Viajes

Bajo el cielo más puro de América; zapateando por Santa Cruz de la Sierra

Cuando viajas a largo plazo, es importante tomarse el tiempo necesario que tu cuerpo te mida.  Es agotador estar continuamente conociendo nuevos sitios, moviéndose y no pasar más de cuatro o cinco días en cada lugar. Al no haber una fecha de vuelta (o que ésta sea relativamente lejana), ir más despacio ayuda mucho a sentirnos a gusto, dedicando días a nosotros, o a no hacer nada más que pasear y relajarte en el hostal, o donde estés alojado. Por eso pasé diez días en Quito, otros diez en Bogotá, una semana en Minca, otra en Arequipa, y en Cuzco, y en otros sitios que han hecho que me quiero quedar más tiempo.

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Encontrar un sitio que te gusta y en el que estás cómodo y tomar la decisión de alargar tu estancia es una de las mejores cosas que tiene el viajar a largo plazo. La libertad de poder quedarte en los sitios cuanto gustes. Sin embargo, en Bolivia iba con más prisa ya que solo me habían dado un mes (en los otros países tenía hasta 90 días), y bueno, estaba un poco agobiada por llegar a Brasil y poder ver algo de este enorme país. Ya tenía el billete de vuelta y me había tenido que organizar un poco el último par de meses.

La historia de Santa Cruz comenzó cuando llegué a Samaipata, un pueblito adorable en las montañas a unas 3 horas de Santa Cruz. Yo llegué desde Villa Tunari en un autobús roñoso a las 3 de la mañana (por suerte nos dejaron quedarnos en el autobús hasta las 6), y me las apañé para llegar al terminalito desde donde salían los colectivos para Samaipata (casi misión imposible). Por fin, a las 10 de la mañana aparcamos en la plaza principal, y a pesar de mi cansancio y desesperación, en seguida me cautivó. Fui a desayunar y a buscar en Google que alojamientos había. Poco después de terminar el café, me puse en marcha a buscar. A los cinco minutos, me encontré con dos chicos llamando a una puerta en la que había un cartel con el nombre del hostal que buscaba, una flecha y un teléfono. Muy amablemente, se ofrecieron a llamar, como no contestaba nadie, quisieron acompañarme. Por el camino, me contaron que su hostal era más barato, así que cambié de opinión y volví con ellos a su hostal.

Pasé el resto del día con ellos, de estas personas con las que enseguida encajas. Fuimos a las ruinas de El Fuerte, y a cenar una deliciosa pizza. Antes de que se fuesen, uno de ellos; Mario, me ofreció quedarme en su casa cuando fuese a Santa Cruz.

-¿De verdad?

-¡Claro! Tenemos sitio de sobra, y así te relajas un poco.

Sin intentar ocultar mi entusiasmo, acepté encantada.

Llegó el jueves y llegué yo a Santa Cruz, algo aturdida por el calor y el estar en una casa ajena, pero rápido se me pasó cuando me enseñó la habitación en la que me iba a quedar. Tenía una cama doble enorme y mi propio baño. No me lo podía creer. También había una piscina en un jardín verde lleno de árboles, pero lo mejor vino rápido: ocho patas, pelo rubio, orejas caídas y unos ladridos de felicidad a todo trapo aparecieron por la puerta. Dos Golden Retriever preciosas; Kahlua y Choca, y Duque, un Yorkshire las seguía con su hociquito, y detrás, otras patas gorditas y torpes se tropezaban por llegar. Canela, una cachorra, hija de Kahlua, de apenas dos meses. ME MORÍ DEL AMOR. Estaba en el paraíso perruno entre tantos lametones y mimos.

Y así empezó mi estancia en Santa Cruz. Me acabé quedando diez días y apenas hice turismo, aparte de pasear un poco por el centro y ver la plaza principal. Han sido días relajados conociendo un lado de la ciudad que no hubiese conocido quedándome en un hostal. Tuve la enorme suerte de conocer a Franz y Mario, de llevarme tan bien con ellos y de que éste me alojase. Qué interesante es la vida y observar las vueltas que da.

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Con Freddy y Mario

El cruceño es hospitalario por naturaleza, eso me dijo Franz el primer día cuando les di las gracias por acompañarme a los hostales. Y lo he visto en cada momento que he pasado aquí. Santa Cruz tiene un color especial, como Sevilla. El calor hace que la gente sea más relajada, t

ranquila y parece que todo el mundo está de buen humor. Es la segunda ciudad más poblada de toda Bolivia después de El Alto, y aunque parece que está diseñada para moverse en coche, es muy fácil recorrerla en transporte público. Colorida y con apenas restos de su pasado colonial, brilla con fuerza y vitalidad. La gente tiene otra actitud, se ven diferentes también.

Conocí a los amigos de Mario, que son un popurrí muy curioso de gente de aquí y de allá que han descubierto su amor por la música electró

nica. Todos igual de hospitalarios y con toda la buena onda del universo, hicieron que me enamorase de esta gran ciudad.

Mi plan original era quedarme solo tres o, como mucho, cuatro días en Santa Cruz para ir con tiempo por la Chiquitania hacia Corumbá, en Brasil. Sin embargo, lo fui atrasando porque me daba pereza organizarme, estaba cómoda y la verdad, no tenía ninguna gana de volver a estar sola. Había conocido a un grupo de gente con la que me sentía bien, y me habían enseñado a apreciar un lado de la vida que no sabía que podía ser tan fantástico ¿Y por qué no te quedas unos días más? Tardé en pensármelo menos de lo que tardé en pestañear. Al día siguiente me planté en la oficina de inmigración y media hora más tarde salía con la extensión de 30 días más. No me podía quedar un mes entero, pero sí unos días y no quedarme con ganas de nada.

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Plaza de Armas de Santa Cruz

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Creo que he conocido una cara muy alternativa de Santa Cruz, con gente de aquí, aprendiendo sus costumbres y que incluso que se me pegue su acento, el que, por cierto, me encanta. He celebrado su noche, su cultura y su historia de una forma que ha conseguida que me sienta bien, en paz, tenga curiosidad, y que además me quiera quedar más. Disfrutando de su calor y de su gente maravillosa.

La imagen que tenemos de Bolivia en España es tan distinta a la realidad. Antes de llegar me habían dicho cuatro cosas de Bolivia: hace frío en todo el país, no hay wifi y no hay supermercados, y la gente es muy rata y solo buscan el dinero. Y la verdad, nada más lejos de la realidad. Pues como el cuento de que en España es todo sol y cervezas, vete a Burgos en enero, a ver. Sí, La Paz, Copacabana, Uyuni y Potosí son fríos, pero estamos hablando de sitios que están a más de 3000msnm. Entre Sucre y Potosí apenas hay cuatro horas de viaje y en Sucre hace una temperatura ideal, y además es preciosa; la ciudad blanca. Cochabamba también es bastante caliente, y ya Santa Cruz… en septiembre estábamos a 30ºC.  Lo del wifi es relativo de dónde te hospedes. En Copacabana y Uyuni no era genial, pero creo que era más el hecho de ser pueblos pequeños. En las ciudades, en los hostales es relativamente bueno. En Potosí, pude incluso subir un video a Youtube en un par de horas. Lo de los supermercados… pues es que todo se puede comprar en la calle, así que no hace falta. Aun así, en La Paz sí es cierto que apenas vi uno, pero en Santa Cruz hay “harto” como dirían aquí. Y la gente es estupenda. Pues sí, hay maleantes claro, como en todos lados. La gente que yo he conocido me ha ayudado en todo y más, siempre dispuestos a echarse unas risas y compartir todo lo que tienen.

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A veces es bueno que le demos una oportunidad a las situaciones aleatorias que puedan suceder por el camino, siempre confiando en nuestro instinto, ya que nos podemos perder un escenario como el que viví yo en Santa Cruz.

Bolivia me tiene ganada, y Santa Cruz completamente atrapada.

 

¡Hasta la próxima!

 

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Explorando La Paz

Ahhh La Paz, una ciudad súper interesante. La capital más alta del mundo a unos 3625msnm, aunque Potosí está a más altitud. La primera impresión es una mezcla entre incredulidad (si vienes de el aeropuerto o si el autobús pasa por El Alto), para poco más tarde pensar que es caótica y disfuncial. Nada más lejos de la realidad, una vez que te adentras en sus calles, te das cuenta de que es muy cosmopolita, con un poco de cada parte del mundo, y no se puede negar su belleza cuando subas al teleférico.

