Viajes

De Leticia a Iquitos; tres días en barco por el Amazonas

Tal cual. Y no un barco cualquiera, si no un barco carguero, para darle más romanticismo al asunto. Mientras viajaba por Colombia decidí cambiar mi ruta e ir a Perú en lugar de a Panamá. Buscando y buscando la manera de llegar a Perú desde Colombia econtré varias opciones:

  1. Volando. Hay vuelos a Lima desde casi toda Colombia, pero pueden ser algo caros. Creo que desde Leticia a Iquitos no es mucho, pero aun así se salía del presupuesto.
  2. En autobús desde Cali o Popayán recorriendo todo Ecuador. No se precio pero tarda unas 40 horas creo. La empresa es Cruz del Sur.
  3. En barco carguero.

Opté por la última. Compré un vuelo de Bogotá a Leticia, que en el mapa está en la esquinita de Colombia lindando con las ciudades de Tabatinga (Brasil) y Santa Rosa (Perú). Estuve dos noches, asegurandome que tenía todo lo que necesitaba para el barco. Hay tres tipos de barco; el lento carguero, que se demora unos 3 días, uno rápido y otro noruego aún más rápido. Apenas hay información en los barcos, o eso me pareció a mi. El rápido tarda unas 15 horas, y hay dos tipos pero no se nada sobre precios.

El primer día decidí ir a Santa Rosa a preguntar. Desde el malecón de Leticia te llevan en balsa por 3.000 pesos (1€). Al llegar, le pregunté al chico que me llevó que dónde podía preguntar.

-No hay nada que preguntar- Me contestó.

-¿Cómo?

-Sí, solo te presentas en el barco y esperas a que salga.

-Ah… O sea que he venido para nada…

-Bueno, te acerco a ver si ahora hay un barco, igual ahí te dicen algo.

Pusimos rumbo al nuevo destino. Una vez allí me dijeron que el barco costaba unos 60-80 soles (15-21€) y que saldría el sábado a las 11 de la mañana. Listo. Suficiente.

Antes de embarcar, recordad que os tienen que sellar el pasaporte, tanto de salida en Leticia (hay una oficina de inmigración en el malecón y otra en el aeropuerto), y también en Santa Rosa para entrar en Perú. Os darán una tarjetita que hay que guardar hasta salir del país porque la piden mucho en los controles. No olvidéis cambiar algo a soles para tener a mano, pero si no cambiáis en Leticia, en Iquitos hay casas de cambios y gente que te cambia en la calle (no se como de legal es eso…).

También necesitáis una hamaca si no queréis dormir en el suelo, y creedme que no queréis. Yo me arrepentí de no comprarme una en la costa porque eran más bonitas y más baratas. En Leticia venden unas muy feas por unos 5€, pero yo quería traermela a España, así que compré una azul turquesa muy bonita que me costó unos 10. Las cuerdas para la hamaca, podéis comprarlas (1€ aprox) o si no en el barco, os daran unas tiras como de los chalecos salvavidas que hacen el trabajo igualmente. Llevad también el agua que creáis necesitar.

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La fabulosa embarcación

El sábado madrugué, fui a Santa Rosa, sellaron mi pasaporte y a las 9 de la mañana llegué al barco. Señalaron a un señor para que hablase con él, asumí que era el capitán. Éste me contó que este barco no iba a Iquitos, que el mio llegaría en un par de horas que venía de Islandia.

One moment.

Cómo que Islandia.

Pero si hace frío, y van en hamacas y ¿en qué parte del mapa desemboca el Amazonas? Y joder, ¿cómo es que a Iquitos tardamos tres malditos días y a Islandia se demora dos horas?

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Yo intentando averiguar cómo iba a llegar el barco desde Islandia

Muy confusa, le expresé mis dudas al capitán, quien no parecía entenderme muy bien y me despachó diciendo que subiese a esperar a mi barco. Al poco apareció otro hombre de la tripulación a darme conversación. Le pregunté cómo es que llegaban de Islandia si eso estaba en Europa. Lo encontró tremendamente gracioso. Al parecer, es una ciudad en las orillas del Amazonas, que jsuto comparte nombre con la isla nórdica. Pues nada, ahí me quedé como una pazguata.

A todo esto ya eran más de las 11 y ahí no llegaba nada. Una hora más tarde aparecía otro ferry. Era más grande que en el que estaba, con un piso más y parecía mejor cuidado. Despidiendome del capitán que intentaba convencerme para que me quedase en su barco, subí al otro. Un chico me ayudó con la mochila y me colgó también la hamaca en la planta de arriba y fui a explorar. La planta baja del barco parecía para carga, (y de hecho más adelante, metieron vacas, cerdos y montones de gallinas) la primera y segunda estaban cerradas por paredes con ventanas, y al final de estas estaban la cocina, el bar y los baños (unos retretes con una pinta horrible y una tubería en el techo hacía las veces de ducha). La tercera parecía la más tranquila. No estaba cerrada, pero tenía unas lonas que se podían bajar si hacía frío o llovía.

