Reflexiones

Está bien sentirte mal

Acababa de llegar a Bogotá, al terminal de autobuses tras más de 8 horas de viaje. Tenía un camino bastante largo hasta llegar a la casa de mi tío, con quien me estoy quedando un par de días. En la oficina de turismo pregunté como llegar, ya que estaba sin datos y no podía usar Google Maps. Me dio tres alternativas; coger un taxi o Uber, usar el Transmilenio o un (o varios) autobús urbano normal. Pues llamadme idiota, pero me decanté por el bus urbano, ya que los taxi son caros y no quería comprar otra tarjeta para el Transmilenio.

Salí del terminal, y me quedé parada porque aunque me acabasen de explicar el camino, me di cuenta que en realidad no me había enterado. Pregunté a dos personas que no me supieron indicar. A la tercera fue la vencida, pero yo ya me encontraba intranquila. Al llegar a la parada, pregunté si esa era la correcta y me respondieron con un “lo siento, no soy de aquí”. En seguida vi uno de los autobuses que podía tomar; resultó que también se necesitaba la tarjeta. Le rogué al conductor en vano, y luego a los otros pasajeros que me pasasen con sus tarjetas y les daba el dinero en efectivo. Nada.

Las lágrimas ya se agolpaban por salir, pero me dije “no seas idiota, cojes el próximo”. Apareció uno que me dejaba en un punto en el que tenía que cambiar, pero no quería esperar más y me subí. Al cabo de un rato, pregunté al chico sentado a mi lado si estábamos cerca del centro comercial en el que tenía que bajar.

-No lo sé, no me muevo mucho en bus.

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En ese punto mi cara ardía con lágrimas contenidas. Intentando aguantarme para no romper a llorar en ese pequeño autobús y sientiéndome más sola que nunca. Entonces una mano me dio un toque en el hombro. El hombre de detrás me preguntó dónde me tenía que bajar. Se lo dije y me explicó exactamente dónde y como cambiar de autobús. Me las apañé para coger el bueno y en la buena dirección, sin embargo, me pasé de parada. Bajé corriendo confusa y ahí exploté. Me senté en un banco y dejé que todo saliese. Lloré y lloré como una magdalena. No podía parar.

Me di cuenta de que echaba muchas cosas de menos; principalmente mi hogar, con todo lo que tiene dentro, el conocer bien una ciudad, o el  no sentirme insegura sola por la noche. Estaba estresada y cansada. De viajar, de llevar toda mi vida en una mochila de 44 litros, de moverme continuamente, de no tener las cosas que hacen que me sienta bien y segura…  En fin, colapsé, en mitad de una calle de Bogotá a las 8 de la noche y no sabía qué hacer. Tras cuatro meses y medio de viaje, me dio el bajón de la nostalgia. Siempre que he salido de viaje, me ha pasado en algún momento. Claro que nunca había viajado tanto tiempo, y si he pasado más tiempo fuera de casa estaba con una familia de acogida o con amigos y compañeros de piso con los que podía contar. Sin embargo, ahora estaba sola, y me sentía sola.

A esto se añadió el hecho de sentirme terriblemente egoísta por estar en esa situación cuando estoy haciendo algo que tanta gente se muere por hacer. Viajar durante meses, sin billete de vuelta, viviendo experiencias que en casa no podría ni pensar, conociendo gente interesantísima, y aun así, ahí estaba yo; moqueando y sientiendome miserable.

Me quedé un rato ahí sentada hasta que me calmé. Recordé entonces un artículo que leí hace tiempo sobre el tema. Es completamente normal sentirse así; por mucho que estés haciendo algo con lo que llevas soñando años, estás lejos de tu hogar y es posible que el viaje se vuelva un poco monótono. A veces se hace duro no tener una habitación para ti, o la falta de intimidad, los viajes en autobús son largos y tediosos, y te hacen pensar en cosas que igual no te apetece pensar.

Viajar sola es una montaña rusa; hay veces que te encantaría tener a tu pareja o amigos porque sabes que las risas están aseguradas y la morriña se hace hueco en el corazón cuando ves a la gente con los suyos, sin embargo es realmente empoderador el estar sola y tener la libertad de ser tú quien toma todas las decisiones sin recaer en nadie, no dependes de nadie. Y eso es lo que hizo que me recompusiese. Estoy aquí porque quiero, y soy consiente de lo privilegiada que soy por poder hacerlo y quizás también por tener este ansia por viajar y ser curiosa.

Puedo volver a casa cuando quiera… Pero no estoy lista aun. Me queda mucho camino por recorrer, y siempre voy a tener un hogar al que volver, lo cual es enormemente reconfortante. Puedo seguir unos meses más durmiendo en casas ajenas, hamacas y lo que surja. Es parte de la magia de viajar.

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¡Hasta la próxima!

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Sentirse en casa fuera de casa

Es curioso cuando viajas a largo plazo, tu percepción de lo que es un hogar cambia mucho (y eso que llevo solo cuatro meses). Siempre que me ido de viaje o fuera de casa durante al menos un mes, siempre he tenido un momento en el que la morriña me golpea con fuerza, la soledad me atrapa y lo único que quiero es estar en casa con los míos, en mi cama y sintiéndome segura. Siempre me ha pasado, lloro un rato, y más tarde o más temprano se me pasa. Aquí me pasó el día de mi cumpleaños en Quito, después de llevar dos meses viajando, por suerte, estaba con gente genial a mi lado y se me pasó rápido.