Parece que no hay mucho que hacer, y en general, la gente no le suele dedicar demasiado, sin embargo, si buscas bien, te va a faltar el tiempo. Yo llegué por la tarde noche, por lo que ese día me dediqué a llegar al hostal, cenar y dormir. Pero al día siguiente decidí hacer el Free Walking Tour. El Tour empieza en la Plaza de San Pedro, cuyo nombre oficial es Plaza de Sucre, pero nadie la conoce así. En esta plaza, se encuentra la famosa cárcel de San Pedro, una prisión muy particular. No quiero espoilear mucho, por eso os recomiendo el libro Marching Powder de Rusty Young. No está en español porque al parecer Brad Pitt ha comprado los derechos para hacer una peli, y no lo queire en español… pero bueno, si entendéis inglés es muy interesante para ver como funciona la prisión. Es la historia real de un inglés al que pillaron pasando cocaína en Bolivia y le metieron en esa prisión.

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Una calle de La Paz

Recorrimos el mercado Rodríguez y el de las brujas. El primero es un mercado de la calle, donde se compra de todo. En La Paz apenas hay supermercados porque todo se encuentra en la calle. El segundo, es el antiguo mercado de las brujas aymara, ahora más turistificado, pero aun así interesante. Venden fetos de llamas y alpacas (tienen que haber muerto de forma natural), y todo tipo de pociones.

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Comienzo del mercado de las brujas

Fuimos a la plaza de San Francisco, donde está la iglesia del mismo nombre. Es muy curioso porque en la fachada de esta hay relieves de Pachamama y otros dioses aymara, en un intento de los españoles de convencer a los nativos de que fueran a misa. Dentro también hay espejos que los españoles colocaron, contando a la gente que así podían ver su alma…

En esta plaza está el mercado Lanza. El mejor para tomarse un jugo y un almuerzo a un precio muy razonable.

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Fachada de la iglesia de San Francisco

Terminamos el tour en la Plaza Murillo, la plaza donde se encuentra el Palacio Judicial y el Presidencial. En el centro de la plaza, hay un un busto de Gualberto Villaroel, un presidente que tras un malentendido fue brutalmente asesinado en el ahora conocido como Palacio Quemado, y colgado de una farola de la plaza. Poco más tarde, los ciudadanos se dieron cuenta de que mataron al buen presidente, y erigieron un busto conmemorandolo. Hay que tener cuidado con los paceños…

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Fachada del Palacio Quemado

Por la tarde, fui, junto con los tres chicos vascos que conocí en el tour, al mirador Laikakota del Parque Metropolitano para ver el atardecer, pero cuando llegamos estaba cerrado… aun así la luz a esa hora era preciosa, y pudimos sacar algunas fotos muy bonitas desde el puente que conecta la ciudad con el parque.

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Vistas de La Paz desde el Parque Metropolitano

Subir al teléferico es obligatorio. Cerca del barrio de Sopocachi (el barrio donde mestaba alojando yo) está la línea amarilla, que te lleva al barrio de San Miguel, que al parecer es muy bonito, pero cuando fui estaba en mantenimiento. Cogí la línea roja hacia El Alto. Fue una pasada. Además, recorrer esa zona es toda una aventura. Es la segunda ciudad más poblada de Bolivia. Efectivamente, aunque pertenece al área metropolitana de La Paz, es una ciudad independiente.

 

Fuera de la ciudad hay montones de excursiones. Está el Chalcataya, que antiguamente era la pista de esquí más alta, y es un buen aclimatamiento para subir al Huayna Potosí. No se si puede ir por libre, pero hay tours que combinan esta montaña con el Valle de la Luna. A este último sí se puede ir por libre, solo hay que coger unos autobuses amarillos en la calle principal (Prado) que vayan a Mallasa. El sitio lo ves en menos de una hora y cuesta 15 bolivianos (apenas 3€). Es muy interesante, las formaciones rocosas son muy chulas, pero es curioso porque está como en mitad de un barrio bastante elegante de La Paz, entonces ves las casas desde el valle.

 

También está el Valle de las Ánimas en esa dirección. Mucho más impresionante y grande que el anterior. Desde la ciudad, hay que coger unos autobuses amarillos que salen desde el Mercado Camacho, y una vez en Chasquipampa (la última parada), coger unas furgonetas que ponen UNI. Es muy impresionante, pero tened cuidado cuando vayáis, y mejor ir con gente. Yo me perdí y bueno, tuve un problemilla con unos perros locales…

 

Y actividad obligatoria; la carretera de la muerte. Sí, es algo caro, pero merece la pena un millón de veces. Yo lo hice con Barracuda, y me costó unos $90. Hay otras empresas más baratas como Madness o Ride On, o más caras (Gravity). Todo depende de vuestro presupuesto, pero aseguraos de que os dan ropa adecuada, que las bicis están en buen estado y la suspensión funciona bien. El casco con Barracuda es normal, con otras empresas es de toda la cara tipo de moto, pero entonces no puedes oír cuando otros ciclistas adelantan o a los coches. Con Barracuda nos dieron agua ilimitada, snacks, nos hacían fotos durante todo el camino, y al final nos llevaron a una piscina donde también pudimos ducharnos y disfrutar de una comida tipo buffet, y por supuesto una camiseta de haber sobrevivido la carretera. No da tanto miedo como anticipa su nombre, aunque sí que hay alguna parte algo más peliaguda, y hay que ir con cuidado, pero no tiene por qué pasar nada.

Y para terminar, si sois unos buenos frikis de Harry Potter como yo, que no falte la visita al Avada Kadavra Café Tenebroso. Efectivamente, señores. En pleno barrio Sopocachi, se encuentra esté restaurante/cafetería con temática de Harry Potter. Yo pedí un brownie y un jugo de calabaza y fue regular, pero la decoración se la han currado. Está siempre lleno, así que igual hay que esperar, pero es divertido. Puedes incluso hacerte fotos con unas túnicas que tienen. El baño fue lo mejor.

 

 

Espero que os sirva si venís a esta ciudad tan curiosa,

¡Hasta la próxima!

 

 

Entrando en Bolivia; el lago Titicaca

¡Ya estoy en Bolivia! Qué diferencia con todo lo que había visto hasta ahora… Pero bueno, al grano; llegar al lago Titicaca (que, por cierto, tiene la misma dimensión que la Comunidad de Madrid ¡qué locura!) fue relativamente impresionante en Perú, por la cosa esta que dicen que es el “lago navegable más alto del mundo”, sin embargo, llegas a Puno y dices “ah… pues ok”. Sin embargo, en Copacabana, Bolivia, el lago es otra historia.

Si tenéis tiempo, cruzad la frontera, se tarda apenas unas 3 horas, y aunque les duela a los peruanos, el Titicaca boliviano es más impresionante. Compré mi pasaje de autobús para Copacabana desde Puno para las 6 de la mañana del día siguiente. Preguntad precios en el terminal antes de comprar; aprended de mis errores. Me vinieron a buscar al terminal muy rápido y no pude preguntar, luego paseando por la calle en Puno vi una agencia y la señora me prometió recogerme en el hostal y que por eso era algo más caro. Me pareció razonable. Bueno, pues no. Pero eso es una historia que me enerva, así que me la voy a saltar. Continuemos.

Es mejor de todas formas salir temprano de Puno porque al parecer la frontera se llena y puede ser algo tedioso. En el autobús te dan una hojita para rellenar que luego tienes que dar en migración. Antes de llegar a la frontera, a unas dos horas de Puno, paramos en una casa de cambio. Yo decidí cambiar solo unos 150 soles a bolivianos, porque no me fiaba, y cambiar el resto en Copacabana o en La Paz, en un sitio donde tuviese escrito el tipo de cambio (ahora mismo está a unos 8.1 bolivianos por euro). En cinco minutos llegamos al final (o principio) de Perú. Hay que ir a la oficina, entregar la tarjeta que te dan al entrar al país, te sellan el pasaporte y luego caminas 200 metros hasta Bolivia y repites el procedimiento. Entregas el papel, te dan una parte que hay que guardar hasta el final, sin preguntas te sellan el pasaporte y voi-là! Ya estás legalmente en Bolivia.

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Atardecer en la playa de Copacabana, guardada por los dioses del Sol y la Luna

Volvimos al autobús y en 10 minutos llegamos a Copacabana. Es un pueblito pequeño, con un curioso balance entre el turismo y la cultura local, según más cerca estés del lago. Hay infinidad de hospedajes que varían en calidad y precio, así que no hace falta reservar nada. Después de pasear un rato y preguntar en tres sitios, me decanté por el Hostal Academia. No fue la mejor opción, pero tuve habitación privada (con cama doble) por 40 bolivianos (menos de 5€), agua caliente (que es mucho pedir) y wifi (que también).

