules distintos en el mar, ni esos tonos, ni la arena blanca que no se por qué no quema, ni nada parecido. Lo primero que notamos fue el calor. Llamadme idiota pero me esperaba un calor agradable, no un horno achicharrador, pero una está en el Caribe y se aguanta. El último día ni podíamos estar al sol, ni caminar, porque dolía demasiado.

A pesar del pequeño tamaño de la isla, es imposible aburrirse, y si os aburrís, cogéis un barco o avión a Providencia, la isla de al lado, y todo arreglado (el barco o avión desde San Andrés a Providencia son unos 300.000 o 500.000 pesos). Todos en la isla hablan inglés, y de hecho es el idioma principal, pero no os agobiéis si no se os da bien porque también hablan español 🙂

Rocky Cay: Uno de los cayos de la isla, se puede ir en autobús desde el centro por 2000 pesos, o si no, al dar la vuelta a la isla en caddy o moto o lo que sea se puede acceder fácil y no tiene ningún costo de entrada. Agua cristalina que no cubre más de la cintura te guía hasta el cayo, al que se puede caminar perfectamente. Se puede pasar el día, ya que hay palmeras que dan sombra y restaurantes cerca no muy caros, pero la verdad, yo recomiendo o llevar la comida hecha del alojamiento, o comer fruta y aperitivos y hacer una cena relativamente pronto cocinando.

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En Rocky Cay

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El camino de agua azul a Rocky Cay

Hoyo Soplador: Una grieta en una roca gigante desde la cual la gente salta al mar (a mi me pareció algo peligroso ya que es muy estrecha, pero no sé… la gente parecía hacerlo con confianza). Se puede entrar al agua sin tener que saltar y luego bucear por la roca.

West View: La entrada creo que son 4000 pesos, y es un espacio para bucear que también han puesto un tobogán y un trampolín. En realidad, la mejor manera de hacerlo es andar un poco más y meterse por uno de los caminos donde hay menos gente, y si te ves con fuerza, nadar hasta el tobogán y montarte gratis 🙂

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Estresadas  en West View

La Piscinita: Otros 4000 pesos. Es un espacio en el que han puesto un restaurante (muy caro) y uno de los mejores sitios para hacer snorkel de la isla. Con la entrada te dan una bolsita para dar de comer a los peces, por lo que te rodean completamente y no tienen ningún miedo. La mejor opción sin embargo, ya que suele haber bastante gente, es salirse de “la piscinita” nadando y llegar a los corales de al lado, donde puedes ver a los peces a su bola ¡Si tenéis suerte, igual veis una raya! Nosotras vimos varias.

Playa de San Luis: Otra de las increíbles playas de la isla. Esta es muy larga por lo que puedes ir a zonas más o menos concurridas. Hay una zona, enfrente del hotel Decameron, donde hay un charco de agua transparente, y que si te sientas, en seguida vienen un montón de pececillos a nadar a tu alrededor Kella’s Bar; un bar muy fiel a la cultura reggae de la isla.

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Playa de San Luis

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Una piña colada en Kella’s Bar

Playa del centro: Tiene un nombre, pero no lo recuerdo… no tiene mucha perdida, es la playa del centro de San Andrés. Es grande y muy bonita, pero no es tan natural como lo es Rocky Cay que está rodeada por palmeras, en lugar de edificios. Si camináis un poco más por el malecón o la playa, llegáis a las letras de I LOVE SAN ANDRÉS. La playa ahí est más tranquila y hay mucha menos gente que en el centro.

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Acuario y Johnny Cay: El principal tour de la isla. No recuerdo cuanto es, pero sí recuerdo que no mereció la pena. Te llevan en lancha al acuario, que no es un acuario como los que conocemos, si no que es una isleta rodeada de agua completamente cristalina en la que se pueden ver muchas especies de peces. No se como será normalmente, pero cuando fuimos estaba llena de gente. Además había dos chicos con una raya al sol para que la gente se hiciese fotos con ella y a mi se me estaba partiendo el alma…

Johnny Cay es otro cayo. Una isla llena de palmeras, bares, iguanas y sitios para comer donde vas a pagar como poco 10€ por un plato (mejor traed la comida de casa o esperad a comer a la vuelta). También hay mucha gente, pero al ser más grande, la gente está más dispersa. Eso sí, el sol pega muy, my fuerte. Nosotras, a pesar de usar protector solar nos quemamos bastante ahí, por lo que venid bien equipados.

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Primera iglesia baptista: Pues eso, la primera iglesia baptista de la isla, que está en lo alto y tiene una torreta desde la que se puede ver toda la isla. También te ponen un video contándote su historia. No está mal, pero no es nada increíble.

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En general, es una isla cara. Comer fuera cuesta lo mismo que en España prácticamente, así que aseguraos de tener una buena cocina en la que se pueda preparar cosas y poder ahorrar en eso. Dentro de la isla, además se puede hacer buceo y eso creo que no está mal de precio y lo mismo con el kitesurf. Y yo creo que merece la pena comprar vuestro propio tubo y máscara porque alquilarlo a diario sale caro y no hay día que no vais a querer tener uno a mano.

MUCHO PROTECTOR SOLAR Y ANTIMOSQUITOS. Ya está, no necesitáis nada más. Desde luego, si estáis en Colombia y tenéis una semana (o cinco días vaya), yo creo que merece la pena hacerse el viaje, porque aunque la costa de Colombia tiene parte en el Mar Caribe, no tiene nada que ver con estar en una isla en pleno caribe, que tiene tan viva la cultura creole y reagge. Eso sí, chicas, si ya es agobiante el que te silben o te digan cosas por la calle, en San Andrés son profesionales.