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Volví a mi hamaca y conversé con el hombre que estaba a mi lado. Eran ya las 12 del mediodía y salíamos a las 11, así que extrañada le pregunté si sabía lo que pasaba. Segundo momento del día en el que hago alarde de ser una topa de remate.

-¡Pero si salimos a las 7:30 de la tarde mujer!

-¿Cómo? No, pero a mi me dijeron…

-Hago este camino muchas veces mi amor, y este barco no sale hasta las 7:30 de la tarde.

Pues nada. Como no quedaba otra, me eché una siesta maldiciendome. Unas horas más tarde, apareció en la planta una chica rubia, hablamos un rato y decidió mudarse arriba también. Luise, de Alemania. No sabéis la ilusión que me hizo conocer a otra viajera que también iba sola. No solo hizo que me sintiese mucho más segura, si no que nos entretuvimos la una a la otra durante el viaje. Éramos las únicas turistas de todo el barco, el resto todos peruanos

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Puesta de sol en el Amazonas antes de zarpar

Salimos puntuales a las 7:30 de la tarde, cuando ya era de noche. Nos dieron de cenar una taza de avena (más bien de agua con cuatro hojuelas y mucho azúcar), y nos quedamos sin pan porque ya no quedaba. A eso de la 1 de la mañana vinieron dos de la tripulación a tocar un poco los huevetes, con la linterna enchufandola en nuestras caras diciendo “buenos días, hay que pagar mi amor”. No entiendo por qué habiendo tenido toda la tarde, lo hacen por la noche cuando ya está todo el mundo en el séptimo sueño. En fin, son 70 soles, que son unos 20€ aproximados.

El desayuno nos lo llevaron a la hamaca a las 7:30. Otra taza de avena con azúcar y agua y un trozo de pan blanco. Previendo esto, las dos nos habíamos provisto de frutas y algunas verduras, por lo que pudimos comer relativamente sano a pesar de las circunstancias. El almuerzo consistió en arroz con leguumbres y un trozo de pollo que ahí se quedó. La cena fue una sopa de gallina. En ese momento me sentí muy orgullosa de mi yo del pasado porque se me ocurrió cocinar unas lentejas y llevarlas en el tupper por si la comida tenía mucha carne. Me salvaron la cena 🙂

Los días eran largos, no había nada que hacer. Leíamos, dormitábamos y escribíamos principalmente. Aprendí a hacer algunas pulseras con macramé que me enseñó Luise y hablamos con los locales, que nos contaban cosas de Iquitos, de donde parecían ser todos. Para entonces las primeras plantas estaban abarrotadas de gente, casi hacinadas, y no corría el aire. Arriba en cambio, cada vez éramos menos. También decidimos prescindir de las duchas, e ir al baño lo menos posible porque estaban realmente sucios, y el fin de la ducha es acabar más limpio…

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La planta de arriba. La hamaca turquesa detrás del señor es la mía

Una cosa que nos impactó mucho fue que la gente tiraba la basura al río. No hay ninguna conciencia sobre lo que el plástico causa en el medio ambiente, y no creo que sean conscientes de lo que el Amazonas y sus selvas significan para el planeta. Veías a mucha gente tirar la basura, y mucha otra la dejaba en el suelo, por lo que se acababa volando igualmente. Luise y yo recogíamos bastante y la metíamos en los cubos, pero no se si esos cubos también van o no al río… En una ocasión incluso le dije a un chico “perdona, se te ha caído esto… a ver si va a acabar en el río”. Se levantó, lo tiró a la papelera y volvió a tumbarse. Así de fácil.

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Llegamos a Iquitos sobre las 5 de la tarde. Según atracamos, y antes de desembarcar, ya teníamos a varias personas dentro diciendo “venga amiga, yo les llevo a un hostal bueno, les llevo por solo 2 soles”, es un poco agobiante, pero bueno, una se acostumbra. Dandole largas, bajamos, y nos encontramos con un auténtico caos de basura, otras embarcaciones, perros vagabundos, olores muy fuertes, moto taxis y un montón de personas hablandonos a la vez. Abrumada, escuché a Luise hablar con un chico que decía que nos llevaba por 7 soles. Entonces vislumbré al que había entrado al barco y le hice una seña. Él nos iba a llevar por 2, así que… No os dejéis engañar, os dirán que la ciudad está lejos y otras excusas, pero no paguéis más de 2 o 3 soles.

Iquitos es una de las ciudades más grandes que no está conectada por tierra con otras. Solo con un pueblo, creo, que se llama Nauta, desde donde salen los barcos rápidos a Yurimaguas (de rápidos no tienen nada, pero esa es otra historia). En la ciudad está el mercado de Belén, es un barrio bastante malo, pero durante el día no hay peligro. Dentro hay distintas zonas. Hay una que está como flotando y es la más bonita a la vez que la más desagradable. Venden todo tipo de animales (o partes de éstos) legales e ilegales de la jungla. Yo solo me quedé en la parte de las frutas y verduras, porque no quería verlo. Pero bueno, lo mejor es que preguntéis en vuestros alojamientos qué hacer, porque aunque a primera vista parece que no hay mucho, se le puede sacar mucho partido a esta ciudad que tanto caucho dio.