El resto del día lo pasé deambulando por el pueblo. Hay una catedral y un mirador, a los que iba a ir y al final no fui (cosas de la vida), pero aun así me pude entretener. Hay una playita muy mona, donde se puede almorzar muy barato si no se quiere ir a los restaurantes turísticos. También decidí qué hacer al día siguiente. No sabía si coger un tour a la Isla del Sol y de la Luna y volver por la tarde a Copacabana, o si pasar la noche, ya que la parte norte de la isla estaba cerrada desde hacía cinco meses. Al final decidí pasar la noche en la Isla del Sol y decidir el ir a la Isla de la Luna al día siguiente desde la del Sol. El pasaje en barco son 20 bolivianos, pero si sois más de uno lo podéis comprar por menos. Tarda al rededor de una hora y media en llegar a Yumaní (la comunidad del sur de la isla).

En aymara, la isla es la que dio nombre al lago; Titi’kaka significa puma de piedra.  Se dice que el primer inca, Manco Cápac, es el hijo de las deidades del sol y la luna (las dos islas del lago).

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Yo siendo una topa

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Vistas desde uno de los miradores

Decidí ir en el barco de las 13:30, pero me arrepentí en cuanto llegué. Aunque paséis la noche, creo que compensa ir en el de las 8:30 de la mañana, a pesar del madrugón. Es una isla preciosa y se pueden hacer montones de caminatas, incluso solo en la parte sur. Es mejor que dejéis las mochilas grandes en Copacabana, ya que nada más llegar al puerto hay que subir unas escaleras bastante empinadas. A medio camino está la Fuente del Inca, donde se puede rellenar las botellas. En el pueblo hay montones de hospedajes, yo después de caminar un rato me decanté por el Hostal Puerta del Sol, tiene unas vistas impresionantes, estaba muy limpio y era muy acogedor.  Una vez dejé mis cosas, me fui a explorar un poco. Desde mi hostal se veía otra playa y otro puerto, pero no me apetecía subir una vez abajo, así que me fui hacia uno de los miradores, atravesando un pequeño bosque de eucaliptos. Alucinar es poco. Era como estar en el Cap Formentor en Mallorca (con algo más de frio). El agua del lago es de un azul tan intenso como el Mediterráneo, y es tan grande que no ves el final.

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Después de pasar un rato haciendo el canelo, aprovechando que estaba sola en el mirador, fui caminando hacia el otro, siguiendo la parte alta de la isla para ver el atardecer. El cual, me impresionó aun más de lo que ya estaba. Allí me encontré con Andrea y Justine, dos chicas francesas que conocí en Aguas Calientes. Estuvimos ahí hablando y esperando al atardecer hasta que se hizo de noche.

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Atardecer en la Isla del Sol

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El otro lado

Como luego ya era de noche y no estaba segura si sabría volver a mi hostal, preferí volverme a tiempo y cenar ahí la comida que me había traído y leer en la cama hasta que llegase el sueño.

No se por qué tenía la sensación de que mi hostal estaba muy lejos del puerto de Yumaní, supongo que fue porque tardé en encontrarlo y caminé bastante por la isla con la mochila. Pero madrugué pensando que tardaría bastante en llegar, pero no tarde ni veinte minutos. Tenía una hora y media que matar, así que desayuné en el hotel del puerto y robé un poco de wifi.

Poco después de llegar a Copacabana, cogí un autobús en la plaza con dirección a La Paz. El viaje son unas 4 horas, más o menos, sobretodo porque hay un momento del viaje, en el que todo el mundo se tiene que bajar, y comprar un pasaje de barco por 2 bolivianos. Mientras nosotros cruzamos el lago en un barquito a motor, al bus lo suben a una plataforma para que cruce también. Me pareció super gracioso ver un autobus enorme en esas tablas de madera surcando el lago ja,ja,ja, Luego hay que esperarlo durante un rato.

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Los autobuses cruzando el lago en las plataformas de madera

Por fin, cerca de las 6, llegamos a La Paz. Fui directa al hostal, y no salí hasta el día siguiente. Pero eso, para otra entrada. Espero que os guste u os sirva, y que os animéis a cruzar a este lado del lago si estáis por la zona.

 

¡Hasta la próxima!

 

El norte de Perú

No es novedad que Perú es uno de los mayores destinos turísticos en la actualidad, y es que es un país que ofrece infinidad de atractivos. Sin embargo, la mayoría de los visitantes se quedan en el sur, perdiéndose la mitad del país. No es tan raro teniendo en cuenta que Macchu Picchu es lo que más turismo atrae, y normalmente la gente apenas se puede tomar un mes de vacaciones, con suerte. Del sur hablaré en otra entrada que también da para rato, pero hoy quería darle un poco de amor al norte, que desde luego se lo merece.

Si tenéis más de un mes y podéis, yo recomiendo visitar el norte. Yo llegué a Perú el 3 de junio (bueno, ese día me subí al barco en Leticia, Colombia), y ayer (1 de agosto) crucé la frontera a Bolivia. Pero más o menos, este es el recorrido que hice yo en aproximadamente un mes en el norte.

  • Iquitos: Es la ciudad más grande de Perú en el Amazonas, y la más grande también que no está conectada por tierra con otra ciudad (solo un pueblito, Nauta, desde el que salen los barcos “rápidos” a Yurimaguas). Pasé tres noches y dos noches en un tour por el Amazonas. Hay mucho que hacer, hace mucho calor, poca agua, mal internet y un tráfico de locos, pero aun así, merece la pena si tenéis o bien un presupuesto más alto para volar, o más días para llegar en barco.

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  • Tarapoto: Solo estuve de paso, llegamos de Yurimaguas que es un pueblito sin mucho que ofrecer y en seguida cogimos un colectivo a Chachpoyas, sin embargo, al parecer s{i que hay distintas cosas que hacer de las que no puedo hablar ja,ja.
  • Chachapoyas: Sí, lo sé. El nombrecito se las trae pero llega un momento en el que suen hasta normal. Me pareció muy curioso que esta región se llame Amazonas y la de Iquitos Loreto, cuando Iquitos está en pleno río Amazonas, pero bueno. Como diría Calle 13: hay tantas preguntas y pocas respuestas. Ha sido uno de mis sitios favoritos de Perú. Callecitas de piedra, casitas de fachadas blancas, rodeado de montañas y una atmósfera a pueblo tranquilo y seguro. Se puede visitar Kuelap, una ciudad en ruinas pre inca, montarse en el único teleférico de Perú, hacer una caminata a Gohta; la tercera cascada más alta de Sudamérica con 700m de altura y visitar unos miradores increíbles.
  • Cajamarca: Sitio ideal para alejarse del “beaten path”. Ahora, el autobús entre Chachapoyas y esta ciudad se las trae. Son unas 12h si no recuerdo mal, por eso decidí ir de noche, y la verdad, no sé qué hubiese sido mejor. Una carretera sin asfaltar, de un solo carril, por las montañas, y cada vez que venía otro bus o camión de frente teníamos que recular. Lo bueno es que de noche no ves mucho lo que pasa, pero da más miedo por la falta de visibilidad (del conductor vaya, que tampoco paró en todo el trayecto), de día ese problema no existe, pero la que lo ves eres tú.

Es una ciudad bonita y tranquila, rodeada de sitios arqueológicos, y alejada del turismo. Hay mucha vida en la calle y mucha variedad de restaurantes. Yo solo pude estar un día y fui a los Baños del Inca, lo cual os digo desde aquí que no vayáis, que es un poco guarrada. Pero hay mucho más y una vive y aprende.

  • Cajabamba y el valle de Iscocucho: Esto sí que está alejado de los turistas. A medio camino entre Cajamarca y Trujillo. Hice un voluntariado que terminó siendo un fracaso y me fui de ahí una semana antes de lo establecido.

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  • Trujillo y Huanchaco: ¡La costa por fin! Trujillo es una pequeña ciudad colonial con un plaza de armas preciosa, Huanchaco es un pueblito playero a tan solo media hora, se puede ir en autobuses locales por 3 soles, si no recuerdo mal. Yo recomiendo quedaros en Huanchaco, que aunque es más pequeño, tiene es ambiente playero tan relajado. Además, hay muchísimas cafeterías y restaurantes vegetarianos, clases de yoga y surf. Qué felicidad. No pisaba la playa desde que dejé Cartagena hacía ya casi un mes. Peeero, era invierno y hacía demasiado frío para meterse en el mar. Aquí principalmente están las ruinas de Chan Chan, a medio camino entre Huanchaco y Trujillo y las Huacas del Sol y de la Luna, todo ruinas pre incas.