Espero que os haya gustado la entrada y que vayáis si podéis porque ver tantos tonos de azul en el mismo mar, no tiene precio.

¡Hasta la próxima!

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¡¡YA PODÉIS VER EL VÍDEO!!

¿Qué hacer en Bogotá?

Por fin, la primera entrada sobre Colombia, y no podía ser sobre otra cosa que no fuese Bogotá. Una ciudad vibrante en la que me he sentido muy cómoda y la primera en estar casi como en casa. Es la ciudad más grande de Colombia con unos 8 millones de habitantes y la tercera capital más alta de Sudamerica, a 2640 metros. Y sin embargo, a pesar de su abrumante tamaño, te recibe con los brazos abiertos. Es relativamente fácil moverse. El TransMilenio llega a bastantes zonas de la ciudad con la ayuda de la aplicación (TransmiSitp) que te dice como llegar a cualquier lado. Para los taxis, hay que bajarse una aplicación; Tappsi. Sobretodo para cogerlos por la noche.

La verdad, es que para ser tan grande, no tiene tanto turísticamente, y aun así, ha conseguido que me quede diez días enteros. Ha sido mi primer destino sola y Ana se había vuelto a España hacía unos días. Así comenzaba la segunda parte de la aventura. Volé desde Quito con Viva Colombia, la aerolínea low cost de Colombia, y no lo recomiendo (o sea sí, si os queréis ahorrar las mil horas en bus, pero yo pagué demasiado y tuve algún que otro problema con la compañía), y en menos de hora y media aterricé en el aeropuerto de El Dorado.

Me alojé en el barrio de La Macarena, en casa de una antigua amiga del colegio. La mayoría de los viajeros se hospedan en La Candelaría, el barrio más central y más hippie, pero La Macarena está a solo 20 minutos andando, está lleno de bares, restaurantes y cafeterías hipsters y es algo más seguro por la noche.

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El Museo Nacional y el Parque Nacional están al lado y están muy bien para pasear. El Museo Nacional cuenta la historia de la ciudad, como los españoles la fundaron, el por qué de la localización y lo que significó para ellos la colonización. Un punto de vista muy distinta al que aprendemos en el colegio. El Museo del Oro es otro imprescindible. En él albergan piezas de distintas culturas indígenas antes de que llegaremos los europeos. Una de las piezas más importantes es la balsa muisca, que representa la ceremonia de la leyenda de El Dorado. Otro museo es la Colección de Arte del Banco de la República, tres museos en uno. Uno de ellos siendo el Museo Botero. Por cierto, los domingos los museos son gratis.

Pasear por la Carrera 7, la calle principal. Sobretodo en domingo, que la cierran para los coches y hay un mercado de pulgas muy grande. Al final de esta se encuentra la Plaza de Bolívar, una plaza gigante habitada por palomas, con la correspondiente estatua del héroe nacional. Y de ahí La Candelaría está a solo unos metros, id a probar la chicha, una bebida tradicionalmente indígena que estuvo prohibida durante muchos años. Entrad en cualquier restaurante y pedir el ajiacouna sopa típica hecha con tres o cuatro tipos distintos de papa (y a veces pollo). De postre, comprad en un puesto de la calle una oblea con arequipe; son como unas galletas grandes y finas con dulce de leche.

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Plaza de Bolívar

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Ajiaco sin pollo

Para tener una vista privilegiada de la ciudad, el Cerro de Monserrate no puede faltar. Los domingos todo el mundo sube para la misa por lo que es más entretenido la cansada subida. Hay gente vendiendo y mucho movimiento. Sin embargo, entre semana es mejor coger el teleférico, porque no es muy seguro subir cuando no hay gente. También aseguraos que haga buen tiempo, el día que yo subí estaba todo nublado y no se veía nada…

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Vistas desde el Cerro… todo nublado

Fuera de la ciudad hay dos cosas principales: Zipaquirá y Guatavita. Zipaquirá es una catedral de sal, a la que no fui por falta de tiempo. Guatavita es la laguna donde sucedió la leyenda de El Dorado. A la que sí fui y me pareció muy caro para lo que es. Porque hay que pagar el autobús hasta el pueblo Guatavita que son 9.000 pesos (más otros 9.000 de vuelta), 11.000 del autobús del pueblo a la laguna (esto sí es ida y vuelta), y 17.000 para extranjeros para entrar en el parque.

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Con Sophie y Leanne en la laguna de Guatavita

En total yo estuve unos nueve días, y me faltó la catedral de sal, pero la verdad si era tan cara como la laguna prefiero no haberlo hecho, pero aquí depende del presupuesto de cada uno. Aun así, Bogota es una ciudad moderna y joven llena de vida y buen ambiente. Una cosa es segura, no os vais a aburrir.

¡Hasta la próxima!