Luego llegué a Bogotá, y me sorprendí lo cómoda que me sentía en una ciudad de tal magnitud. Me movía con facilidad, estaba rodeada de buenas personas que me acogieron y me ayudaron en todo lo que estuvo en sus manos, y en general, la energía de la ciudad hizo que me encontrase muy bien en todo momento. Estuve diez días sintiéndome realmente cómoda. Pero “the show must go on” y debía seguir con mi viaje. Todo fue bien, normal, hasta que llegué a Minca. Minca cambió mi forma de ver las cosas.

Minca es una aldea realmente, a unos 14 kms de Santa Marta y lindando con Sierra Nevada. Ha ganado cierta popularidad en los últimos años, pero sin llegar a masificarse o a convertirse en un sitio puramente para turistas, como me pareció Palomino, no muy lejos. Pero bueno, me habían hablado maravillas de Palomino, así que depende de donde uno se sienta mejor. Todo el mundo se extraña cuando hablo de lo bien que me sentí en Bogotá… Cada persona es un mundo.

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Llegué a casa de mi anfitrión de Couchsurfing, y me despedí temporalmente de los chicos de Sudáfrica. En la casa había otra pareja de Reino Unido que me recomendó hacer la excursión al mirador de Los Pinos, pasando por las cascadas de Marinka y el albergue Casa Elemento. Fue un día muy largo, en total estuve caminando unas 7h, y además me cayó un chaparrón enorme. Para cuando llegué al pueblo de nuevo, empapada, lo único que quería era tomarme una taza de chocolate caliente. Fui a un sitio que estaba cerrado, un hombre me vio y me preguntó qué buscaba. En cuanto le respondí, emocionado, me llevó prácticamente de la mano hasta un pequeño local con una terracita llena de gente. Me indicó que me sentase en una mesa que ya estaba ocupada. Le pregunté al hombre allí sentado si le importaba, él, animado, respondió que todo lo contrario. Tendría unos 60 años. Llevaba una camiseta negra a la que le había cortado las mangas, el pelo blanco le llegaba a los hombros adornado con una bandana roja. Me contó que era de Canadá y lo mucho que odiaba Canadá. Hacía yoga y meditaba todas las mañanas. Pagó mi chocolate y un helado. Para cuando volví a la casa, estaba inspirada.

A la mañana siguiente, a las 6 de la mañana me quitaba las sandalias antes de entrar en el kiosko de Casa Yoga para hacer mi primera sesión de meditación que no fuese guiada por YouTube. Tras media hora, empezaba hora y media de hatja yoga. Todo, desde la localización del kiosko, con las vistas de las montañas de Minca, la madera, el sonido de los pájaros, los gallos y los gatos que se colaban para hacernos compañía  hizo que me sintiese no solo relajada, si no en paz.

Decidí alargar mi estancia en Minca para poder ir cada mañana a meditar y a la clase de yoga. Estaba realmente conectada con el entorno, cómoda, tranquila y cada día conseguía concentrarme mejor en la meditación. Dejé de usar el tronco para sentarme, y dejó de molestarme que se me durmieran las piernas. Era consciente de mi cuerpo, de los sonidos a mi alrededor, de las sensaciones, de mi respiración… También pensaba en otras cosas durante el día; en mis relaciones, en quien me inspira, en como soy con los demás, en ser más agradecida y saber apreciar mejor mis privilegios y el hecho de poder estar viajando a largo plazo.

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Participé en un taller de genealogía para conectar con mis raíces y ver patrones que es posible que se hayan repetido sin darnos cuenta en la familia. Fue muy intenso, se abrió una caja que guardaba muchas emociones y sentimientos que no sabía que tenía.

Habiendo crecido en una familia relativamente religiosa, fui a misa obligada de mi pequeña. Siempre he sido bastante escéptica con la Iglesia; no entendía el concepto de la fé, y pensaba que rezar no servía de nada. Incluso me identificaba como atea (ya no, ahora siento que el movimiento ateo solo quiere matar la espiritualidad, que es pesimista y que se basa en “si yo no puedo encontrar alegría en la religión, tú tampoco”, pero ese es otro tema), pero entonces participé en este taller, y no miento cuando digo que todo tenía sentido. La fé, el creer, el ser feliz por creer y sobretodo la oración. Sigo pensando que la Iglesia como institución es un cáncer, pero no la espiritualidad, y el rezar para agradecer lo que tienes, o por los que amas.

Los que me conocéis, estararéis pensando que si me han lavado el cerebro una panda de hippies y que me vuelva ya para España jaja, pero nunca me he sentido tan cómoda y feliz conmigo misma. Fue en estos días en los que me di cuenta de que estaba contenta, era consciente de mi situación, me vi desde fuera, como en tercera persona, y me gustó lo que vi. Estaba realmente plena y feliz.

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Muy a muy pesar, tuve que irme de Minca. Un vuelo ya comprado desde Cartagena unos días más tarde me obligaba. No he vuelto a sentirme como estaba allí, pero se que volveré. Si no es en esta vida, será en otra.

Námaste.

 

PD: Gracias, Fulgue por enseñarme a Siddharta. Desde luego, ha tenido un papel muy importante en el camino espirtual.

Viajar de forma sostenible

Hoy es el día de la tierra, y qué mejor que hablar sobre turismo sostenible. Escribo desde Santa Marta, portal para el maravilloso Parque Nacional de Tayrona, una entrada en la que llevo bastante tiempo pensando, pero no sabía bien como enfocar y he tenido que pensarlo un poco más.

Llevo viajando ya poco más de tres meses y he conocido a mucha gente con quienes he podido aprender mucho y también estudiar otras formas de viaje, también he visto sitios increíbles que han perdido parte de su encanto por el turismo (masivo principalmente). A muchos nos encanta viajar, y sobretodo encontrar sitios vacíos, ser los primeros, llegar y que no haya nadie, pero somos nosotros los responsables de asegurarnos que allá donde vayamos, lo estemos haciendo de una forma sostenible y que en lugar de dañar a la comunidad local, la beneficiemos.