Si venís por Ecuador (o vais en esa dirección), Máncora dicen que está muy bien, al parecer es la perfecta combinación entre fiesta y relajación. También, un chico que conocí en Chachapoyas había vivido en Tumbes, y decía que aunque Tumbes no tenía mucho que ofrecer, las playas de alrededor eran preciosas.

  • Huaraz: Este sitio es para los amantes de la escalada y el senderismo. Un consejito, si venís de Huanchaco (o de Lima, ya que ésta también está al nivel del mar), no vayáis a la montaña ese mismo día, y el siguiente igual tampoco. Esperad un poco a que vuestro cuerpo se aclimate a la altura. Creedme que se nota. Es posible que el mismo día que llegué me fui con las dos chicas que conocí en el voluntariado a la laguna Huilcacocha y es posible que tardásemos el doble en llegar porque nos ahogábamos. Dos días más tarde, fuimos a la Laguna 69, una impresionante laguna entre nevados de un azul tan turquesa como mi chaqueta de Quechua. Esto lo podéis hacer o bien en el día (igual es mejor alojaros en Caraz, y así no tenéis que levantaros a las 4 de la mañana), o hacer un senderismo de tres días; el Santa Cruz trek. Y si no tenéis límite de tiempo, en Huaraz no os vais a cansar de montaña.

Mi siguiente parada fue Lima, pero me la guardo para cuando hable del sur de Perú.

La verdad que merece la pena recorrer el país entero si tenéis tiempo porque es una auténtica pasada. El norte además, está menos explorado y explotado, así que aunque sigue habiendo turismo, no es agobiante y la cultura de los sitios está mínimamente intacta. También es mucho más barato, desde la comida hasta el transporte, por no hablar del alojamiento.

Perú es enorme y es imposible verlo todo, las distancias entre los sitios son larguísimas, sobre todo en esta mitad del país, donde entre sitio y sitio hay por lo menos 8 horas en autobús. Bueno, en kms no es tanto, pero vas atravesando la montaña. Sin embargo, no os asustéis, pues en general los autobuses están muy bien. Los billetes se pueden comprar por internet (en Ecuador te plantabas en el terminal y en cuanto oías que alguien gritaba tu destino, corrías a subirte), en los servicios nocturnos los asientos son cama o semi cama, y hay veces que dan de comer, almohadas y mantas, y las maletas se “facturan”; les ponen una etiqueta y a ti te dan otra con la que la recoges.

Espero que os haya gustado y si algún día pensáis en ir a Perú, consideréis el dedicarle más tiempo.

¡Hasta la próxima!

 

De Leticia a Iquitos; tres días en barco por el Amazonas

Tal cual. Y no un barco cualquiera, si no un barco carguero, para darle más romanticismo al asunto. Mientras viajaba por Colombia decidí cambiar mi ruta e ir a Perú en lugar de a Panamá. Buscando y buscando la manera de llegar a Perú desde Colombia econtré varias opciones:

  1. Volando. Hay vuelos a Lima desde casi toda Colombia, pero pueden ser algo caros. Creo que desde Leticia a Iquitos no es mucho, pero aun así se salía del presupuesto.
  2. En autobús desde Cali o Popayán recorriendo todo Ecuador. No se precio pero tarda unas 40 horas creo. La empresa es Cruz del Sur.
  3. En barco carguero.

Opté por la última. Compré un vuelo de Bogotá a Leticia, que en el mapa está en la esquinita de Colombia lindando con las ciudades de Tabatinga (Brasil) y Santa Rosa (Perú). Estuve dos noches, asegurandome que tenía todo lo que necesitaba para el barco. Hay tres tipos de barco; el lento carguero, que se demora unos 3 días, uno rápido y otro noruego aún más rápido. Apenas hay información en los barcos, o eso me pareció a mi. El rápido tarda unas 15 horas, y hay dos tipos pero no se nada sobre precios.

El primer día decidí ir a Santa Rosa a preguntar. Desde el malecón de Leticia te llevan en balsa por 3.000 pesos (1€). Al llegar, le pregunté al chico que me llevó que dónde podía preguntar.

-No hay nada que preguntar- Me contestó.

-¿Cómo?

-Sí, solo te presentas en el barco y esperas a que salga.

-Ah… O sea que he venido para nada…

-Bueno, te acerco a ver si ahora hay un barco, igual ahí te dicen algo.

Pusimos rumbo al nuevo destino. Una vez allí me dijeron que el barco costaba unos 60-80 soles (15-21€) y que saldría el sábado a las 11 de la mañana. Listo. Suficiente.

Antes de embarcar, recordad que os tienen que sellar el pasaporte, tanto de salida en Leticia (hay una oficina de inmigración en el malecón y otra en el aeropuerto), y también en Santa Rosa para entrar en Perú. Os darán una tarjetita que hay que guardar hasta salir del país porque la piden mucho en los controles. No olvidéis cambiar algo a soles para tener a mano, pero si no cambiáis en Leticia, en Iquitos hay casas de cambios y gente que te cambia en la calle (no se como de legal es eso…).

También necesitáis una hamaca si no queréis dormir en el suelo, y creedme que no queréis. Yo me arrepentí de no comprarme una en la costa porque eran más bonitas y más baratas. En Leticia venden unas muy feas por unos 5€, pero yo quería traermela a España, así que compré una azul turquesa muy bonita que me costó unos 10. Las cuerdas para la hamaca, podéis comprarlas (1€ aprox) o si no en el barco, os daran unas tiras como de los chalecos salvavidas que hacen el trabajo igualmente. Llevad también el agua que creáis necesitar.

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La fabulosa embarcación

El sábado madrugué, fui a Santa Rosa, sellaron mi pasaporte y a las 9 de la mañana llegué al barco. Señalaron a un señor para que hablase con él, asumí que era el capitán. Éste me contó que este barco no iba a Iquitos, que el mio llegaría en un par de horas que venía de Islandia.

One moment.

Cómo que Islandia.

Pero si hace frío, y van en hamacas y ¿en qué parte del mapa desemboca el Amazonas? Y joder, ¿cómo es que a Iquitos tardamos tres malditos días y a Islandia se demora dos horas?

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Yo intentando averiguar cómo iba a llegar el barco desde Islandia

Muy confusa, le expresé mis dudas al capitán, quien no parecía entenderme muy bien y me despachó diciendo que subiese a esperar a mi barco. Al poco apareció otro hombre de la tripulación a darme conversación. Le pregunté cómo es que llegaban de Islandia si eso estaba en Europa. Lo encontró tremendamente gracioso. Al parecer, es una ciudad en las orillas del Amazonas, que jsuto comparte nombre con la isla nórdica. Pues nada, ahí me quedé como una pazguata.

A todo esto ya eran más de las 11 y ahí no llegaba nada. Una hora más tarde aparecía otro ferry. Era más grande que en el que estaba, con un piso más y parecía mejor cuidado. Despidiendome del capitán que intentaba convencerme para que me quedase en su barco, subí al otro. Un chico me ayudó con la mochila y me colgó también la hamaca en la planta de arriba y fui a explorar. La planta baja del barco parecía para carga, (y de hecho más adelante, metieron vacas, cerdos y montones de gallinas) la primera y segunda estaban cerradas por paredes con ventanas, y al final de estas estaban la cocina, el bar y los baños (unos retretes con una pinta horrible y una tubería en el techo hacía las veces de ducha). La tercera parecía la más tranquila. No estaba cerrada, pero tenía unas lonas que se podían bajar si hacía frío o llovía.

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Volví a mi hamaca y conversé con el hombre que estaba a mi lado. Eran ya las 12 del mediodía y salíamos a las 11, así que extrañada le pregunté si sabía lo que pasaba. Segundo momento del día en el que hago alarde de ser una topa de remate.

-¡Pero si salimos a las 7:30 de la tarde mujer!

-¿Cómo? No, pero a mi me dijeron…

-Hago este camino muchas veces mi amor, y este barco no sale hasta las 7:30 de la tarde.