Aunque esta no sea la manera de disfrutar de la selva, desde luego ha sido toda una experiencia. No solo por el hecho de recorrer parte del Amazonas en un barco carguero durante unos días, durmiendo en una hamaca y sin ducharse, si no por ver como se mueve la gente local, y poder hablar un poco con ellos. Además, los paisajes son una auténtica pasada e igual tenéis suerte y véis los delfines rosas… Creo que merece la pena hacerlo una vez si os encontráis en la zona. Hay mucho tráfico de barcos entre Perú, Colombia y Brasil, así que depende de dónde os encontréis.

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Espero que esto sea de ayuda 🙂

¡Hasta la próxima!

Está bien sentirte mal

Acababa de llegar a Bogotá, al terminal de autobuses tras más de 8 horas de viaje. Tenía un camino bastante largo hasta llegar a la casa de mi tío, con quien me estoy quedando un par de días. En la oficina de turismo pregunté como llegar, ya que estaba sin datos y no podía usar Google Maps. Me dio tres alternativas; coger un taxi o Uber, usar el Transmilenio o un (o varios) autobús urbano normal. Pues llamadme idiota, pero me decanté por el bus urbano, ya que los taxi son caros y no quería comprar otra tarjeta para el Transmilenio.

Salí del terminal, y me quedé parada porque aunque me acabasen de explicar el camino, me di cuenta que en realidad no me había enterado. Pregunté a dos personas que no me supieron indicar. A la tercera fue la vencida, pero yo ya me encontraba intranquila. Al llegar a la parada, pregunté si esa era la correcta y me respondieron con un “lo siento, no soy de aquí”. En seguida vi uno de los autobuses que podía tomar; resultó que también se necesitaba la tarjeta. Le rogué al conductor en vano, y luego a los otros pasajeros que me pasasen con sus tarjetas y les daba el dinero en efectivo. Nada.

Las lágrimas ya se agolpaban por salir, pero me dije “no seas idiota, cojes el próximo”. Apareció uno que me dejaba en un punto en el que tenía que cambiar, pero no quería esperar más y me subí. Al cabo de un rato, pregunté al chico sentado a mi lado si estábamos cerca del centro comercial en el que tenía que bajar.

-No lo sé, no me muevo mucho en bus.

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En ese punto mi cara ardía con lágrimas contenidas. Intentando aguantarme para no romper a llorar en ese pequeño autobús y sientiéndome más sola que nunca. Entonces una mano me dio un toque en el hombro. El hombre de detrás me preguntó dónde me tenía que bajar. Se lo dije y me explicó exactamente dónde y como cambiar de autobús. Me las apañé para coger el bueno y en la buena dirección, sin embargo, me pasé de parada. Bajé corriendo confusa y ahí exploté. Me senté en un banco y dejé que todo saliese. Lloré y lloré como una magdalena. No podía parar.

Me di cuenta de que echaba muchas cosas de menos; principalmente mi hogar, con todo lo que tiene dentro, el conocer bien una ciudad, o el  no sentirme insegura sola por la noche. Estaba estresada y cansada. De viajar, de llevar toda mi vida en una mochila de 44 litros, de moverme continuamente, de no tener las cosas que hacen que me sienta bien y segura…  En fin, colapsé, en mitad de una calle de Bogotá a las 8 de la noche y no sabía qué hacer. Tras cuatro meses y medio de viaje, me dio el bajón de la nostalgia. Siempre que he salido de viaje, me ha pasado en algún momento. Claro que nunca había viajado tanto tiempo, y si he pasado más tiempo fuera de casa estaba con una familia de acogida o con amigos y compañeros de piso con los que podía contar. Sin embargo, ahora estaba sola, y me sentía sola.

A esto se añadió el hecho de sentirme terriblemente egoísta por estar en esa situación cuando estoy haciendo algo que tanta gente se muere por hacer. Viajar durante meses, sin billete de vuelta, viviendo experiencias que en casa no podría ni pensar, conociendo gente interesantísima, y aun así, ahí estaba yo; moqueando y sientiendome miserable.

Me quedé un rato ahí sentada hasta que me calmé. Recordé entonces un artículo que leí hace tiempo sobre el tema. Es completamente normal sentirse así; por mucho que estés haciendo algo con lo que llevas soñando años, estás lejos de tu hogar y es posible que el viaje se vuelva un poco monótono. A veces se hace duro no tener una habitación para ti, o la falta de intimidad, los viajes en autobús son largos y tediosos, y te hacen pensar en cosas que igual no te apetece pensar.

Viajar sola es una montaña rusa; hay veces que te encantaría tener a tu pareja o amigos porque sabes que las risas están aseguradas y la morriña se hace hueco en el corazón cuando ves a la gente con los suyos, sin embargo es realmente empoderador el estar sola y tener la libertad de ser tú quien toma todas las decisiones sin recaer en nadie, no dependes de nadie. Y eso es lo que hizo que me recompusiese. Estoy aquí porque quiero, y soy consiente de lo privilegiada que soy por poder hacerlo y quizás también por tener este ansia por viajar y ser curiosa.