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Alausí, Ecuador

Un buen ejemplo son los animales; a todos nos gustan y buscamos experiencias que nos permitan acercarnos a ellos lo máximo posible, sin embargo, esto no siempre es bueno. Es muy común en países del sudeste asiático, sobretodo Tailandia, el visitar los templos de tigres y dar un paseo en elefante… En cuanto oímos el nombre de animales “exóticos”, queremos tener la experiencia completa con ellos. Pero antes de aventurarnos, deberíamos investigarlo.

Cuando estuve en Sri Lanka, después de acabar el voluntariado nos fuimos de viaje, y al cuadrar el presupuesto con las opciones, nos dieron a elegir entre visitar un santuario de elefantes rescatados donde el contacto con humanos es mínimo, o conocer a Lily, una elefanta usada para los festivales, y dar un paseo en ella. Mi primera reacción fue la de conocer a Lily, sin embargo, decidí investigar. Resulta que los elefantes no están hechos para llevar mucho peso en su espalda y aun menos cuando llevan sillas ya que les hace heridas en la espina vertebral. También el método de entrenamiento se basa en el miedo, creando una relación de amo-objeto. Los tigres están drogados; solo hay que pensar en cómo estarían los tigres en su habitat natural y si se dejarían acariciar por humanos normalmente. Solamente hay que leer un poco en internet antes de decantarse por algo que incluye animales. Si aun así se quiere tener la experiencia, hay muchas maneras de hacerlo sin que el impacto sea negativo, como visitando los santuarios (investigad también hasta que punto son legítimos y no es una trampa con el sello “eco” para vender más), o haciendo safaris donde los animales estarán a su bola.

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Área Natural de Los Etoraques, Colombia

Otro detalle a tener en cuenta; siempre que se pueda, elegir lo local. Comed como uno más, comprad comida en la calle, los regalos a los artesanos que trabajan para alimentar a su familia, y sobretodo, en los mercados. No solo ayudáis a la economía local, si no que además, es a granel por lo que permite llevar bolsas de tela en lugar de usar tanta bolsa de plástico como en los supermercados. Además, siempre es más barato en los mercados locales, que en el super. Si el país al que vais habla un idioma desconocido, aprended algo básico antes de ir para poder manejaros sin que os timen demasiado. Frases como “no, muy caro” o “¿cuánto cuesta?” pueden venir muy bien.

Hablando de plástico, traed una cantimplora y rellenadla. No solo es un ahorro de dinero, si no de plástico. Todo el plástico usado, sigue aquí, en vertederos y en el mar. El plástico no es biodegradable, por lo que se va acumulando, y sí, es posible que la cantidad de plástico que una persona usa no es comparable al que una fábrica puede usar, pero como dice mi madre “un grano no hace granero, pero ayuda al compañero”. Si el país no tiene agua potable, en la mayoría de hoteles/albergues tienen filtros. Y si no, compartid una garrafa grande en lugar de comprar botellas con menos capacidad. También está bien llevar una propia pajita de acero inoxidable, en lugar de usar las que os den. Comprad un tupper reutilizable de un material resistente, con cubiertos para poder llevar sandwiches o la comida del día siguiente en lugar de usar aluminio o el film transparente.

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Jungla de Dos Mangas, Ecuador

Evitad el aceite de palma. No solo es malo para la salud, si no que las selvas del amazonas y del Borneo están siendo destruidas para plantar el árbol, lo que significa que la fauna (especialmente orangutanes) que viven ahí están altamente atacados. Comprad frutos secos, o frutas o de puestos de la calle, en lugar de chocolatinas que puedan contenerlo. Si echáis de menos la mantequilla de cacahuete, podéis hacerlo en cinco minutos con cacahuetes, el aceite que queráis (el de coco es el mejor), sal y una batidora. Y bam, un rico desayuno sin químicos, aditivos y sin aceite de palma.

Eligiendo compañías o actividades que promueven o participan de alguna forma en el desgaste medioambiental o el uso de animales para el beneficio y entretenimiento de las personas, estamos fomentando el maltrato de animal y siendo parte del problema, de la misma forma que cuando vamos al circo o cuando tiramos basura a la calle. No cuesta tanto investigar, recoger y limpiar tras de nosotros e intentar reutilizar al máximo. Viajar de manera sostenible no significa renegar de la limpieza y dejar a un lado la higiene personal, solo significa ser más conscientes de nuestra huella en el mundo y hacer algo al respecto.

En muchos países no hay conciencia o información sobre el medio ambiente, y hay muchas actividades que solo van a fomentar el tipo de turismo que daña, pero no podemos culpar a la gente humilde que tiene una familia que alimentar y sabe que los turistas vana a querer hacerse una foto con una manta raya. Sin embargo, está en nuestra mano, evitar caer en esas trampas, concienciar e intentar que nuestra huella sea la manor posible.

Feliz día de la tierra, cuidémosla y mimémosla como se merece. No podemos olvidar que nosotros estamos aquí de paso y hay que dejar las cosas como nos gustaría encontrárnoslas.

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Parque Nacional de Cajas, Ecuador

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¡Hasta la próxima!

Cumplir años lejos de casa

Los cumpleaños son fechas de felicidad, euforia, celebración o puede que tristeza porque cumples uno más y eso por supuesto es terrible, porque hacerse mayor significa arrugas, problemas y responsabilidades, pero en general siguen siendo días que celebrar.  Sin embargo, este año, me ha invadido un sentimiento distinto; soledad. Así dicho suena muy grave, y fatal, pero no os asustéis.