Dos meses en Ecuador

Esto de llevar el blog al día se me da peor de lo que pensaba… Pero bueno, he decidido cambiar el ritmo e ir escribiendo las cosas como me apetezcan en lugar de en orden, porque yo ya estoy en Colombia y de Ecuador aun quedan muchas entradas…

A estas alturas ya debéis saber que hemos pasado dos meses recorriendo todo Ecuador, y aun así se nos ha hecho corto. Sin embargo, antes de embarcarnos en esta aventura, mucha gente se extrañaba “¿Ecuador? ¿Pero qué hay ahí?”, “¿Por qué no vais a Perú?” y un largo etcétera. Es un país que pasa totalmente desapercibido, incluso la gente de allí es consciente. En Quito, nuestros anfitriones de couchsurfing nos dijeron que que bueno que hubiésemos decidido ir a Ecuador directamente, porque por lo general es un país al que se va de paso y la gente no le dedica demasiado tiempo.

Sin embargo, Ecuador es una verdadera joya que nosotras recomendamos completamente. No me importaría volver porque en todos los sentidos nos ha cautivado (palabrita). Cada sitio tiene su encanto y hay una variedad enorme; tan pronto estás en una playa como la de los Frailes, como en una jungla llena de monos, como en un volcán nevado o en una ciudad como Quito o Guayaquil, que en nada se parecen.

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El recorrido que nosotras hicimos es bastante completo, y aun así no pudimos ver ni el sur ni el norte, pero para que os hagáis una idea, nosotras hicimos lo siguiente:

Guayaquil (2 días): Me hubiese gustado pasar algo más porque hay muchísimo que hacer, pero el calor es aplastante e incómodo. Hay un parque con iguanas (!!!!), para tener las mejores vistas, sin duda subid a Las Peñas. Se puede recorrer el Malecón, e incluso cruzar el río hasta una especie de isleta.

Manta/Santa Marianita (3 semanas): Nos quedamos tanto por el voluntariado, está bien para unos días pero no os quedéis demasiado. sin embargo, los alrededores merecen más la pena.

Puerto López (2 días): El pueblo no tiene mucho más allá de la playa, pero hay mil actividades y la playa de Los Frailes es una absoluta pasada.

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De excursión a Los Frailes

Ayampe (1 día): Perfecto si te gusta el yoga y la meditación. Un poco aburrido si no, no hay mucho que hacer y es bastante caro.

Montañita (2 días): El sitio playero de fiesta por excelencia. Muy turístico y con ese aire de fiesta tipo Benidorm/Magaluf. Si te gusta eso, este es tu sitio ¡También es genial para el surf!

Cuenca (5 días): Nuestro favorito por excelencia. Toda la ciudad es preciosa, hay tantas cosas que ver y que hacer, además de el Parque Nacional de Cajas e incluso las ruinas de Ingapirca, si no os importa pasaros medio día en un autobús.

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¡Intentando saltar en el Chimborazo nevado!

-Alausí, Riobamba y Ambato (1 día en cada uno): En Alausí está la famosa Nariz del Diablo, lo cual podéis hacer andando en lugar de en tren y ahorraros 30$ (las vistas son una pasada, merece la pena darse el paseo). En Riobamba está el volcán Chimborazo, que es increíble y depende de los planes que tengáis podéis dedicarle más o menos tiempo. Ambato fue un sitio de paso antes de Baños, pero llegamos en plena Fiesta de las Flores y las Frutas y estaba todo precioso.

-Baños (4 días): Pretendíamos quedarnos más pero por circunstancias del destino, solo pasamos 3 noches. Hay un montón de actividades y de deportes de riesgo; canopy, rafting, torrentoso, puenting… Se come maravillosamente y el ambiente en la ciudad es muy relajante. Eso sí, es mega turístico. Nosotras fuimos al columpio del fin del mundo y alquilamos unas bicis para hacer la ruta de las cascadas (¡recomendables los dos!).

El Oriente (4 días): Entre Puyo y Tena pasamos unos 4 días y 3 noches. Puyo es la puerta a la amazonía, y aunque el pueblo no ofrezca demasiado, hay muchos tours para hacer por el amazonas y lo mismo en Tena. Nos falló un voluntariado en pleno amazonas y tuvimos que improvisar un poco. Todo depende del presupuesto y del tiempo que queráis pasar en la jungla.

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Columpio del fin del mundo en Baños

Latacunga (3 días): El hogar de dos de los principales volcanes de Ecuador, el Cotopaxi y el Quilotoa (que ahora el cráter es una laguna que ha obtenido un fuerte color verdoso debido a los minerales del fondo). Nosotras fuimos al mercado de Saquisilí (creo recordar que son los sábados), un pueblo cercano, y al Quilotoa. El Cotopaxi se nos salía del presupuesto, pero al parecer los tours están muy bien y sale más barato, para variar.

Mindo (3 días): Es precioso. Está a unas dos horas/dos horas y media de Quito hacia el norte y hay autobuses que te dejan en la entrada. Aviso que desde la carretera principal al pueblo hay unos 7kms. Hay que esperar a otro autobús. Nosotras no lo sabíamos y anduvimos una buena parte, hasta que un buen hombre nos recogió. Es bastante turístico, pero porque hay extranjeros residiendo allí más que viajando. Se pueden comprar artesanías, hay muchísimos restaurantes con opciones vegetarianas, tours para aprender sobre el chocolate, un mariposario y más cosas, así que no os vais a aburrir.