Puedo volver a casa cuando quiera… Pero no estoy lista aun. Me queda mucho camino por recorrer, y siempre voy a tener un hogar al que volver, lo cual es enormemente reconfortante. Puedo seguir unos meses más durmiendo en casas ajenas, hamacas y lo que surja. Es parte de la magia de viajar.

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¡Hasta la próxima!

Una semana en el Caribe; San Andrés

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Si os digo la verdad, nunca había oído hablar sobre la isla de San Andrés hasta que mis amigas Leanne y Sophie me propusieron el plan cuando aun estábamos en Santa Marianita, Ecuador. Apenas unos días antes de que ellas dejasen en Donkey Den me preguntaron si quería reservar los vuelos que desde Bogotá estaban muy baratos (60€ ida y vuelta). Busqué en Google, me gustó lo que vi y compramos los billetes para un mes y medio más tarde.

El 24 de marzo estábamos las tres en Bogotá, impacientes por llegar y con una emoción tan palpante que no podíamos aguantarnos. Llegar a la isla es fácil y  no demasiado caro, pero como extranjeros hay que pagar un impuesto antes de entrar de 99 mil pesos, es decir, unos 33€, que ya está bien. Creo que es más barato volar desde Cartagena pero bueno, eso ya depende de lo que le convenga a cada uno.

Nos alojamos en el Blue Almond Hostel, que aunque los dueños no nos cayesen muy bien, creo que es una de las opciones más asequibles a unos 15€ la noche. Hasta la fecha, ha sido el alojamiento más caro desde que dejé Madrid.

La isla mide apenas unos 30kms, por lo que es fácil recorrerla. Se pueden alquilar bicis, motos o carritos de golf, pero tened cuidado con esto último, porque hay tanto los caddys normales, que van a cero por hora, o unos Kawasaki que van a más velocidad y en general, son más cómodos. Alquilar una bici son 25.000 pesos al día (8€), una moto 60.000 (20€) y el Kawasaki unos 180.000 (60€).

Muy bien, basta ya de datos útiles y vamos a lo divertido; cómo ha sido pasar una semana en el Caribe. Pues duh, increíble. Nunca había estado, y tampoco había visto tantos azules distintos en el mar, ni esos tonos, ni la arena blanca que no se por qué no quema, ni nada parecido. Lo primero que notamos fue el calor. Llamadme idiota pero me esperaba un calor agradable, no un horno achicharrador, pero una está en el Caribe y se aguanta. El último día ni podíamos estar al sol, ni caminar, porque dolía demasiado.

A pesar del pequeño tamaño de la isla, es imposible aburrirse, y si os aburrís, cogéis un barco o avión a Providencia, la isla de al lado, y todo arreglado (el barco o avión desde San Andrés a Providencia son unos 300.000 o 500.000 pesos). Todos en la isla hablan inglés, y de hecho es el idioma principal, pero no os agobiéis si no se os da bien porque también hablan español 🙂

Rocky Cay: Uno de los cayos de la isla, se puede ir en autobús desde el centro por 2000 pesos, o si no, al dar la vuelta a la isla en caddy o moto o lo que sea se puede acceder fácil y no tiene ningún costo de entrada. Agua cristalina que no cubre más de la cintura te guía hasta el cayo, al que se puede caminar perfectamente. Se puede pasar el día, ya que hay palmeras que dan sombra y restaurantes cerca no muy caros, pero la verdad, yo recomiendo o llevar la comida hecha del alojamiento, o comer fruta y aperitivos y hacer una cena relativamente pronto cocinando.

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En Rocky Cay

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El camino de agua azul a Rocky Cay

Hoyo Soplador: Una grieta en una roca gigante desde la cual la gente salta al mar (a mi me pareció algo peligroso ya que es muy estrecha, pero no sé… la gente parecía hacerlo con confianza). Se puede entrar al agua sin tener que saltar y luego bucear por la roca.

West View: La entrada creo que son 4000 pesos, y es un espacio para bucear que también han puesto un tobogán y un trampolín. En realidad, la mejor manera de hacerlo es andar un poco más y meterse por uno de los caminos donde hay menos gente, y si te ves con fuerza, nadar hasta el tobogán y montarte gratis 🙂

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Estresadas  en West View

La Piscinita: Otros 4000 pesos. Es un espacio en el que han puesto un restaurante (muy caro) y uno de los mejores sitios para hacer snorkel de la isla. Con la entrada te dan una bolsita para dar de comer a los peces, por lo que te rodean completamente y no tienen ningún miedo. La mejor opción sin embargo, ya que suele haber bastante gente, es salirse de “la piscinita” nadando y llegar a los corales de al lado, donde puedes ver a los peces a su bola ¡Si tenéis suerte, igual veis una raya! Nosotras vimos varias.

Playa de San Luis: Otra de las increíbles playas de la isla. Esta es muy larga por lo que puedes ir a zonas más o menos concurridas. Hay una zona, enfrente del hotel Decameron, donde hay un charco de agua transparente, y que si te sientas, en seguida vienen un montón de pececillos a nadar a tu alrededor Kella’s Bar; un bar muy fiel a la cultura reggae de la isla.