Hay cierta presión social a que ese día sea enorme. Se pasa con los tuyos, rodeada de amor, inundada en WhatsApps y felicitaciones en Facebook, se soplan las velas y se piden deseos. Este año ha sido distinto porque estaba muy lejos de casa y de los míos. Eso se nota. Hace un par de años, lo pasé en Nottingham, y tuve un sentimiento similar; no solo no estaba en casa, si no que mis amigos habían hecho planes para el fin de semana sin darse cuenta. Por eso Alix decidió llevarme a Norwich, y me encantó, pero eran sus amigos, y realmente, les daba igual.

Es curioso como en este tipo de situaciones que desde tan pequeños estamos acostumbrados a celebrarlos rodeados de gente, y cuando eso nos falta, yo por lo menos no pude evitar sentirme un poco sola. No me mal entendáis, pasé un día genial, y Ana hizo todo lo posible porque todo fuese estupendo (gracias mona, te requetequiero y echo de menos), pero también fue el día en el que se volvía a España, lo cual ya fue triste de por si. A pesar de haberlo celebrado el fin de semana, y haber bebido y bailado salsa con desconocidos y cantar Despacito con todo mi alma con Ana, Stephen y nuestros anfitriones de Couchsurfung y sus amigos, el hecho de que el propio día no estuviese cerca de todos los que más me importan consiguió que me inundase ese extraño sentimiento.

Sin embargo, después de haber hablado con un par de amigas a las que echo mucho de menos y que ambas me dijeran, en esencia, lo mismo, llegué a la conclusión que es normal sentirse así cuando se está fuera de casa, es uno de los gajes que tiene viajar o vivir fuera, pero se que la gente importante para mi, está aquí o ahí o donde sea pero puedo contar con ellos.

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Ana y yo en mi cumpleaños en la basílica de Quito

 

¡Felices 23!

Adiós al Donkey Den; haciendo balance

La cantidad de cosas que pueden pasar en tan solo tres semanas… Todo lo que ha ocurrido en el Donkey Den ha sido completamente inesperado. Ya lo hemos dejado muy a nuestro pesar… con una mezcla de sentimientos; la sensación de dejar atrás algo que no va a volver, pero la emoción de seguir con nuestra aventura. Hemos hecho amigos para toda la vida de los cuales nos ha costado mucho despedirnos, prometiéndonos volvernos a ver, intercambiando números de teléfono y deseándonos con todos nuestros corazones que todo vaya bien. Como nos dijo Marly, una voluntaria colombiana cuando se fue, “buen viento y buena mar”.

Recuerdo cuando llegamos a Manta por primera vez; llovía a mares, estaba todo embarrado y no teníamos ni idea de como llegar a Santa Marianita. Tuvimos que coger un taxi, que nos dejó en la playa, pero una vez allí seguíamos sin saber como llegar al Donkey Den. Nos tomamos una cerveza en una de las cabañas para protegernos de la lluvia e intentar ver si en alguno de los emails especificaba como llegar. Llegamos empapadas, nos abrieron la puerta Alejandra y Marly, las hermanas colombianas. Conocimos a Juan, el gerente, que era mucho más joven de lo que nos esperábamos, y quien nos llevó a nuestra habitación temporal no sin antes decirnos que esta noche, cenábamos con ellos.

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Parece tan lejano… La primera semana teníamos la sensación de que todo iba muy despacio, pero poco a poco fuimos conociendo a los otros voluntarios y a los huéspedes, conocimos sus historias, jugamos a las cartas, nos reímos a carcajadas y de repente, sin apenas darnos cuenta era 12 de febrero y les decíamos adiós. Las despedidas son muy amargas, y te dejan con un sabor extraño en la boca. En parte sabes que seguramente no os volváis a ver, pero albergas cierta esperanza…

Nos lo hemos pasado genial, y se que vamos a echar de menos a los gatos (Fido y Shorty siempre serán mis amores), las perras, los increíbles desayunos de Mayra y lo bonito que se pone todo al atardecer, sobretodo con la lluvia. Por supuesto, ya que la perfección es muy difícil de conseguir, todo tiene un lado malo, y hemos tenido que tratar con clientes nada agradables que nos han puesto en situaciones incómodas para las que solo hemos podido sonreír y asentir… Además, la dueña del sitio tampoco era santo de nuestra devoción, pero por suerte, las cosas buenas han sido muy buenas y han eclipsado a las malas. Nos vamos contentas gracias a Juan y a los demás voluntarios.16463411_10212331863596318_2089582210830503344_o

Sinceramente, es un buen sitio en el que pasar unas semanas como voluntario; es relajado, el trabajo es fácil y hay tiempo libre de sobra. También por la zona se puede disfrutar de la deliciosa comida del Don Willy II, de las pizzas y copas de Ecuablue (regentado por dos canadienses; Greg y Johnny), en incluso hay un descuento para los voluntarios en la escuela de kitesurf, tengo entendido que el profesor es muy bueno. Manta está a unos 20 minutos y solo cuesta 1$. Además es fácil y accesible llegar a otras atracciones (como el bosque de Pacoche).

Ahora nosotras seguimos con nuestro viaje y dentro de poco tendréis la entrada sobre la siguiente parada. De momento, buen viento y buena mar.

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Fuentes de desmotivación; la Universidad

En un momento de descanso de redactar mi Trabajo Final, he decidido escribir otra entrada. Y precisamente está relacionada con la universidad. Estamos a mediados de mayo, en tres semanas tenemos que entregar el TFG, y a finales de junio presentarlo ante un tribunal. Y así se acaban cuatro años de enseñanza universitaria que no han servido para nada. Me da mucha rabia sentirme como lo hago, y me da mucha pena que algo a lo que aspirábamos tanto en el colegio haya sido tan decepcionante.