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En la laguna del volcán Quilotoa

-Quito (10 días): Sí, es mucho, pero la verdad es que necesitábamos bajar el ritmo de viaje y quedarnos en un sitio unos días. En Quito hay muchísimas cosas, pero muchas dependen del tiempo, el cual varía mucho. El free walking tour es indispensable. Para unas vistas impresionantes; El Panecillo (una estatua de la virgen María con alas, regalo de los españoles, por cierto), o subir a la torre de la Basílica (si tenéis vertigo, puede que sea difícil, para mi lo fue…), o coger el teleférico para el volcán Pichincha (el cual no pudimos hacer por la niebla). Los sábados hay un mercado en Otavalo, a unas dos horas que al parecer está muy muy bien, aunque no  pudimos comprobarlo, pero eso es otra historia. Y por supuesto, en Ecuador está el Ecuador; la Mitad del Mundo.

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Monumento a la Mitad del Mundo

Desde luego, en Ecuador no os vais a aburrir y tampoco vais a gastar un dineral. Por lo general, los almuerzos (menús del día) varían entre los 2 y 3,50$. El hospedaje puede estar entre los 5 y los 12,50$ la noche (12,50 ha sido lo que más pagamos y porque era carnaval). Y en general, las actividades turísticas son asequibles. Moverse es super fácil, todo se hace en autobús, y está todo bastante bien conectado, no hace falta reservar nada, simplemente llegas a la terminal terrestre (estación de autobús) del sitio, y por ahí preguntas. Además, es bastante barato también. La gente siempre está dispuesta a ayudarte, ya sea para encontrar alojamiento, ayudarte con alguna dirección o simplemente darte conversación en el autobús.

Si estáis planeando las próximas vacaciones, Ecuador es un destino más que ideal 🙂 Le hemos cogido muchísimo cariño ❤ Para saber más sobre la comida de Ecuador, echadle un vistazo a la sección del blog de Masticando Madrid, allí Ana cuenta todo lo que queráis saber ¡incluidas recomendaciones en cada ciudad!

Aquí podéis ver el último vídeo, Quito:

 

¡Hasta la próxima!

Ayampe y Montañita ¿surf y meditación?

Las despedidas son duras, nos fue difícil decir adiós al Donkey Den, pero teníamos que ponernos en marcha si no queríamos llegar de noche al siguiente destino y sin tener ni idea de qué hacer. Íbamos en dirección Montañita, pero nos habían hablado muy bien de Ayampe, que estaba un poco antes, por lo que decidimos pasar allí una noche. Y adivinad qué; se nos hizo tarde y llegamos de noche sin tener ni idea de nada.

Ayampe; el retiro del yoga y la meditación

Nos bajamos del autobús en mitad de la carretera. Eran cerca de las 8 de la tarde pero ya era noche cerrada. Lo único que había era una tiendita y un cartel de madera que decía “Bienvenidos a Ayample, retiro de descanso”, y un camino de tierra sin una sola farola. Nos miramos como diciendo “¿y ahora qué?”, pues nada, cogimos las mochilas y echamos a andar. Al poco nos dimos cuenta que teníamos tres chicos detrás que parecían extranjeros y de nuestra edad. Aliviadas, les preguntamos sobre algún albergue y nos dieron alguna indicación.

Recorrimos Ayampe en cuestión de media hora, preguntando en distintos sitios por habitaciones, algunos no tenían, otros se salían del presupuesto y otros no nos gustaron nada. Por fin, ya un poco desesperadas, nos fijamos que colgaba un cartel de una de las casas que había justo en la playa, parecía un hogar particular, pero el cartel no podía mentir: “HABITACIONES BRISA DEL MAR”. Entramos en lo que parecía ser un salón, y una señora salió a atendernos. No les quedaban habitaciones, pero le debimos de dar mucha pena porque nos dijo que tenía una que no estaba del todo lista, pero que tenía un WC, un colchón y una ducha. Entramos en el cuarto, Ana y yo compartimos una mirada cómplice en la que tuvimos toda una conversación.

-¿Qué te parece?

-Bueno… desde luego no es el Palace, pero no nos queda otra…

Mientras tanto, la señora trajo una bombilla y puso sábanas limpias en el colchón que aun tenía el plástico.

-Está bien, nos quedamos.

Le dejamos hacer y fuimos a buscar algo de cenar. Sorpresa, todo cerrado. Al final encontramos un sitio chiquitín y pedimos dos arenas de queso y aguacate. Al cabo de un rato dos chicos se acercaron preguntándonos si podían sentarse con nosotras. Claro, por qué no. Julian, californiano de familia española con un acento que nos dice que es de Burgos y nos lo creemos, y Rufi, un alemán que también hablaba muy bien español. Nos echamos unas risas y seguíamos alucinadas con el acento de Julian, nos invitaron a pasarnos por su albergue en una hora o así, pero nos quedamos dormidas… Somos unas fiesteras…

Por la mañana, buscamos el restaurante Finca Punta que tanto nos habían recomendado. Un camino entre la jungla, escaleras de madera y unas vistas espectaculares, todo acompañado por los 7$ que costaba el desayuno… Adiós y gracias.

Nos acordamos que habíamos comprado un pan de plátano el día anterior y fuimos a la playa a comérnoslo ahí. Luego preguntamos por las clases de yoga y surf, pero resultó que ya habían terminado y no había más hasta la mañana siguiente… No queríamos quedarnos otra noche ahí porque no había mucho más que hacer y ninguna nos queríamos pasar el día tumbadas en la playa. Decidimos dar un paseo por esta y seguir nuestro camino.