Pues nada. Como no quedaba otra, me eché una siesta maldiciendome. Unas horas más tarde, apareció en la planta una chica rubia, hablamos un rato y decidió mudarse arriba también. Luise, de Alemania. No sabéis la ilusión que me hizo conocer a otra viajera que también iba sola. No solo hizo que me sintiese mucho más segura, si no que nos entretuvimos la una a la otra durante el viaje. Éramos las únicas turistas de todo el barco, el resto todos peruanos

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Puesta de sol en el Amazonas antes de zarpar

Salimos puntuales a las 7:30 de la tarde, cuando ya era de noche. Nos dieron de cenar una taza de avena (más bien de agua con cuatro hojuelas y mucho azúcar), y nos quedamos sin pan porque ya no quedaba. A eso de la 1 de la mañana vinieron dos de la tripulación a tocar un poco los huevetes, con la linterna enchufandola en nuestras caras diciendo “buenos días, hay que pagar mi amor”. No entiendo por qué habiendo tenido toda la tarde, lo hacen por la noche cuando ya está todo el mundo en el séptimo sueño. En fin, son 70 soles, que son unos 20€ aproximados.

El desayuno nos lo llevaron a la hamaca a las 7:30. Otra taza de avena con azúcar y agua y un trozo de pan blanco. Previendo esto, las dos nos habíamos provisto de frutas y algunas verduras, por lo que pudimos comer relativamente sano a pesar de las circunstancias. El almuerzo consistió en arroz con leguumbres y un trozo de pollo que ahí se quedó. La cena fue una sopa de gallina. En ese momento me sentí muy orgullosa de mi yo del pasado porque se me ocurrió cocinar unas lentejas y llevarlas en el tupper por si la comida tenía mucha carne. Me salvaron la cena 🙂

Los días eran largos, no había nada que hacer. Leíamos, dormitábamos y escribíamos principalmente. Aprendí a hacer algunas pulseras con macramé que me enseñó Luise y hablamos con los locales, que nos contaban cosas de Iquitos, de donde parecían ser todos. Para entonces las primeras plantas estaban abarrotadas de gente, casi hacinadas, y no corría el aire. Arriba en cambio, cada vez éramos menos. También decidimos prescindir de las duchas, e ir al baño lo menos posible porque estaban realmente sucios, y el fin de la ducha es acabar más limpio…

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La planta de arriba. La hamaca turquesa detrás del señor es la mía

Una cosa que nos impactó mucho fue que la gente tiraba la basura al río. No hay ninguna conciencia sobre lo que el plástico causa en el medio ambiente, y no creo que sean conscientes de lo que el Amazonas y sus selvas significan para el planeta. Veías a mucha gente tirar la basura, y mucha otra la dejaba en el suelo, por lo que se acababa volando igualmente. Luise y yo recogíamos bastante y la metíamos en los cubos, pero no se si esos cubos también van o no al río… En una ocasión incluso le dije a un chico “perdona, se te ha caído esto… a ver si va a acabar en el río”. Se levantó, lo tiró a la papelera y volvió a tumbarse. Así de fácil.

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Llegamos a Iquitos sobre las 5 de la tarde. Según atracamos, y antes de desembarcar, ya teníamos a varias personas dentro diciendo “venga amiga, yo les llevo a un hostal bueno, les llevo por solo 2 soles”, es un poco agobiante, pero bueno, una se acostumbra. Dandole largas, bajamos, y nos encontramos con un auténtico caos de basura, otras embarcaciones, perros vagabundos, olores muy fuertes, moto taxis y un montón de personas hablandonos a la vez. Abrumada, escuché a Luise hablar con un chico que decía que nos llevaba por 7 soles. Entonces vislumbré al que había entrado al barco y le hice una seña. Él nos iba a llevar por 2, así que… No os dejéis engañar, os dirán que la ciudad está lejos y otras excusas, pero no paguéis más de 2 o 3 soles.

Iquitos es una de las ciudades más grandes que no está conectada por tierra con otras. Solo con un pueblo, creo, que se llama Nauta, desde donde salen los barcos rápidos a Yurimaguas (de rápidos no tienen nada, pero esa es otra historia). En la ciudad está el mercado de Belén, es un barrio bastante malo, pero durante el día no hay peligro. Dentro hay distintas zonas. Hay una que está como flotando y es la más bonita a la vez que la más desagradable. Venden todo tipo de animales (o partes de éstos) legales e ilegales de la jungla. Yo solo me quedé en la parte de las frutas y verduras, porque no quería verlo. Pero bueno, lo mejor es que preguntéis en vuestros alojamientos qué hacer, porque aunque a primera vista parece que no hay mucho, se le puede sacar mucho partido a esta ciudad que tanto caucho dio.

Aunque esta no sea la manera de disfrutar de la selva, desde luego ha sido toda una experiencia. No solo por el hecho de recorrer parte del Amazonas en un barco carguero durante unos días, durmiendo en una hamaca y sin ducharse, si no por ver como se mueve la gente local, y poder hablar un poco con ellos. Además, los paisajes son una auténtica pasada e igual tenéis suerte y véis los delfines rosas… Creo que merece la pena hacerlo una vez si os encontráis en la zona. Hay mucho tráfico de barcos entre Perú, Colombia y Brasil, así que depende de dónde os encontréis.

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Espero que esto sea de ayuda 🙂

¡Hasta la próxima!

Está bien sentirte mal

Acababa de llegar a Bogotá, al terminal de autobuses tras más de 8 horas de viaje. Tenía un camino bastante largo hasta llegar a la casa de mi tío, con quien me estoy quedando un par de días. En la oficina de turismo pregunté como llegar, ya que estaba sin datos y no podía usar Google Maps. Me dio tres alternativas; coger un taxi o Uber, usar el Transmilenio o un (o varios) autobús urbano normal. Pues llamadme idiota, pero me decanté por el bus urbano, ya que los taxi son caros y no quería comprar otra tarjeta para el Transmilenio.

Salí del terminal, y me quedé parada porque aunque me acabasen de explicar el camino, me di cuenta que en realidad no me había enterado. Pregunté a dos personas que no me supieron indicar. A la tercera fue la vencida, pero yo ya me encontraba intranquila. Al llegar a la parada, pregunté si esa era la correcta y me respondieron con un “lo siento, no soy de aquí”. En seguida vi uno de los autobuses que podía tomar; resultó que también se necesitaba la tarjeta. Le rogué al conductor en vano, y luego a los otros pasajeros que me pasasen con sus tarjetas y les daba el dinero en efectivo. Nada.

Las lágrimas ya se agolpaban por salir, pero me dije “no seas idiota, cojes el próximo”. Apareció uno que me dejaba en un punto en el que tenía que cambiar, pero no quería esperar más y me subí. Al cabo de un rato, pregunté al chico sentado a mi lado si estábamos cerca del centro comercial en el que tenía que bajar.

-No lo sé, no me muevo mucho en bus.

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En ese punto mi cara ardía con lágrimas contenidas. Intentando aguantarme para no romper a llorar en ese pequeño autobús y sientiéndome más sola que nunca. Entonces una mano me dio un toque en el hombro. El hombre de detrás me preguntó dónde me tenía que bajar. Se lo dije y me explicó exactamente dónde y como cambiar de autobús. Me las apañé para coger el bueno y en la buena dirección, sin embargo, me pasé de parada. Bajé corriendo confusa y ahí exploté. Me senté en un banco y dejé que todo saliese. Lloré y lloré como una magdalena. No podía parar.

Me di cuenta de que echaba muchas cosas de menos; principalmente mi hogar, con todo lo que tiene dentro, el conocer bien una ciudad, o el  no sentirme insegura sola por la noche. Estaba estresada y cansada. De viajar, de llevar toda mi vida en una mochila de 44 litros, de moverme continuamente, de no tener las cosas que hacen que me sienta bien y segura…  En fin, colapsé, en mitad de una calle de Bogotá a las 8 de la noche y no sabía qué hacer. Tras cuatro meses y medio de viaje, me dio el bajón de la nostalgia. Siempre que he salido de viaje, me ha pasado en algún momento. Claro que nunca había viajado tanto tiempo, y si he pasado más tiempo fuera de casa estaba con una familia de acogida o con amigos y compañeros de piso con los que podía contar. Sin embargo, ahora estaba sola, y me sentía sola.

A esto se añadió el hecho de sentirme terriblemente egoísta por estar en esa situación cuando estoy haciendo algo que tanta gente se muere por hacer. Viajar durante meses, sin billete de vuelta, viviendo experiencias que en casa no podría ni pensar, conociendo gente interesantísima, y aun así, ahí estaba yo; moqueando y sientiendome miserable.

Me quedé un rato ahí sentada hasta que me calmé. Recordé entonces un artículo que leí hace tiempo sobre el tema. Es completamente normal sentirse así; por mucho que estés haciendo algo con lo que llevas soñando años, estás lejos de tu hogar y es posible que el viaje se vuelva un poco monótono. A veces se hace duro no tener una habitación para ti, o la falta de intimidad, los viajes en autobús son largos y tediosos, y te hacen pensar en cosas que igual no te apetece pensar.