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Playa de San Luis

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Una piña colada en Kella’s Bar

Playa del centro: Tiene un nombre, pero no lo recuerdo… no tiene mucha perdida, es la playa del centro de San Andrés. Es grande y muy bonita, pero no es tan natural como lo es Rocky Cay que está rodeada por palmeras, en lugar de edificios. Si camináis un poco más por el malecón o la playa, llegáis a las letras de I LOVE SAN ANDRÉS. La playa ahí est más tranquila y hay mucha menos gente que en el centro.

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Acuario y Johnny Cay: El principal tour de la isla. No recuerdo cuanto es, pero sí recuerdo que no mereció la pena. Te llevan en lancha al acuario, que no es un acuario como los que conocemos, si no que es una isleta rodeada de agua completamente cristalina en la que se pueden ver muchas especies de peces. No se como será normalmente, pero cuando fuimos estaba llena de gente. Además había dos chicos con una raya al sol para que la gente se hiciese fotos con ella y a mi se me estaba partiendo el alma…

Johnny Cay es otro cayo. Una isla llena de palmeras, bares, iguanas y sitios para comer donde vas a pagar como poco 10€ por un plato (mejor traed la comida de casa o esperad a comer a la vuelta). También hay mucha gente, pero al ser más grande, la gente está más dispersa. Eso sí, el sol pega muy, my fuerte. Nosotras, a pesar de usar protector solar nos quemamos bastante ahí, por lo que venid bien equipados.

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Primera iglesia baptista: Pues eso, la primera iglesia baptista de la isla, que está en lo alto y tiene una torreta desde la que se puede ver toda la isla. También te ponen un video contándote su historia. No está mal, pero no es nada increíble.

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En general, es una isla cara. Comer fuera cuesta lo mismo que en España prácticamente, así que aseguraos de tener una buena cocina en la que se pueda preparar cosas y poder ahorrar en eso. Dentro de la isla, además se puede hacer buceo y eso creo que no está mal de precio y lo mismo con el kitesurf. Y yo creo que merece la pena comprar vuestro propio tubo y máscara porque alquilarlo a diario sale caro y no hay día que no vais a querer tener uno a mano.

MUCHO PROTECTOR SOLAR Y ANTIMOSQUITOS. Ya está, no necesitáis nada más. Desde luego, si estáis en Colombia y tenéis una semana (o cinco días vaya), yo creo que merece la pena hacerse el viaje, porque aunque la costa de Colombia tiene parte en el Mar Caribe, no tiene nada que ver con estar en una isla en pleno caribe, que tiene tan viva la cultura creole y reagge. Eso sí, chicas, si ya es agobiante el que te silben o te digan cosas por la calle, en San Andrés son profesionales.

Espero que os haya gustado la entrada y que vayáis si podéis porque ver tantos tonos de azul en el mismo mar, no tiene precio.

¡Hasta la próxima!

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¡¡YA PODÉIS VER EL VÍDEO!!

¿Qué hacer en Bogotá?

Por fin, la primera entrada sobre Colombia, y no podía ser sobre otra cosa que no fuese Bogotá. Una ciudad vibrante en la que me he sentido muy cómoda y la primera en estar casi como en casa. Es la ciudad más grande de Colombia con unos 8 millones de habitantes y la tercera capital más alta de Sudamerica, a 2640 metros. Y sin embargo, a pesar de su abrumante tamaño, te recibe con los brazos abiertos. Es relativamente fácil moverse. El TransMilenio llega a bastantes zonas de la ciudad con la ayuda de la aplicación (TransmiSitp) que te dice como llegar a cualquier lado. Para los taxis, hay que bajarse una aplicación; Tappsi. Sobretodo para cogerlos por la noche.

La verdad, es que para ser tan grande, no tiene tanto turísticamente, y aun así, ha conseguido que me quede diez días enteros. Ha sido mi primer destino sola y Ana se había vuelto a España hacía unos días. Así comenzaba la segunda parte de la aventura. Volé desde Quito con Viva Colombia, la aerolínea low cost de Colombia, y no lo recomiendo (o sea sí, si os queréis ahorrar las mil horas en bus, pero yo pagué demasiado y tuve algún que otro problema con la compañía), y en menos de hora y media aterricé en el aeropuerto de El Dorado.

Me alojé en el barrio de La Macarena, en casa de una antigua amiga del colegio. La mayoría de los viajeros se hospedan en La Candelaría, el barrio más central y más hippie, pero La Macarena está a solo 20 minutos andando, está lleno de bares, restaurantes y cafeterías hipsters y es algo más seguro por la noche.

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El Museo Nacional y el Parque Nacional están al lado y están muy bien para pasear. El Museo Nacional cuenta la historia de la ciudad, como los españoles la fundaron, el por qué de la localización y lo que significó para ellos la colonización. Un punto de vista muy distinta al que aprendemos en el colegio. El Museo del Oro es otro imprescindible. En él albergan piezas de distintas culturas indígenas antes de que llegaremos los europeos. Una de las piezas más importantes es la balsa muisca, que representa la ceremonia de la leyenda de El Dorado. Otro museo es la Colección de Arte del Banco de la República, tres museos en uno. Uno de ellos siendo el Museo Botero. Por cierto, los domingos los museos son gratis.