Después de que se me pasase el querer ser actriz y zoóloga, he tenido relativamente claro que quería ser periodista. Al entrar en la universidad y ver que había una opción de cursar el grado en inglés tenía que aprovecharla, y oh boy, puede que haya sido uno de los mayores errores de mi vida. Recuerdo las primeras semanas, estábamos todos emocionados por convertirnos en grandes profesionales, y sin embargo, los profesores parecían querer lo contrario con un inglés que dejaba bastante que desear y una manera de enseñar arcaica.  Escribimos cartas al rector e hicimos no se cuantas recogidas de firmas para poner sobre la mesa lo mal que nos parecía que a nosotros nos exigiesen un nivel B2 de inglés cuando los profesores estaba claro que no lo tenían. Todo eso en vano. Nunca nos han escuchado.

Tuvimos una asignatura en la que teníamos que aprender a redactar para un periódico, pero como la clase estaba llena de Erasmus mayores que nosotros el profesor LITERALMENTE dijo que no podía dar eso porque todos los Erasmus ya sabían hacerlo y se iban a aburrir, así que nunca nos han enseñado como se hace. La mayoría de las clases prácticas era hacer una presentación sobre un tema aleatorio, o un capítulo del libro del profesor. Por cierto, ¿he mencionado que ni un solo catedrático nos ha dado clase?

En 4º de carrera, todavía teníamos un profesor  que no se leyó ni un solo artículo de los que escribimos, que no daba feedback, y que las notas finales fueron completamente al azar:

-Bueno,6565 pues te he puesto un 7 ¿estás contenta?

-Mmm… ¿por qué? ¿Qué debería haber hecho para tener más nota? Me gustaría poder ver mi examen corregido…

(Busca nervioso entre su pila de papeles sin éxito)

-¿Y si te pongo un 8? Eso es mejor ¿no?

Esta conversación es totalmente real. También me dijo que mi último reportaje era el mejor, y fue uno que me inventé completamente. Resultó que el último reportaje de toda la clase fue el mejor ¡Qué bien! ¿no? O que tengamos una asignatura sobre fotoperiodismo, y no tenga absolutamente nada que ver con el periodismo. O tener que hacer un documental de 8 minutos sin que nos hayan enseñado a usar una cámara o un programa de edición primero.

Me da mucha pena no haber aprendido prácticamente nada, me da mucha pena el haber tenido cuatro buenos profesores que recordaré, el haber tenido asignaturas completamente inútiles, que no nos tengan en cuenta y se nos tome el pelo (algunos siempre recordemos el “si cuela, cuela, y si no, me la pela”). De tutores de TFG que te ignoran, porque no es normal que más de dos meses más tarde aun no se hayan leído el abstract ni sepan tu tema o tu modalidad. En febrero una tutora nos dijo que ya no se podía cambiar la modalidad. En abril nos enteramos de que teníamos hasta el 1 de ese mismo mes… No saben las fechas de entrega o lo que hay tener entregado en cada fecha. Y sin embargo sigue siendo un campus de #excelencia ¿Dónde? ¿Para quién? ¿De qué sirve tener un campus lleno de extranjeros si ni siquiera puedes dar a los demás algo bueno y válido? ¿Por qué ofertáis grados en inglés si no os lo podéis permitir? A mi muchas veces me daba vergüenza ajena lo que debían de pensar los estudiantes Erasmus de nuestros profesores y asignaturas.

Sí  que ha habido momentos buenos, y hemos tenido profesores geniales que todos sabemos quienes son y ojalá hubiésemos tenido más clases con ellos. Sin embargo estos momentos son los menos. Y de hecho el año en el que más he aprendido de periodismo ha sido el año que he pasado en Inglaterra de Erasmus. Resulta bastante triste. Recuerdo que le estaba contando a un profesor lo quemados que estábamos, a lo que me respondió “pues vete a estudiar fuera”. No debería tener que irme fuera para estudiar algo que me apasiona ¿por qué no se invierte en mejorar la educación universitaria pública? A muchos de nosotros la universidad nos ha quitado las ganas de ser periodistas, y a muchos desde luego se nos han quitado las ganas de seguir estudiando. Y ahora nos encontramos en una situación en la que ni siquiera nos hace ilusión ir a nuestra propia graduación. La cual por cierto, aun no sabemos ni cuándo va a ser.

Me gustaría pensar que esto es un caso particular y que no toda la educación superior en España es así. Si se trata de un caso particular, ojalá que cambie. Que los que estén ahora cursando el grado de periodismo bilingüe no estén pasando por lo mismo que hemos pasado nosotros, que tengan profesores competentes con un buen nivel de inglés y espero que no pierdan la motivación como lo hemos hecho nosotros. Que se gradúen sintiéndose orgullosos de ellos mismos y de su Universidad.

Queeries: Etiquetas

Siento que cada vez las etiquetas importan menos. Siento que nuestra generación somos  cada vez más abiertos, que queremos leer más y entender mejor el mundo que nos rodea. Parece que nos da igual que alguien sea x, y o z, pero no dejamos de apreciarlo. Sin embargo, hay un miedo a no encajar.  Yo por lo menos, siento ese miedo, y las etiquetas son una forma de encajar con los demás…

Nunca antes había escrito en este blog algo tan personal como lo que estoy haciendo ahora. Y no creáis que no lo he intentado, mi cabeza no para de pensar en todas las cosas que me gustaría escribir aquí, pero luego me pongo y no me salen las palabras. Pero esta vez estoy más que decidida y salga lo que salga de aquí, tenga o no tenga sentido, sabed que os hablo con todo mi corazón y toda la sinceridad posible. Allá vamos.