Montañita; cuna de la fiesta y del surf

Nos bajamos del autobús media hora más tarde y nos adentramos en las calles de Montañita. Sí, ese es su nombre real. Palabrita. En seguida la gente te acoge, hay muchísimo movimiento de gente, restaurantes, tiendas y bares. Todos quieren que entres a su local, que te tomes una copa o te compres un collar. Nada que ver con su vecino Ayampe. Encontramos un sitio con opciones ve ganas y nos sentamos a comer y a decidir nuestro plan. Lo primordial: encontrar alojamiento. Entramos en distintos sitios preguntando por las habitaciones hasta que al final nos quedamos en uno que nos cobraba 7$ y tenía un pequeño balcón que daba a la calle.

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El resto del día lo pasamos explorando este sitio tan particular y paseando por la playa. Montañita es famosa en todo Ecuador por dos cosas: la fiesta y el surf. En ese orden. A nosotras nos recordó al típico sitio de fiesta para jóvenes tipo Benidorm o Magalluf pero en tropical. Todo está pensado para el turista, y las calles las ocupan una variedad de personas que van desde musculados bronceados pasando por hippies, a chavales que acaban de terminar de estudiar.

Por la noche exploramos la calle de los cocteles; una calle pequeña abarrotada de puestos de cocteles (quién lo diría), con la música a todo volumen y las copas a 2,50. Nada mal. Nos sentamos en uno de los puestos mientras escuchábamos Despacito y El Amante en bucle saboreando nuestro mojito y daiquiri.

Explorando la comunidad de Dos Mangas

Al día siguiente mientras desayunábamos, se nos ocurrió ver qué más había en Montañita aparte de la playa. San Google y San TripAdvisor nos ayudaron a encontrar una ruta a una comunidad; Dos Mangas, una excursión por una selva hasta unas cascadas o unas piscinas naturales. Preguntamos en un par de agencias que no bajaban de los 35$ por persona… Nos parecía demasiado… Nuestro consejo: Id por libre, coged un taxi o una camioneta por 4-5$ y una vez allí, podéis elegir si vais con guía o no (20$), la entrada al parque son 2$. Pensaréis que mejor sin guía y eso que os ahorráis, pero no. Decidimos contratar guía por si acaso y fue una buena decisión. Nunca hubiésemos llegado a las cascadas sin él. Hubiésemos hecho otro recorrido y a saber si no nos hubiésemos perdido…

Ya os digo yo que sí.

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Con la entrada al parque, incluyen unas botas de agua porque parte de la excursión es por el río. Por dentro. Por el agua. El caso es que no les quedaban de nuestra talla y no pensamos que fuese a ser tan necesario, nuestras botas de acero pueden con todo y además; Goretex. Pues resulta que no son impermeables si metes el pie hasta la rodilla… ja, ja.

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Después de mucho caminar, llegamos a la cascada. Nos fijamos en que había una cuerda con nudos para escalarla, pero no somos Lara Croft ni Katniss Everdeen, nos contentamos con posar en la cascada. Nos remojamos hasta quedar como pasas, y comimos la piña que había cogido Bolivar. Estaba tan fresquita y dulce… Hicimos el camino de vuelta ensimismados en nuestros pensamientos, le dimos las gracias a Bolívar y volvimos a Montañita en una furgoneta (otros 4$).

Si estáis en Montañita y no sois de pasar todo el día al sol en la playa, es totalmente recomendable. Bueno y si lo sois también que es muy divertido.Y merece la pena el guía, de verdad. Sale mejor si el grupo es más grande porque van a seguir siendo 20$, pero aunque solo fuésemos dos, estoy contenta de haber ido con un guía nativo.

No han sido nuestros destinos favoritos, pero creo que en parte ha sido nuestra actitud al respecto. Son sitios chulos si tienes en mente hacer eso. Ayampe es un sitio de descanso y yo creo que si hubiese ido con la intención de aprender yoga y técnicas de meditación, lo hubiese disfrutado. Montañita igual, pero si hubiese ido con otra actitud. También el hecho que no me sentía del todo segura saliendo Ana y yo solas de fiesta después de lo que ocurrió con las chicas argentinas. Aun así, no tiene nada que ver con Ayampe excepto en que para los dos sitios tienes que tener pensado lo que vas a hacer.

El vídeo lo podéis ver justo aquí:

Seguiremos contando nuestras aventuras, que todavía nos quedan muchas…

Puerto López y Los Frailes

¡Hola caracola! Ya va siendo hora de contaros cómo nos va. En el Donkey Den trabajamos cinco días a la semana y luego tenemos dos libres, nada nuevo vaya. La semana pasada tuvimos los primeros días libres y no queríamos quedarnos aquí sin hacer nada. Investigamos un poco y decidimos pasar el jueves y viernes en Puerto López y pasar por la playa de Los Frailes que tanto nos habían recomendado porque estaba de camino.

Tuvimos la suerte de estar en el turno de mañana el miércoles, así que cuando terminamos a las 12, metimos un par de cosas en la mochila y cogimos la furgoneta a Manta. Llegamos a la estación de autobuses (o terminal terrestre como la llaman aquí), un señor nos dijo “¿Puerto López? En éste, entren no más”. Así que entramos. No se si lo he mencionado antes pero en los autobuses aquí ponen una peli detrás de otra a todo volumen y esto es lo mejor; doblada al mexicano. Creedme, ver a John Travolta hablando español mexicano es cuanto menos, gracioso. Yo conseguí dormirme un ratito, y cuando me desperté, la siguiente película estaba empezando. La imagen de una ola apareció en la tele… “¡¡¡OH DIOS MIO ES GREASE!!!!” Efectivamente. Cantamos todas las canciones con toda la fuerza de nuestros pulmones.