Viajar sola es una montaña rusa; hay veces que te encantaría tener a tu pareja o amigos porque sabes que las risas están aseguradas y la morriña se hace hueco en el corazón cuando ves a la gente con los suyos, sin embargo es realmente empoderador el estar sola y tener la libertad de ser tú quien toma todas las decisiones sin recaer en nadie, no dependes de nadie. Y eso es lo que hizo que me recompusiese. Estoy aquí porque quiero, y soy consiente de lo privilegiada que soy por poder hacerlo y quizás también por tener este ansia por viajar y ser curiosa.

Puedo volver a casa cuando quiera… Pero no estoy lista aun. Me queda mucho camino por recorrer, y siempre voy a tener un hogar al que volver, lo cual es enormemente reconfortante. Puedo seguir unos meses más durmiendo en casas ajenas, hamacas y lo que surja. Es parte de la magia de viajar.

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¡Hasta la próxima!

Una semana en el Caribe; San Andrés

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Si os digo la verdad, nunca había oído hablar sobre la isla de San Andrés hasta que mis amigas Leanne y Sophie me propusieron el plan cuando aun estábamos en Santa Marianita, Ecuador. Apenas unos días antes de que ellas dejasen en Donkey Den me preguntaron si quería reservar los vuelos que desde Bogotá estaban muy baratos (60€ ida y vuelta). Busqué en Google, me gustó lo que vi y compramos los billetes para un mes y medio más tarde.

El 24 de marzo estábamos las tres en Bogotá, impacientes por llegar y con una emoción tan palpante que no podíamos aguantarnos. Llegar a la isla es fácil y  no demasiado caro, pero como extranjeros hay que pagar un impuesto antes de entrar de 99 mil pesos, es decir, unos 33€, que ya está bien. Creo que es más barato volar desde Cartagena pero bueno, eso ya depende de lo que le convenga a cada uno.

Nos alojamos en el Blue Almond Hostel, que aunque los dueños no nos cayesen muy bien, creo que es una de las opciones más asequibles a unos 15€ la noche. Hasta la fecha, ha sido el alojamiento más caro desde que dejé Madrid.

La isla mide apenas unos 30kms, por lo que es fácil recorrerla. Se pueden alquilar bicis, motos o carritos de golf, pero tened cuidado con esto último, porque hay tanto los caddys normales, que van a cero por hora, o unos Kawasaki que van a más velocidad y en general, son más cómodos. Alquilar una bici son 25.000 pesos al día (8€), una moto 60.000 (20€) y el Kawasaki unos 180.000 (60€).

Muy bien, basta ya de datos útiles y vamos a lo divertido; cómo ha sido pasar una semana en el Caribe. Pues duh, increíble. Nunca había estado, y tampoco había visto tantos azules distintos en el mar, ni esos tonos, ni la arena blanca que no se por qué no quema, ni nada parecido. Lo primero que notamos fue el calor. Llamadme idiota pero me esperaba un calor agradable, no un horno achicharrador, pero una está en el Caribe y se aguanta. El último día ni podíamos estar al sol, ni caminar, porque dolía demasiado.

A pesar del pequeño tamaño de la isla, es imposible aburrirse, y si os aburrís, cogéis un barco o avión a Providencia, la isla de al lado, y todo arreglado (el barco o avión desde San Andrés a Providencia son unos 300.000 o 500.000 pesos). Todos en la isla hablan inglés, y de hecho es el idioma principal, pero no os agobiéis si no se os da bien porque también hablan español 🙂

Rocky Cay: Uno de los cayos de la isla, se puede ir en autobús desde el centro por 2000 pesos, o si no, al dar la vuelta a la isla en caddy o moto o lo que sea se puede acceder fácil y no tiene ningún costo de entrada. Agua cristalina que no cubre más de la cintura te guía hasta el cayo, al que se puede caminar perfectamente. Se puede pasar el día, ya que hay palmeras que dan sombra y restaurantes cerca no muy caros, pero la verdad, yo recomiendo o llevar la comida hecha del alojamiento, o comer fruta y aperitivos y hacer una cena relativamente pronto cocinando.

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En Rocky Cay

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El camino de agua azul a Rocky Cay

Hoyo Soplador: Una grieta en una roca gigante desde la cual la gente salta al mar (a mi me pareció algo peligroso ya que es muy estrecha, pero no sé… la gente parecía hacerlo con confianza). Se puede entrar al agua sin tener que saltar y luego bucear por la roca.

West View: La entrada creo que son 4000 pesos, y es un espacio para bucear que también han puesto un tobogán y un trampolín. En realidad, la mejor manera de hacerlo es andar un poco más y meterse por uno de los caminos donde hay menos gente, y si te ves con fuerza, nadar hasta el tobogán y montarte gratis 🙂

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Estresadas  en West View

La Piscinita: Otros 4000 pesos. Es un espacio en el que han puesto un restaurante (muy caro) y uno de los mejores sitios para hacer snorkel de la isla. Con la entrada te dan una bolsita para dar de comer a los peces, por lo que te rodean completamente y no tienen ningún miedo. La mejor opción sin embargo, ya que suele haber bastante gente, es salirse de “la piscinita” nadando y llegar a los corales de al lado, donde puedes ver a los peces a su bola ¡Si tenéis suerte, igual veis una raya! Nosotras vimos varias.

Playa de San Luis: Otra de las increíbles playas de la isla. Esta es muy larga por lo que puedes ir a zonas más o menos concurridas. Hay una zona, enfrente del hotel Decameron, donde hay un charco de agua transparente, y que si te sientas, en seguida vienen un montón de pececillos a nadar a tu alrededor Kella’s Bar; un bar muy fiel a la cultura reggae de la isla.

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Playa de San Luis

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Una piña colada en Kella’s Bar

Playa del centro: Tiene un nombre, pero no lo recuerdo… no tiene mucha perdida, es la playa del centro de San Andrés. Es grande y muy bonita, pero no es tan natural como lo es Rocky Cay que está rodeada por palmeras, en lugar de edificios. Si camináis un poco más por el malecón o la playa, llegáis a las letras de I LOVE SAN ANDRÉS. La playa ahí est más tranquila y hay mucha menos gente que en el centro.

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Acuario y Johnny Cay: El principal tour de la isla. No recuerdo cuanto es, pero sí recuerdo que no mereció la pena. Te llevan en lancha al acuario, que no es un acuario como los que conocemos, si no que es una isleta rodeada de agua completamente cristalina en la que se pueden ver muchas especies de peces. No se como será normalmente, pero cuando fuimos estaba llena de gente. Además había dos chicos con una raya al sol para que la gente se hiciese fotos con ella y a mi se me estaba partiendo el alma…

Johnny Cay es otro cayo. Una isla llena de palmeras, bares, iguanas y sitios para comer donde vas a pagar como poco 10€ por un plato (mejor traed la comida de casa o esperad a comer a la vuelta). También hay mucha gente, pero al ser más grande, la gente está más dispersa. Eso sí, el sol pega muy, my fuerte. Nosotras, a pesar de usar protector solar nos quemamos bastante ahí, por lo que venid bien equipados.

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Primera iglesia baptista: Pues eso, la primera iglesia baptista de la isla, que está en lo alto y tiene una torreta desde la que se puede ver toda la isla. También te ponen un video contándote su historia. No está mal, pero no es nada increíble.

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En general, es una isla cara. Comer fuera cuesta lo mismo que en España prácticamente, así que aseguraos de tener una buena cocina en la que se pueda preparar cosas y poder ahorrar en eso. Dentro de la isla, además se puede hacer buceo y eso creo que no está mal de precio y lo mismo con el kitesurf. Y yo creo que merece la pena comprar vuestro propio tubo y máscara porque alquilarlo a diario sale caro y no hay día que no vais a querer tener uno a mano.

MUCHO PROTECTOR SOLAR Y ANTIMOSQUITOS. Ya está, no necesitáis nada más. Desde luego, si estáis en Colombia y tenéis una semana (o cinco días vaya), yo creo que merece la pena hacerse el viaje, porque aunque la costa de Colombia tiene parte en el Mar Caribe, no tiene nada que ver con estar en una isla en pleno caribe, que tiene tan viva la cultura creole y reagge. Eso sí, chicas, si ya es agobiante el que te silben o te digan cosas por la calle, en San Andrés son profesionales.

Espero que os haya gustado la entrada y que vayáis si podéis porque ver tantos tonos de azul en el mismo mar, no tiene precio.

¡Hasta la próxima!

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¡¡YA PODÉIS VER EL VÍDEO!!