Pasear por la Carrera 7, la calle principal. Sobretodo en domingo, que la cierran para los coches y hay un mercado de pulgas muy grande. Al final de esta se encuentra la Plaza de Bolívar, una plaza gigante habitada por palomas, con la correspondiente estatua del héroe nacional. Y de ahí La Candelaría está a solo unos metros, id a probar la chicha, una bebida tradicionalmente indígena que estuvo prohibida durante muchos años. Entrad en cualquier restaurante y pedir el ajiacouna sopa típica hecha con tres o cuatro tipos distintos de papa (y a veces pollo). De postre, comprad en un puesto de la calle una oblea con arequipe; son como unas galletas grandes y finas con dulce de leche.

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Plaza de Bolívar

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Ajiaco sin pollo

Para tener una vista privilegiada de la ciudad, el Cerro de Monserrate no puede faltar. Los domingos todo el mundo sube para la misa por lo que es más entretenido la cansada subida. Hay gente vendiendo y mucho movimiento. Sin embargo, entre semana es mejor coger el teleférico, porque no es muy seguro subir cuando no hay gente. También aseguraos que haga buen tiempo, el día que yo subí estaba todo nublado y no se veía nada…

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Vistas desde el Cerro… todo nublado

Fuera de la ciudad hay dos cosas principales: Zipaquirá y Guatavita. Zipaquirá es una catedral de sal, a la que no fui por falta de tiempo. Guatavita es la laguna donde sucedió la leyenda de El Dorado. A la que sí fui y me pareció muy caro para lo que es. Porque hay que pagar el autobús hasta el pueblo Guatavita que son 9.000 pesos (más otros 9.000 de vuelta), 11.000 del autobús del pueblo a la laguna (esto sí es ida y vuelta), y 17.000 para extranjeros para entrar en el parque.

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Con Sophie y Leanne en la laguna de Guatavita

En total yo estuve unos nueve días, y me faltó la catedral de sal, pero la verdad si era tan cara como la laguna prefiero no haberlo hecho, pero aquí depende del presupuesto de cada uno. Aun así, Bogota es una ciudad moderna y joven llena de vida y buen ambiente. Una cosa es segura, no os vais a aburrir.

¡Hasta la próxima!

Cuenca, Ecuador.

Por fin, por fin, por fin, por fin dejábamos la playa. Sí, ya se lo que estáis pensando, pero después de un mes, no podíamos aguantar más el calor sofocante de la costa, y aun menos a los mosquitos. El siguiente destino; Cuenca. Al principio nos sonaba rarísimo hablar de Cuenca y que no fuese España, pero a estas alturas ya ningún nombre nos asombra.

Llegamos bien entrada la noche, pero no era muy importante porque nuestro anfitrión de Couchsurfing salía del trabajo a las 11. Tuvimos que hacer transbordo en Guayaquil, y nos pasamos a visitar a Kevin un ratito. Pero eso significó que se nos hizo de noche, y la carretera se las traía…  Al parecer íbamos cruzando las montañas del Parque Nacional de Cajas y era noche cerrada… Fantástico.

Cuenca ha sido hands down, nuestra parada favorita. Entonces no lo sabíamos pero todo lo que tiene esta ciudad que ofrecer es pura magia. El primer día salimos a explorar con Felipe, mientras nos hablaba del pasado colonial. Paseamos por la Catedral Nueva, y la de San Blas, que era la iglesia que señalaba el fin de la ciudad, bajamos al río y deambulamos portada rincón. Conocimos a los amigos de Felipe y por la noche subimos al Turi, un mirador desde el que se ve toda la ciudad.

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Jonnathan y Ana en la Catedral

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Desde el Turi

Por la noche, fuimos a tomar, como dicen aquí en lugar de beber. Había que aprovechar porque el fin de semana había ley seca por las elecciones. Al parecer, mucha gente votaba borracha por lo que ahora el fin de semana de elecciones está prohibido beber y comprar alcohol. SI ERES MI MADRE DEJA DE LEER A PARTIR DE AQUÍ. NO HAY NADA QUE VER. Probamos un brebaje terrible, Ferrari, lo llaman. El horror. El nombre viene a que en seguida te pillas una buena coroza. Te lo sirven en una copa como de daiquiri y lo llenan de no se qué alcoholes, también en otros dos vasos de chupito largo, ponen otros dos licores. Lo flamean, metes la pajita (o el sorbete) y te lo bebes de una tirada mientras la camarera lo va rellenando con los vasos de chupito. Os lo podéis imaginar.

Parque Nacional de Cajas

Nos levantamos con chuchaqui (resaca), pero como buenas turistas que somos, apechugamos y pusimos rumbo al Parque Nacional de Cajas, y dejadme que os diga que mereció la pena. Sin embargo, en ese momento, nos dábamos cuenta de que, efectivamente, la temperatura de la costa no se veía por ninguna parte, y con solo unos leggings, pero todas las capas posibles puestas nos arrepentimos de no haber planeado mejor para las temperaturas frías.