Llegamos a Puerto López sin tener absolutamente nada. Nos habían hablado de un hostal, el Brisa Marina, que ni sabíamos donde estaba. Preguntando y gracias a la aplicación MAPS.ME (no me cansaré de recomendarla), llegamos. Nos atendió, no sé, debía de estar en esa recepción todo el pueblo. Una señora que nos prometió enseñarnos dos habitaciones sin compromiso por 25$ la noche, el señor del comercio de al lado, otro que debía ser el dueño de una agencia de tours, y otros más que ni idea de donde salían. Decidimos quedarnos con la habitación después de regatear un poco (en realidad, lo hizo ella todo. Cuando bajamos nos dijo que nos lo dejaba a 20$ dólares las dos).

Paseamos por la playa mientras veíamos el precioso atardecer pero tanto andar nos abrió el apetito, y aquí viene cuando la matan porque es muy difícil encontrar comida vegetariana en Ecuador. Nos alejamos de la zona de playa porque era más caro y entramos en un restaurante. Todo en la “carta” (preguntar qué sirven en el momento) tenía carne o pescado, pero no hay nada que no se pueda arreglar hablando, por lo que preguntamos si nos podían apañar algo. Un plato enorme de arroz con judías y una ensalada. Total por cabeza: 2$.

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Playa de Puerto López

Snorkel en la isla de Salongo

El día anterior decidimos contratar un tour para hacer snorkel en la isla de Salongo. Había otro a la Isla de la Plata que era más largo, pero también más caro (15$ por persona). No teníamos que estar hasta las 10 de la mañana y nos levantamos sobre las 7 así que tuvimos tiempo de buscar un sitio apetecible para desayunar. Un breve inciso; madrugamos tanto sin querer. Desde que estamos aquí nos levantamos muy temprano sin siquiera intentarlo.No se si es por la luz, el calor o qué, pero es imposible remolonear…

Salimos a la calle después de dar los buenos días a toda la retahíla de personas que había en la recepción, y paseando por el malecón encontramos una cafetería francesa. Nos paramos a mirar, y un señor sentado fuera nos dijo en francés que ahí se comía muy bien, le respondimos que nos parecía un poco caro. Pareció pensarse la respuesta, pero finalmente dijo algo así como “si queréis, os lo dejo en 5 las dos”. Nos pareció bien, porque era la mitad del principio inicial. Total, que nos sentamos, y el señor se nos acerca y nos da un billete de 5$. Nuestra cara fue un cuadro porque no entendíamos por qué nos daba dinero. Vino la camarera y le preguntamos si era el dueño del local. No lo era, era un cliente que iba ahí a desayunar a diario. Le miramos de manera interrogante y nos dijo que si nos daba él los 5$, solo tendríamos que pagar otros 5. En ese punto no nos atrevíamos a declinar su invitación, billete en mano y caras de idiota pedimos nuestro desayuno. Café, zumo de mango y maracuyá, y crepes de chocolate con fresas. No nos quedaba otra que disfrutarlo.

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No pinta nada mal ¿no?

Después de otro paseíllo por la playa, fuimos a la “oficina” del tour (era una cabaña de madera y paja), muy emocionadas por esta pequeña aventura..

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Al llegar a la isla, amarraron el barco a una boya y pudimos nadar, hacer snorkel por la zona y hasta dar una vuelta en un pequeño kayak. La verdad es que contábamos con que alguien del grupo tuviese una GoPro y hacernos sus amigas para que nos pasase las fotos, pero NADIE tenía una, nadie. Fue un poco decepcionante porque había muchísimos peces, eran chiquititos y de colores muy brillantes, nadando por los corales. Había unos enanos, otros más grandes, unos que se acercaban a nosotros… A mi me encantó, y si por mi fuese, hubiese pasado en el agua mucho más tiempo.

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Después de pasar más de una hora buceando entre pececillos, nos acercamos a la playa de la isla para ver a los pelícanos. Pero nos quedamos bastante lejos, así que tuvimos que ir nadando en un mar de olas y corrientes enormes. Después de agotarnos, nos dieron pan de plátano, agua y coca cola, y volvimos a Puerto López.

Hambrientas, buscamos un sitio donde comer, y para nuestra sorpresa encontramos un local en la playa que servía comida vegetariana (Cafe Mar para los interesados). No nos lo pensamos dos veces. Tomamos el almuerzo que consistió en una sopa de verduras y un plato de arroz de coco con verduras acompañados por una limonada natural. El almuerzo son 3$, así que no está mal. Comer de carta es algo más caro (unos 5-6$ por plato).

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Almuerzo en Cafe Mar por 3$

El resto del día lo pasamos paseando por el pueblo y la playa, con algún jugo de frutas y la cena, que volvimos a cenar a Cafe Mar y probamos el ceviche y la hamburguesa vegana,y dos empanadas de verduras y queso.

Los Frailes 

Ese día decidimos coger el autobús de vuelta a Manta, pero no sin antes parar en la playa de los Frailes. Cogimos un mototaxi (un tuktuk) a la estación de autobuses y de ahí un autobús por 1$ a Los Frailes, que está de camino y a unos 20 minutos de Puerto López. Nosotras pensábamos que sería una playa bonita y ya, pero resulta que está en el Parque Nacional de Machalilla. 