¿Qué hacer en Bogotá?

Por fin, la primera entrada sobre Colombia, y no podía ser sobre otra cosa que no fuese Bogotá. Una ciudad vibrante en la que me he sentido muy cómoda y la primera en estar casi como en casa. Es la ciudad más grande de Colombia con unos 8 millones de habitantes y la tercera capital más alta de Sudamerica, a 2640 metros. Y sin embargo, a pesar de su abrumante tamaño, te recibe con los brazos abiertos. Es relativamente fácil moverse. El TransMilenio llega a bastantes zonas de la ciudad con la ayuda de la aplicación (TransmiSitp) que te dice como llegar a cualquier lado. Para los taxis, hay que bajarse una aplicación; Tappsi. Sobretodo para cogerlos por la noche.

La verdad, es que para ser tan grande, no tiene tanto turísticamente, y aun así, ha conseguido que me quede diez días enteros. Ha sido mi primer destino sola y Ana se había vuelto a España hacía unos días. Así comenzaba la segunda parte de la aventura. Volé desde Quito con Viva Colombia, la aerolínea low cost de Colombia, y no lo recomiendo (o sea sí, si os queréis ahorrar las mil horas en bus, pero yo pagué demasiado y tuve algún que otro problema con la compañía), y en menos de hora y media aterricé en el aeropuerto de El Dorado.

Me alojé en el barrio de La Macarena, en casa de una antigua amiga del colegio. La mayoría de los viajeros se hospedan en La Candelaría, el barrio más central y más hippie, pero La Macarena está a solo 20 minutos andando, está lleno de bares, restaurantes y cafeterías hipsters y es algo más seguro por la noche.

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El Museo Nacional y el Parque Nacional están al lado y están muy bien para pasear. El Museo Nacional cuenta la historia de la ciudad, como los españoles la fundaron, el por qué de la localización y lo que significó para ellos la colonización. Un punto de vista muy distinta al que aprendemos en el colegio. El Museo del Oro es otro imprescindible. En él albergan piezas de distintas culturas indígenas antes de que llegaremos los europeos. Una de las piezas más importantes es la balsa muisca, que representa la ceremonia de la leyenda de El Dorado. Otro museo es la Colección de Arte del Banco de la República, tres museos en uno. Uno de ellos siendo el Museo Botero. Por cierto, los domingos los museos son gratis.

Pasear por la Carrera 7, la calle principal. Sobretodo en domingo, que la cierran para los coches y hay un mercado de pulgas muy grande. Al final de esta se encuentra la Plaza de Bolívar, una plaza gigante habitada por palomas, con la correspondiente estatua del héroe nacional. Y de ahí La Candelaría está a solo unos metros, id a probar la chicha, una bebida tradicionalmente indígena que estuvo prohibida durante muchos años. Entrad en cualquier restaurante y pedir el ajiacouna sopa típica hecha con tres o cuatro tipos distintos de papa (y a veces pollo). De postre, comprad en un puesto de la calle una oblea con arequipe; son como unas galletas grandes y finas con dulce de leche.

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Plaza de Bolívar

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Ajiaco sin pollo

Para tener una vista privilegiada de la ciudad, el Cerro de Monserrate no puede faltar. Los domingos todo el mundo sube para la misa por lo que es más entretenido la cansada subida. Hay gente vendiendo y mucho movimiento. Sin embargo, entre semana es mejor coger el teleférico, porque no es muy seguro subir cuando no hay gente. También aseguraos que haga buen tiempo, el día que yo subí estaba todo nublado y no se veía nada…

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Vistas desde el Cerro… todo nublado

Fuera de la ciudad hay dos cosas principales: Zipaquirá y Guatavita. Zipaquirá es una catedral de sal, a la que no fui por falta de tiempo. Guatavita es la laguna donde sucedió la leyenda de El Dorado. A la que sí fui y me pareció muy caro para lo que es. Porque hay que pagar el autobús hasta el pueblo Guatavita que son 9.000 pesos (más otros 9.000 de vuelta), 11.000 del autobús del pueblo a la laguna (esto sí es ida y vuelta), y 17.000 para extranjeros para entrar en el parque.

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Con Sophie y Leanne en la laguna de Guatavita

En total yo estuve unos nueve días, y me faltó la catedral de sal, pero la verdad si era tan cara como la laguna prefiero no haberlo hecho, pero aquí depende del presupuesto de cada uno. Aun así, Bogota es una ciudad moderna y joven llena de vida y buen ambiente. Una cosa es segura, no os vais a aburrir.

¡Hasta la próxima!

Cuenca, Ecuador.

Por fin, por fin, por fin, por fin dejábamos la playa. Sí, ya se lo que estáis pensando, pero después de un mes, no podíamos aguantar más el calor sofocante de la costa, y aun menos a los mosquitos. El siguiente destino; Cuenca. Al principio nos sonaba rarísimo hablar de Cuenca y que no fuese España, pero a estas alturas ya ningún nombre nos asombra.

Llegamos bien entrada la noche, pero no era muy importante porque nuestro anfitrión de Couchsurfing salía del trabajo a las 11. Tuvimos que hacer transbordo en Guayaquil, y nos pasamos a visitar a Kevin un ratito. Pero eso significó que se nos hizo de noche, y la carretera se las traía…  Al parecer íbamos cruzando las montañas del Parque Nacional de Cajas y era noche cerrada… Fantástico.

Cuenca ha sido hands down, nuestra parada favorita. Entonces no lo sabíamos pero todo lo que tiene esta ciudad que ofrecer es pura magia. El primer día salimos a explorar con Felipe, mientras nos hablaba del pasado colonial. Paseamos por la Catedral Nueva, y la de San Blas, que era la iglesia que señalaba el fin de la ciudad, bajamos al río y deambulamos portada rincón. Conocimos a los amigos de Felipe y por la noche subimos al Turi, un mirador desde el que se ve toda la ciudad.

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Jonnathan y Ana en la Catedral

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Desde el Turi

Por la noche, fuimos a tomar, como dicen aquí en lugar de beber. Había que aprovechar porque el fin de semana había ley seca por las elecciones. Al parecer, mucha gente votaba borracha por lo que ahora el fin de semana de elecciones está prohibido beber y comprar alcohol. SI ERES MI MADRE DEJA DE LEER A PARTIR DE AQUÍ. NO HAY NADA QUE VER. Probamos un brebaje terrible, Ferrari, lo llaman. El horror. El nombre viene a que en seguida te pillas una buena coroza. Te lo sirven en una copa como de daiquiri y lo llenan de no se qué alcoholes, también en otros dos vasos de chupito largo, ponen otros dos licores. Lo flamean, metes la pajita (o el sorbete) y te lo bebes de una tirada mientras la camarera lo va rellenando con los vasos de chupito. Os lo podéis imaginar.

Parque Nacional de Cajas

Nos levantamos con chuchaqui (resaca), pero como buenas turistas que somos, apechugamos y pusimos rumbo al Parque Nacional de Cajas, y dejadme que os diga que mereció la pena. Sin embargo, en ese momento, nos dábamos cuenta de que, efectivamente, la temperatura de la costa no se veía por ninguna parte, y con solo unos leggings, pero todas las capas posibles puestas nos arrepentimos de no haber planeado mejor para las temperaturas frías.

Debido al tiempo (niebla y lluvia), no nos dejaron hacer mucho más que rodear la Laguna Toreadora, pero aunque solo se pueda hacer eso, parece otro mundo. Allí, además, probamos el logro de papa; una especie de puré con papas, queso, aguacate y no se que más pero que nos calentó hasta el alma y estaba realmente delicioso.

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Locro de papa

Pero lo mejor de todo, fue al salir de la cafetería… ¡¡estábamos rodeadas de llamas!! O alpacas… no controlo mucho la diferencia entre ellas, pero qué más da. La emoción era palpable.

 

Ruinas de Ingapirca

Creo que alguien me dijo, o leí en algún blog que si no ibas a Machu Pichu en Perú, una buena y más barata alternativa para ver antiguas ruinas era Ingapirca en Ecuador. Bueno, desde aquí os digo que no.

Fuimos en domingo, el domingo de las elecciones, por lo que no había autobuses directos desde Cuenca (si vas directamente se tarda unas dos horas). Por lo que fuimos a Cañar, y allí cogimos otro que nos dejó en el pueblo y anduvimos hasta las ruinas. En total tardamos más de 3 horas. Y tienes que ir con guía, pero no se paga aparte, creo que la entrada son unos 2$. Y la verdad, es imposible perderse porque hay un sendero, y todo viene explicado en tablas de madera pero oh well.