La verdad es que no recuerdo bien el momento en el que empecé a cuestionar mi sexualidad. Me lo pregunta mucha gente cuando aprenden que no soy heterosexual, y nunca se bien qué contestar. Se que de pequeña era consciente de ser sexual, y de hacer ciertas cosas que en el momento pensaba que estaban mal, pero que luego he ido aprendiendo que eran totalmente normales. La falta de una buena educación sexual tanto en casa como en el colegio hace que lo busques en cualquier sitio. De buscar en Google cosas del estilo “¿cómo sabes si eres lesbiana?” o “¿es masturbarse malo?”. Me desvío de lo que quiero contar, pero la educación sexual ES MUY IMPORTANTE, y que en un colegio solo se de que el sexo solo sirve para reproducir me parece muy triste, cualquier niñx que esté cuestionando su sexualidad o identidad de género, puede sentirse invalidado por esto (una servidora).

c8144df83e307c36d0d86ead3db1e4f1De una forma u otra, y volviendo a mi tema, hubo un momento en mi vida en el que supe que los chicos no eran la única opción para mi (Kristen Stewart en Zathura sería un buen ejemplo; cuando vi esa peli tenía 11 años). Fue aquí donde empezó una época muy larga de confusiones. Confusiones que a día de hoy siguen ahí.

Según he ido creciendo, he investigado el tema, y tras una serie de más o menos catastróficas citas con chicas de Tinder, y rogando a mis amigas heteros que me acompañasen a bares de chicas, lo tenía claro; era lesbiana. Ale, ya lo he dicho. Fiuuu. Me sigue poniendo extrañamente nerviosa decirlo al mundo. Y sin embargo, no me gusta la palabra. Es como que no termina de representarme…

Entonces, me fui de Erasmus a Nottingham, y me iba ahí por un chico. Pero llegué y conocí a la que hasta ahora ha sido el amor de mi vida. Y no creáis que no me duele hablar de ella, porque con ella he sido mi yo verdadero, y he sido lo más dichosa que podía ser. El día que me dijo que me quería, ese día yo era seguramente la bollera más increíblemente feliz del mundo. Me parecía injusto que yo tuviese eso, que yo tuviese alguien que me mirase de esa forma, con tanta ternura y tanto amor. Hoy, siete meses después de que me haya dejado, me sigo creyendo afortunada por haber vivido algo tan bonito y tan intenso.

Con todo esto, llega la temida salida del armario. No todo el mundo siente que lo tiene que hacer, mucha gente opina que para normalizarlo no habría que hacerlo, pero teniendo en cuenta el contexto de muchas familias (como la mía), se que no podría haberme presentado en casa un día con una chica sin más. Hay que entender que es un proceso para todas las partes. Realmente, esta esta siendo mi salida del armario para todo el mundo. Sí, en el momento se lo conté a algunos amigos, más tarde a mis hermanos, luego a mi madre y por último a mi padre (en otra entrada os hablaré de como fue porque si no, no termino). Pero hay mucha gente que no lo sabe, y siento si os enteráis por aquí y no por mi directamente, pero estas son las circunstancias. A mi me produjo mucha ansiedad el contarlo, pero era algo que tenía que hacer, y lo sigue siendo, por eso esta entrada.

Parece que ya lo tenía todo claro. Sin embargo, entonces, conoces a otra persona que te vuelve a replantear tu sexualidad. Y eso es lo que me está pasando ahora. Y me fastidia muchísimo que la gente se tome la libertad de etiquetarme a su antojo. Hay gente que me dice “tía, tú es que eres bisexual”. Pues no, no lo soy. Nada de esa palabra me identifica. “Pero es que no eres lesbiana porque has estado con chicos y te lías con chicos”. Ok. Siempre les digo a mis amigos que no deberíamos etiquetar a nadie que no quiera ser específicamente etiquetado. Y la verdad, no me había dado cuenta de la ansiedad que me produce la necesidad de sentirme dentro de un colectivo. Necesito una etiqueta. No se si por la presión de la sociedad, o la que me ejerzo a mi misma, pero siento que tengo que justificarme por lo que hago. Hace poco fui a unas charlas sobre identidades trans en la infancia y juventud y una de las ponentes se definió como “bolloflexible”, y hasta la fecha es lo que más me encaja. Pero puede que mañana no. O puede que no me identifique con ninguna etiqueta y puede que lo que necesite es desvincularme de todo eso. Recuerdo que cuando al principio mis amigos me preguntaban yo siempre decía “hoy me siento lesbiana, pero no se si mañana me sentiré así”.

Porque ¿sabéis qué? la sexualidad es jodidamente complicada si no lo tienes claro. Si no eres hetero, bisexual o gay y lo sabes. La sexualidad es fluida, y no debería sentirme así. No debería cuestionar cualquier cosa que me pase ni sentir la necesidad de justificar mis actos, porque mientras no hagan daño a nadie ni a mi ¿qué mas da? ¿Dónde quedó el Hakuna Matata? Es un tormento vivir con la angustia de sentir que no encajas, de no ser lo suficientemente hetero o lo suficientemente gay. Estás ahí en una especie de limbo LGBT y no sabes donde meterte… Hoy, gracias a una cosa que me ha dicho una amiga (“para ser una persona que lucha contra las etiquetas te etiquetas mucho“), he descubierto que lo que me agobia y me produce ansiedad es esa necesidad imperiosa de encajar, de necesitar ser parte de algo. Necesito ser una de esas letras… Sé que no soy la única que se siente así, o eso espero, y tampoco pretendo que esto lleve una moraleja final, ni educar a nadie. No sé qué soy, pero al final del día solo soy una persona, y puede que en un futuro me vuelva a enamorar, y puede que quiera pasar mi vida con alguien (o puede que no), pero lo único que nos debería importar es que esa persona también será una persona.