Al entrar, te dan la opción de coger el camino largo o el corto para llegar a la playa. El corto son unos 40 minutos, por una carretera de piedras y el largo, que se tarda unas dos horas y vas por unos miradores y otras playas. Decidimos coger ese, porque era temprano y teníamos tiempo. Yo recomiendo ir por ese y volver por el corto, porque tardamos apenas una hora y pico y fuimos parando, o sea que no es muy largo.

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En uno de los miradores

En un punto llegamos a la Playa de la Tortuguita. Y ahí no sabíamos muy bien qué hacer. La playa era preciosa, no había nadie más y el sol picaba con fuerza. No sabíamos por donde seguía el camino… Nos sentamos un rato y exploramos un poco para ver las posibles opciones. Lo volvimos a encontrar, pero bueno, si os encontráis en esa situación que sepáis que hay que atravesar la playa entera.

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Llegamos a Los Frailes, una playa recogida en una bahía y en menos de dos minutos ya estábamos en el agua. Qué gozada…

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Lo incómodo fue volver, llenas de arena, las duchas no funcionaban y el agua que vendían para ese propósito se les había acabado. Así que mejoras, arenosas y quemadas hicimos el recorrido de vuelta.

Esperamos al siguiente autobús a Manta, que iba a todo trapo, con la puerta y ventanas abiertas y seguramente mucho más rápido de lo permitido. Lo bueno fue que llegamos en apenas dos horas cuando a la ida tardamos casi tres.

Y así se terminaron nuestros días libres. Volvimos al Donkey Den como dos cangrejos, pero felices como perdices de haber salido de Santa Marianita. Nos queda una semana aquí, así que iremos contando nuestros planes y lo que nos va pasando ¡Seguidme en Instagram para no perderos nada! Aquí os dejamos el vídeo:

¡Hasta la próxima! ❤

Donkey Den ¿pero dónde estás?

Hoy oficialmente llevamos diez días en Ecuador, y una semana entera en el Donkey Den en Santa Marianita. Os cuento un poco como va; Santa Marianita es un sitio de playa en el que no hay mucho más que otros chiringuitos, algún que otro hotelillo y el pueblo, que está algo más lejos. Eso sí, estamos a pie de playa y se ve y se escucha el mar las 24 horas del día, eso es algo que es difícil mejorar. A primera vista es muy chulo, visualmente es muy atractivo; hay muchas plantas, colores pastel, pinturas de tortugas en la pared, luces, conchas colgando y muchas cosas más. El detalle visual se cuida al máximo.

El sitio es una guesthouse/hotel con servicio de desayuno. Nosotros tenemos el desayuno incluido y podemos elegir entre tortitas de plátano y moras, crepes con mermelada, tortilla de verduras, revuelto de huevos con patatas fritas, tostadas francesas, frutas, etc. La verdad es que los desayunos son famosos en la zona y viene mucha gente que no se hospeda aquí a probarlos. Los huéspedes son en general, expatriados jubilados de Estados Unidos que quieren relajarse. La dueña misma, es una expatriada también. Parte de lo que tenemos que hacer es hablar con ellos y hacerles la vida más fácil.

La dueña colabora con una protectora, y cuando esta llena traen aquí a los animalitos. Ahora mismo hay unos 20 gatos y cinco perras y son todos muy mimosos. Las habitaciones en lugar de números, tienen nombres de los animales que viven aquí. Nosotras dormimos en Fido, que es mi gato preferido (es muy mayor, le faltan dientes y los de delante los tiene demasiado largos así que su lengua siempre está fuera). Las habitaciones grandes, que son como suites, se llaman Bailey y Barney que son las dos perras mayores.

Cuando llegamos éramos 11 voluntarios, ahora somos 8, y el trabajo se divide de la siguiente forma: hay tres turnos; el de por la mañana (7-12), el del mediodía (12-5) y el de la noche (5-10). Por la mañana nos encargamos de los desayunos principalmente. Viene Mayra, y ella lo cocina todo. De los dos voluntarios, uno se queda en la cocina ayudando a Mayra y fregando platos, y el otro atiende a los clientes y vigila que haya siempre café. Hay que pasear a las perras y dejarlo todo limpio. El siguiente turno se encarga de limpiar lo que no ha dado tiempo antes de las 12, dar de comer a los gatos, limpiar alguna habitación si lo han pedido los huéspedes o dejar alguna habitación preparada si vienen nuevos huéspedes. Por la noche, generalmente hay que hacer la cena, cada noche le toca a alguien distinto. Se vuelven a pasear las perras, se las desparasita, se deja todo limpio y se hace inventario. A mi me toco hacer la cena el lunes y opté por lo más español que se me ocurrió; un gazpacho bien frío y tortilla de patatas, por supuesto. Ana en cambio se aventuró con unos hojaldres.

El trabajo es fácil y a no ser que te toque sábado o domingo en el de la mañana, es libre de estrés. Los findes viene más gente y es un poco agobiante porque la cocina funciona todo lo rápido que puede, pero en seguida se acumulan las cosas. Por suerte, los clientes son conscientes de la situación y no suelen tener prisa para comer.

Ahora mismo, además de Ana y yo, estamos Marlyn, Alejandra y Óscar (Colombia), Leanne y Sophie, Allison y Stephen (Reino Unido) y Kara (EEUU). Hay muy buen ambiente entre todos, lo cual se agradece, sobretodo porque no hay mucho que hacer por aquí… Los juegos de cartas dan para mucho. Durante el día normalmente hace muchísimo calor y no se puede estar bajo el sol sin morir lentamente, y el mar es bravo y con fuertes corrientes, así que tenemos que resistir la tentación del precioso azul porque es peligroso. Al lado hay un hotel con piscina que si no hay demasiada gente se está bien.