 

Ingapirca en kichwa significa puerta del inca. Convivían dos comunidades; la cañarí y la inca, adoraban al sol y celebraban las cosechas. Y bueno, es muy interesante, pero es bastante pequeño y no necesitas una caminata de 5 días para llegar, y tampoco te quita el aliento como me imagino que debe ser estar en Machu Pichu.

 

En Cuenca, aprovechamos para relajarnos, beber mucho café y chocolate y disfrutar de la compañía de Felipe y sus amigos. Nos vino bien estar unos días asentadas en un sitio tan bonito…Así se acababa nuestro tiempo en Cuenca, una ciudad absolutamente preciosa, con una clara huella española. Si estáis en Ecuador no os lo podéis perder.

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Podéis ver como fue aquí:

Seguiremos informando!

 

 

Ayampe y Montañita ¿surf y meditación?

Las despedidas son duras, nos fue difícil decir adiós al Donkey Den, pero teníamos que ponernos en marcha si no queríamos llegar de noche al siguiente destino y sin tener ni idea de qué hacer. Íbamos en dirección Montañita, pero nos habían hablado muy bien de Ayampe, que estaba un poco antes, por lo que decidimos pasar allí una noche. Y adivinad qué; se nos hizo tarde y llegamos de noche sin tener ni idea de nada.

Ayampe; el retiro del yoga y la meditación

Nos bajamos del autobús en mitad de la carretera. Eran cerca de las 8 de la tarde pero ya era noche cerrada. Lo único que había era una tiendita y un cartel de madera que decía “Bienvenidos a Ayample, retiro de descanso”, y un camino de tierra sin una sola farola. Nos miramos como diciendo “¿y ahora qué?”, pues nada, cogimos las mochilas y echamos a andar. Al poco nos dimos cuenta que teníamos tres chicos detrás que parecían extranjeros y de nuestra edad. Aliviadas, les preguntamos sobre algún albergue y nos dieron alguna indicación.

Recorrimos Ayampe en cuestión de media hora, preguntando en distintos sitios por habitaciones, algunos no tenían, otros se salían del presupuesto y otros no nos gustaron nada. Por fin, ya un poco desesperadas, nos fijamos que colgaba un cartel de una de las casas que había justo en la playa, parecía un hogar particular, pero el cartel no podía mentir: “HABITACIONES BRISA DEL MAR”. Entramos en lo que parecía ser un salón, y una señora salió a atendernos. No les quedaban habitaciones, pero le debimos de dar mucha pena porque nos dijo que tenía una que no estaba del todo lista, pero que tenía un WC, un colchón y una ducha. Entramos en el cuarto, Ana y yo compartimos una mirada cómplice en la que tuvimos toda una conversación.

-¿Qué te parece?

-Bueno… desde luego no es el Palace, pero no nos queda otra…

Mientras tanto, la señora trajo una bombilla y puso sábanas limpias en el colchón que aun tenía el plástico.

-Está bien, nos quedamos.

Le dejamos hacer y fuimos a buscar algo de cenar. Sorpresa, todo cerrado. Al final encontramos un sitio chiquitín y pedimos dos arenas de queso y aguacate. Al cabo de un rato dos chicos se acercaron preguntándonos si podían sentarse con nosotras. Claro, por qué no. Julian, californiano de familia española con un acento que nos dice que es de Burgos y nos lo creemos, y Rufi, un alemán que también hablaba muy bien español. Nos echamos unas risas y seguíamos alucinadas con el acento de Julian, nos invitaron a pasarnos por su albergue en una hora o así, pero nos quedamos dormidas… Somos unas fiesteras…

Por la mañana, buscamos el restaurante Finca Punta que tanto nos habían recomendado. Un camino entre la jungla, escaleras de madera y unas vistas espectaculares, todo acompañado por los 7$ que costaba el desayuno… Adiós y gracias.

Nos acordamos que habíamos comprado un pan de plátano el día anterior y fuimos a la playa a comérnoslo ahí. Luego preguntamos por las clases de yoga y surf, pero resultó que ya habían terminado y no había más hasta la mañana siguiente… No queríamos quedarnos otra noche ahí porque no había mucho más que hacer y ninguna nos queríamos pasar el día tumbadas en la playa. Decidimos dar un paseo por esta y seguir nuestro camino.

Montañita; cuna de la fiesta y del surf

Nos bajamos del autobús media hora más tarde y nos adentramos en las calles de Montañita. Sí, ese es su nombre real. Palabrita. En seguida la gente te acoge, hay muchísimo movimiento de gente, restaurantes, tiendas y bares. Todos quieren que entres a su local, que te tomes una copa o te compres un collar. Nada que ver con su vecino Ayampe. Encontramos un sitio con opciones ve ganas y nos sentamos a comer y a decidir nuestro plan. Lo primordial: encontrar alojamiento. Entramos en distintos sitios preguntando por las habitaciones hasta que al final nos quedamos en uno que nos cobraba 7$ y tenía un pequeño balcón que daba a la calle.

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El resto del día lo pasamos explorando este sitio tan particular y paseando por la playa. Montañita es famosa en todo Ecuador por dos cosas: la fiesta y el surf. En ese orden. A nosotras nos recordó al típico sitio de fiesta para jóvenes tipo Benidorm o Magalluf pero en tropical. Todo está pensado para el turista, y las calles las ocupan una variedad de personas que van desde musculados bronceados pasando por hippies, a chavales que acaban de terminar de estudiar.

Por la noche exploramos la calle de los cocteles; una calle pequeña abarrotada de puestos de cocteles (quién lo diría), con la música a todo volumen y las copas a 2,50. Nada mal. Nos sentamos en uno de los puestos mientras escuchábamos Despacito y El Amante en bucle saboreando nuestro mojito y daiquiri.

Explorando la comunidad de Dos Mangas

Al día siguiente mientras desayunábamos, se nos ocurrió ver qué más había en Montañita aparte de la playa. San Google y San TripAdvisor nos ayudaron a encontrar una ruta a una comunidad; Dos Mangas, una excursión por una selva hasta unas cascadas o unas piscinas naturales. Preguntamos en un par de agencias que no bajaban de los 35$ por persona… Nos parecía demasiado… Nuestro consejo: Id por libre, coged un taxi o una camioneta por 4-5$ y una vez allí, podéis elegir si vais con guía o no (20$), la entrada al parque son 2$. Pensaréis que mejor sin guía y eso que os ahorráis, pero no. Decidimos contratar guía por si acaso y fue una buena decisión. Nunca hubiésemos llegado a las cascadas sin él. Hubiésemos hecho otro recorrido y a saber si no nos hubiésemos perdido…

Ya os digo yo que sí.

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Con la entrada al parque, incluyen unas botas de agua porque parte de la excursión es por el río. Por dentro. Por el agua. El caso es que no les quedaban de nuestra talla y no pensamos que fuese a ser tan necesario, nuestras botas de acero pueden con todo y además; Goretex. Pues resulta que no son impermeables si metes el pie hasta la rodilla… ja, ja.

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Después de mucho caminar, llegamos a la cascada. Nos fijamos en que había una cuerda con nudos para escalarla, pero no somos Lara Croft ni Katniss Everdeen, nos contentamos con posar en la cascada. Nos remojamos hasta quedar como pasas, y comimos la piña que había cogido Bolivar. Estaba tan fresquita y dulce… Hicimos el camino de vuelta ensimismados en nuestros pensamientos, le dimos las gracias a Bolívar y volvimos a Montañita en una furgoneta (otros 4$).

Si estáis en Montañita y no sois de pasar todo el día al sol en la playa, es totalmente recomendable. Bueno y si lo sois también que es muy divertido.Y merece la pena el guía, de verdad. Sale mejor si el grupo es más grande porque van a seguir siendo 20$, pero aunque solo fuésemos dos, estoy contenta de haber ido con un guía nativo.

No han sido nuestros destinos favoritos, pero creo que en parte ha sido nuestra actitud al respecto. Son sitios chulos si tienes en mente hacer eso. Ayampe es un sitio de descanso y yo creo que si hubiese ido con la intención de aprender yoga y técnicas de meditación, lo hubiese disfrutado. Montañita igual, pero si hubiese ido con otra actitud. También el hecho que no me sentía del todo segura saliendo Ana y yo solas de fiesta después de lo que ocurrió con las chicas argentinas. Aun así, no tiene nada que ver con Ayampe excepto en que para los dos sitios tienes que tener pensado lo que vas a hacer.

El vídeo lo podéis ver justo aquí:

Seguiremos contando nuestras aventuras, que todavía nos quedan muchas…