Espero que si estás leyendo esto no te enfades por no habértelo dicho antes, pero no siempre me apetece hablar del tema, y espero, que no cambies tu forma de pensar de mi, porque sigo siendo tu amiga, sobrina, prima, compañera y en definitiva, la misma que antes de que lo supieses.

Mucho amor para todos ❤

 

 

¡Mi primer año!

Esta es solo una entrada para celebrar que llevo un año entero con el blog (¡hurra!). Puede parecer a chorrada, pero para mi es muy importante porque este es como el blog número 13 que abro, y es el primero con el que he aguantado tanto tiempo. Un año entero. Guau. Se dice pronto. Me parece muchísimo tiempo, pero nada comparado con lo que pretendo mantenerlo (hint hint).

Sé que ultimamente no escribo tanto, bueno, escribir escribo, pero no en el blog. Y es que como esto empezó como una manera de contar a mi familia y amigos en casa como era mi experiencia Erasmus, y ahora ya estoy en casa tengo menos ideas. Así que la verdad, si se os ocurre algo a vosotros, yo encantada. Tengo algunas ideas, pero todavía no se muy bien como ponerlas sobre ¿el papel? ¿la pantalla? Estaba pensando en escribir sobre mis experiencias en otros viajes, por ejemplo, el Interraíl, o el Camino de Santiago. Sería contar como lo organicé, que ropa llevé, itinerarios, etc. También sobre mi experiencia au pair, del cual escribí un blog en su momento, pero estaría bien tener una experiencia resumida aquí.

También estaba pensando publicar alguna cosa que escriba para clase. Pero ya veré sobre eso. Lo que sí que me apetece es empezar a publicar pequeñas historias de ficción.  Ya tengo algunas pensadas… La verdad es que estoy buscando inspiración donde sea para no dejar que esto se muera.

Hasta entonces, feliz cumpleaños a este pequeño blog que tanta ilusión me hace, porque estoy muy orgullosa de seguir fiel a él.

¡Tomaos un chupito por mi!

Depresión post-Erasmus ¿es real?

Bueno basta ya de intentar esconderlo. Hace ya dos semanas que volví a pasar bajo las puertas de la “excelencia” y retomé mis clases en la Carlos III. La primera clase me dio en la cabeza como un martillo cuando entró el profesor y se presentó en inglés con un fuerte acento andaluz diciendo algo así como “gud mornin. My name is Ignacio but yu can col mi Nacho. Welkom back to class”. Ya se me había olvidado lo que era estudiar una carrera en inglés con profesores españoles. Suspiré y me acomodé en mi asiento. Pasaron los días y me di cuenta de que me movía sistemáticamente, como un zombie. Sin ganas, ni entusiasmo. Me costaba dormir, y en consecuencia levantarme pronto. Iba a clase sin prestar atención, dormitaba mientras el profesor hablaba, bueno, más bien, me quedaba totalmente sopa allá donde aposentaba mi culo. Tras una serie de especificas pruebas, el diagnóstico no podía ser más claro: tenía Depresión post-Erasmus.

A estas alturas ya todos debéis saber que este curso pasado he estado de Erasmus en Nottingham, Reino Unido. Ahora miro atrás y pienso en las razones que me llevaron a elegir ese sitio y me dan ganas de darme un collejón que ni Sole de 7 vidas. Pero por suerte, ha sido un año que espero que se quedé en mi memoria durante muchos, muchos años.

Me remonto a octubre, pidiendo el Erasmus, entregando tantos papeles que sentía que estaba vendiendo mi alma al diablo, exámenes de inglés, y rezar a todas las deidades imaginables para que me diesen mi primera opción. Llegaba marzo y me daban Nottingham y no me lo podía creer. Ahí es cuando empieza lo bueno. (Aun más) papeles y más papeles, buscar piso o residencia, leerte mil foros por no poder controlar la emoción y las ganas de que llegase el momento, buscar un vuelo asequible y desistir en el intento. Y por fin llegaba a mi ciudad tras 6484826253 horas de viaje con una madre emocionada a mi lado que no dejó de sermonearme todo el fin de semana.

Recién instalada

Recién instalada

Recuerdo como si fuese ayer el día en el que mi madre y yo llegábamos a 219 de North Sherwood Street. Una pequeña casa adosada de lo más inglesa. Nos abrió Lucy, quien me enseñó toda la casa y hasta como funcionaba el horno, nos dio el teléfono de una empresa de taxis, el horario y la dirección del Asda más cercano. Y para allá que nos fuimos mi madre y yo a comprar un edredón y almohadas, para a medio camino darme cuenta de que se me habían olvidado las llaves y tener que pasar mi primera noche en un hotel aleatorio.

Y así empezaba mi año Erasmus. Un año en el que aprendí tantas cosas que creía que nunca podría ser más sabia que como lo fui entonces. Cosas como que se puede sobrevivir a base de fideos chinos, que el Tesco es muy caro y consecuentemente, que el Aldi no está tan mal, y su vino Baron St. Jean de £2 puede ser una opción de lo más viable, que compartir baño con otras tres chicas no es tan horrible como parecía que iba a ser y que en Inglaterra hay más acentos que kettles.