Si queremos ir a Manta (la ciudad más grande de la zona) a hacer la compra, tenemos que subir a la carretera y ahí esperar a unas furgonetas blancas. Hay que subirse a la parte de atrás, y ahí se apiñan las personas que quepan. En 20 minutos y 1$ se llega al mercado central de Manta. La vuelta es igual, salen del mercado central y paran en el cruce con la playa, aunque si no hay mucha gente, puede que vayan hasta el Donkey Den.

Cada cinco días de trabajo, se tienen dos libres. Ana y yo los tuvimos el jueves y viernes y decidimos salir para ver otros sitios que nos habían recomendado, pero para eso tendréis que esperar un poco. Un pequeño adelanto: incluye peces de colores.

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Playa de Santa Marianita (Foto: Ana Delgado)

Aquí podéis haceros una idea de lo que hacemos:

¡Hasta la próxima!

 

 

 

 

 

48 horas en Guayaquil; primeras impresiones

Me gusta escribir en general, y me gusta escribir en el blog, pero cuando estás a pie de playa, con la suave brisa marina, bajo una techada de madera y paja, rodeada de gatos y perretes que solo quieren mimos, es todo mucho más apetecible. Y así estoy ahora en Santa Marianita. Pero ya os hablaré de esto, de momento os voy a relatar como han sido los primeros días en Ecuador y las primeras impresiones. Aquí va una pequeña lista:

  1. En Guayaquil hace muchísimo calor, pero sobretodo humedad. Lo notamos nada más salir del aeropuerto; fue una auténtica bofetada en la cara. Tuvimos que volver a entrar para soportarlo mejor. El calor se te mete en el cuerpo, estás pegajoso todo el día y no hay manera de refrescarse.

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    Una calle de Guayaquil

  2. En general, los ecuatorianos son muy buena gente. Antes de llegar nos habían dicho de todo: no cojáis taxis en la calle, no os fiéis de nadie, no habléis con la gente, no tengáis cara de dudar por la calle porque os timan. Nada más lejos de la realidad. Es cierto que al tener tanta pinta de extranjeras es posible que los taxis te intenten sacar un par de dólares más, y en los mercados te agobian un poco con “¿a la orden?”, pero en general, la sensación que nos ha dado es amabilidad genuina.
  3. Los taxis no tienen parquímetros, hay que pactar el precio antes de entrar. A mi esto me daba algo de miedo porque mis habilidades de regatear son pésimas, pero no ha sido tan difícil. Ayuda mucho el saber con antelación cuanto te deberían cobrar por el trayecto, por lo que cuando coges el taxi le dices “¿para ir al Malecón cuanto cobra?” poe ejemplo, y él te dirá “5 dólares”, pero tú sabes que no tienen que ser más de 4, así que se lo dices, y entonces capitulan. Si no rebajan el precio, coges otro que sí lo haga.
  4. Si conoces a alguien de allí que os ayude, mucho mejor. A nosotras el tener a Kevin, un amigo de una amiga de Ana nos vino genial. Guayaquil es un auténtico caos, pero de alguna forma funciona, y Kevin nos ayudó a movernos, a saber qué ver y a pagar los taxis sin que nos timen.

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    Ana, Kevin y yo en el Parque de las Iguanas

  5. Se toman su tiempo, ármate de paciencia. En los restaurantes tardan en servirte, y no suelen poner los platos a la vez, si no que van de uno en uno (esta ha sido nuestra experiencia de momento, no generalizo). Si el autobús sale a las 12:50, saldrá por lo menos diez minutos más tarde si no más, porque a veces esperan a que se llene entero antes de salir. A los trayectos en autobús, añádele una o dos horas más. No hay prisa para nada. Ah, y ya mismo no significa ya mismo, si no entre la próxima media hora y el infinito (gracias Maria por esta información).
  6. El arroz es la base de todo. La mayoría de platos se sirven con arroz. El plátano también es uno de los ingredientes estrella. Cocinan de todo y hay tres tipos. El verde, el maduro y el guineo (este último es el que conocemos en España). Hacen desde chips a tortillas a dulces y más. Hay muchísimos platos de pescado, desde ceviche a estofados. No pienso probar ni uno (aunque si me da un poco de pena, pero mis principios son mis principios).

De momento eso es todo, que no es poco. Estos dos días en Guayaquil han sido cuanto menos, interesantes. Llegamos a las 6 de la mañana hora ecuatoriana y nos costó bastante habituarnos. Comimos a las 10 de la mañana y estábamos agotadas dos horas más tarde, pero conseguimos que la siesta solo durase una hora para poder dormir por la noche. Aun así nos dio tiempo a ver bastantes cosas; pasear por el Malecón, subir por Las Peñas, ir al Parque de las Iguanas, pasear por la Víctor, ver el Parque Forestal y mucho más.

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En la próxima entrada os contare cómo ha sido la primera semana en la guesthouse Donkey Den, el trabajo que hacemos y cómo es este pequeño paraíso. Aunque si me seguís en Instagram podéis ver mis stories que eso lo actualizo a diario.

De momento podéis ver el vídeo de como fueron estos dos días:

¡Hasta luego!

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Guayaquil de noche desde Las Peñas