Debido al tiempo (niebla y lluvia), no nos dejaron hacer mucho más que rodear la Laguna Toreadora, pero aunque solo se pueda hacer eso, parece otro mundo. Allí, además, probamos el logro de papa; una especie de puré con papas, queso, aguacate y no se que más pero que nos calentó hasta el alma y estaba realmente delicioso.

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Locro de papa

Pero lo mejor de todo, fue al salir de la cafetería… ¡¡estábamos rodeadas de llamas!! O alpacas… no controlo mucho la diferencia entre ellas, pero qué más da. La emoción era palpable.

 

Ruinas de Ingapirca

Creo que alguien me dijo, o leí en algún blog que si no ibas a Machu Pichu en Perú, una buena y más barata alternativa para ver antiguas ruinas era Ingapirca en Ecuador. Bueno, desde aquí os digo que no.

Fuimos en domingo, el domingo de las elecciones, por lo que no había autobuses directos desde Cuenca (si vas directamente se tarda unas dos horas). Por lo que fuimos a Cañar, y allí cogimos otro que nos dejó en el pueblo y anduvimos hasta las ruinas. En total tardamos más de 3 horas. Y tienes que ir con guía, pero no se paga aparte, creo que la entrada son unos 2$. Y la verdad, es imposible perderse porque hay un sendero, y todo viene explicado en tablas de madera pero oh well.

 

Ingapirca en kichwa significa puerta del inca. Convivían dos comunidades; la cañarí y la inca, adoraban al sol y celebraban las cosechas. Y bueno, es muy interesante, pero es bastante pequeño y no necesitas una caminata de 5 días para llegar, y tampoco te quita el aliento como me imagino que debe ser estar en Machu Pichu.

 

En Cuenca, aprovechamos para relajarnos, beber mucho café y chocolate y disfrutar de la compañía de Felipe y sus amigos. Nos vino bien estar unos días asentadas en un sitio tan bonito…Así se acababa nuestro tiempo en Cuenca, una ciudad absolutamente preciosa, con una clara huella española. Si estáis en Ecuador no os lo podéis perder.

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Podéis ver como fue aquí:

Seguiremos informando!

 

 

Ayampe y Montañita ¿surf y meditación?

Las despedidas son duras, nos fue difícil decir adiós al Donkey Den, pero teníamos que ponernos en marcha si no queríamos llegar de noche al siguiente destino y sin tener ni idea de qué hacer. Íbamos en dirección Montañita, pero nos habían hablado muy bien de Ayampe, que estaba un poco antes, por lo que decidimos pasar allí una noche. Y adivinad qué; se nos hizo tarde y llegamos de noche sin tener ni idea de nada.

Ayampe; el retiro del yoga y la meditación

Nos bajamos del autobús en mitad de la carretera. Eran cerca de las 8 de la tarde pero ya era noche cerrada. Lo único que había era una tiendita y un cartel de madera que decía “Bienvenidos a Ayample, retiro de descanso”, y un camino de tierra sin una sola farola. Nos miramos como diciendo “¿y ahora qué?”, pues nada, cogimos las mochilas y echamos a andar. Al poco nos dimos cuenta que teníamos tres chicos detrás que parecían extranjeros y de nuestra edad. Aliviadas, les preguntamos sobre algún albergue y nos dieron alguna indicación.

Recorrimos Ayampe en cuestión de media hora, preguntando en distintos sitios por habitaciones, algunos no tenían, otros se salían del presupuesto y otros no nos gustaron nada. Por fin, ya un poco desesperadas, nos fijamos que colgaba un cartel de una de las casas que había justo en la playa, parecía un hogar particular, pero el cartel no podía mentir: “HABITACIONES BRISA DEL MAR”. Entramos en lo que parecía ser un salón, y una señora salió a atendernos. No les quedaban habitaciones, pero le debimos de dar mucha pena porque nos dijo que tenía una que no estaba del todo lista, pero que tenía un WC, un colchón y una ducha. Entramos en el cuarto, Ana y yo compartimos una mirada cómplice en la que tuvimos toda una conversación.

-¿Qué te parece?

-Bueno… desde luego no es el Palace, pero no nos queda otra…

Mientras tanto, la señora trajo una bombilla y puso sábanas limpias en el colchón que aun tenía el plástico.

-Está bien, nos quedamos.

Le dejamos hacer y fuimos a buscar algo de cenar. Sorpresa, todo cerrado. Al final encontramos un sitio chiquitín y pedimos dos arenas de queso y aguacate. Al cabo de un rato dos chicos se acercaron preguntándonos si podían sentarse con nosotras. Claro, por qué no. Julian, californiano de familia española con un acento que nos dice que es de Burgos y nos lo creemos, y Rufi, un alemán que también hablaba muy bien español. Nos echamos unas risas y seguíamos alucinadas con el acento de Julian, nos invitaron a pasarnos por su albergue en una hora o así, pero nos quedamos dormidas… Somos unas fiesteras…

Por la mañana, buscamos el restaurante Finca Punta que tanto nos habían recomendado. Un camino entre la jungla, escaleras de madera y unas vistas espectaculares, todo acompañado por los 7$ que costaba el desayuno… Adiós y gracias.