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Los primeros días vas a todos los eventos para Erasmus que había (porque ofrecían comida gratis), y todo era un poco incómodo, pero a la vez te bañan en sonrisas. Te presentas a la gente e intentas entablar conversación, cosa que no siempre funciona. Al principio todo mola, es nuevo y brillante, y hasta la mismísima Inglaterra parece relucir, ni siquiera se echa de menos tu casa, con la comida de mamá, y que la ropa apareciese mágicamente limpia, planchada y doblada (bueno, eso puede que sí). Pero aprendes que ya nadie te va a regañar cuando tu cuarto está desordenado, y aun así te gusta más tenerlo ordenado, que los cacharros no se friegan solos y que si se te olvidaba sacar la basura podía dar paso a un par de días de encuentros incómodos y notas pasivo-agresivas en la casa.

Pero de repente sin haberte dado cuenta estás mirando vuelos para volver y páginas para mandar cajas. Y la última semana te das cuenta de que esto se acaba y sientes una especie de vacío que no sabes como arreglar. Porque es verdad, de Erasmus conoces a gente increíble, y te independizas (relativamente) y te lo pasas tan bien que no crees que puedas pasártelo igual nunca más. Yo sabía que iba a echar de menos a mis compañeras de piso y nuestras noches viendo X Factor, que iba a echar de menos poder ir andando a cualquier sitio, que todos viviésemos a 20 minutos (como máximo), los desayunos, las cenas en Wetherspoons y los viajes improvisados de un día. Iba a echar de menos la universidad y a algunos de los profesores  que he tenido que han sido brillantes (no, Adri, no hablo de Gail), y un largo etcétera. Y sí, echo de menos todo eso y ya han pasado cuatro meses desde que volví, pero estoy contenta de estar de vuelta. Se que nunca voy a volver a Nottingham, pero no lo necesito para ser feliz, porque los amigos que he hecho ahí van a estar conmigo, y la felicidad que da volver a casa no es comparable con nada.

En cuanto vi a mi madre en el aeropuerto corrí a sus brazos entre lágrimas, y el ver a tus amigos de siempre y comprobar que nada ha cambiado, y el tomarte una cerveza con su tapa no tiene precio (bueno, unos 2€). Solo hay que darse cuenta de que la experiencia es tan genial por su fugacidad, y que es la actitud lo que cuenta. Quien dice Erasmus dice cualquier otra experiencia parecida. Todas las vivencias son pequeñas lecciones que van contribuyendo a nuestro crecimiento personal. Se acaba una y se empieza otra. Y no por eso el estar en casa es menos emocionante, y hay que saber sacarle el máximo partido posible.

Así que ¿Depresión post-Erasmus? No, gracias.

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Agridulce (volviendo a casa)

Es demasiado tarde y no debería estar poniéndome ahora a escribir, pero quería dejar esto escrito antes de irme mañana. Pero por supuesto, todo lo hago en el último momento, y esto no va a ser menos.

Volví a Madrid el jueves pasado. Y una vez más me volvió a invadir el mismo sentimiento de tristicidad (tristeza+felicidad…). Después de haber pasado una de las semanas más estresantes de mi corta vida volvía a casa, y no sabía si eso me hacía feliz o no. Ha sido una de esas semanas en las que parece que alguna fuerza mayor del universo se ha propuesto hacerte la vida un poco más difícil. Seguramente mi horóscopo decía que Júpiter se había aliado con Neptuno y eso obviamente, era fatal. Fatal para mi, claro.

Total, que se me juntó un poco todo; el hecho de que me iba para siempre de Nottingham, que seguramente no iba a volver a ver mis compañeras de piso, que me diese tiempo a hacer las maletas, enviar las cajas (y el dinero que cuesta), los papeles del Erasmus, que la biblioteca (que está abierta 24/7) cerrase justo cuando la necesitase, la huelga de maleteros de Ryanair, y un largo etcétera. Además, echaba de menos mi casa, y a mis amigos y mi familia, sí. Siempre que me voy a algún lado me suele pasar en algún momento, más tarde o más temprano siento que me faltan mucho. Así que tenía un batiburrillo de sentimientos que ni yo entendía.

Justo el día de antes fue el Grad Ball, o el baile de graduación (y no se como me las apañé para poder ir sin que me diese ningún ataque de nervios), que en realidad puede ir toda la universidad aunque no te gradúes, y Elena, Adri y yo decidimos ir para despedirnos de mi (?). Fue en el Capital FM Arena, o sea, donde se hacen los conciertos y los partidos de hockey sobre hielo. Había un casino, una fuente de chocolate, un Photo Booth, y muchísimas cosas más, aparte de tres artistas que vinieron a tocar.

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Paula, Jasmine, Luke, Ellie, Crystal, Lucy y yo

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Adri, Elena y yo

El jueves me desperté temprano para que me diese tiempo a hacer las últimas cosas. Apurando al máximo. Estuve trajinando hasta la hora de irme. Para ser sincera, me costó mucho más despedirme de mis compañeras de piso de lo que pensaba. Las cuatro nos fundimos en abrazos, ellas con una resaca de narices y Lucy con una voz que nada podía envidiarle a ningún camionero.

Estar un año viviendo en Nottingham me ha enseñado muchas cosas; que no hace tan malo como dicen, que se puede vivir con menos horas de luz, y que se puede salir en enero sin abrigo y no morir en el intento. Pero bromas aparte, y me pongo melodramática, me he conocido un poco más, y he conocido a gente impresionante que no se que habría hecho sin ellos. Se acaba esta experiencia y estoy muy agradecida de haberla podido vivir, de haber descubierto una pequeña ciudad que ahora significa tanto para mi.

Me fui contenta y a la vez triste, se que lo echaré todo mucho de menos, pero como bien dijo Dorothy en El Mago de Oz; se está mejor en casa que en ningún sitio.

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