Nos acordamos que habíamos comprado un pan de plátano el día anterior y fuimos a la playa a comérnoslo ahí. Luego preguntamos por las clases de yoga y surf, pero resultó que ya habían terminado y no había más hasta la mañana siguiente… No queríamos quedarnos otra noche ahí porque no había mucho más que hacer y ninguna nos queríamos pasar el día tumbadas en la playa. Decidimos dar un paseo por esta y seguir nuestro camino.

Montañita; cuna de la fiesta y del surf

Nos bajamos del autobús media hora más tarde y nos adentramos en las calles de Montañita. Sí, ese es su nombre real. Palabrita. En seguida la gente te acoge, hay muchísimo movimiento de gente, restaurantes, tiendas y bares. Todos quieren que entres a su local, que te tomes una copa o te compres un collar. Nada que ver con su vecino Ayampe. Encontramos un sitio con opciones ve ganas y nos sentamos a comer y a decidir nuestro plan. Lo primordial: encontrar alojamiento. Entramos en distintos sitios preguntando por las habitaciones hasta que al final nos quedamos en uno que nos cobraba 7$ y tenía un pequeño balcón que daba a la calle.

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El resto del día lo pasamos explorando este sitio tan particular y paseando por la playa. Montañita es famosa en todo Ecuador por dos cosas: la fiesta y el surf. En ese orden. A nosotras nos recordó al típico sitio de fiesta para jóvenes tipo Benidorm o Magalluf pero en tropical. Todo está pensado para el turista, y las calles las ocupan una variedad de personas que van desde musculados bronceados pasando por hippies, a chavales que acaban de terminar de estudiar.

Por la noche exploramos la calle de los cocteles; una calle pequeña abarrotada de puestos de cocteles (quién lo diría), con la música a todo volumen y las copas a 2,50. Nada mal. Nos sentamos en uno de los puestos mientras escuchábamos Despacito y El Amante en bucle saboreando nuestro mojito y daiquiri.

Explorando la comunidad de Dos Mangas

Al día siguiente mientras desayunábamos, se nos ocurrió ver qué más había en Montañita aparte de la playa. San Google y San TripAdvisor nos ayudaron a encontrar una ruta a una comunidad; Dos Mangas, una excursión por una selva hasta unas cascadas o unas piscinas naturales. Preguntamos en un par de agencias que no bajaban de los 35$ por persona… Nos parecía demasiado… Nuestro consejo: Id por libre, coged un taxi o una camioneta por 4-5$ y una vez allí, podéis elegir si vais con guía o no (20$), la entrada al parque son 2$. Pensaréis que mejor sin guía y eso que os ahorráis, pero no. Decidimos contratar guía por si acaso y fue una buena decisión. Nunca hubiésemos llegado a las cascadas sin él. Hubiésemos hecho otro recorrido y a saber si no nos hubiésemos perdido…

Ya os digo yo que sí.

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Con la entrada al parque, incluyen unas botas de agua porque parte de la excursión es por el río. Por dentro. Por el agua. El caso es que no les quedaban de nuestra talla y no pensamos que fuese a ser tan necesario, nuestras botas de acero pueden con todo y además; Goretex. Pues resulta que no son impermeables si metes el pie hasta la rodilla… ja, ja.

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Después de mucho caminar, llegamos a la cascada. Nos fijamos en que había una cuerda con nudos para escalarla, pero no somos Lara Croft ni Katniss Everdeen, nos contentamos con posar en la cascada. Nos remojamos hasta quedar como pasas, y comimos la piña que había cogido Bolivar. Estaba tan fresquita y dulce… Hicimos el camino de vuelta ensimismados en nuestros pensamientos, le dimos las gracias a Bolívar y volvimos a Montañita en una furgoneta (otros 4$).

Si estáis en Montañita y no sois de pasar todo el día al sol en la playa, es totalmente recomendable. Bueno y si lo sois también que es muy divertido.Y merece la pena el guía, de verdad. Sale mejor si el grupo es más grande porque van a seguir siendo 20$, pero aunque solo fuésemos dos, estoy contenta de haber ido con un guía nativo.

No han sido nuestros destinos favoritos, pero creo que en parte ha sido nuestra actitud al respecto. Son sitios chulos si tienes en mente hacer eso. Ayampe es un sitio de descanso y yo creo que si hubiese ido con la intención de aprender yoga y técnicas de meditación, lo hubiese disfrutado. Montañita igual, pero si hubiese ido con otra actitud. También el hecho que no me sentía del todo segura saliendo Ana y yo solas de fiesta después de lo que ocurrió con las chicas argentinas. Aun así, no tiene nada que ver con Ayampe excepto en que para los dos sitios tienes que tener pensado lo que vas a hacer.

El vídeo lo podéis ver justo aquí:

Seguiremos contando nuestras aventuras, que todavía nos quedan muchas…

Donkey Den ¿pero dónde estás?

Hoy oficialmente llevamos diez días en Ecuador, y una semana entera en el Donkey Den en Santa Marianita. Os cuento un poco como va; Santa Marianita es un sitio de playa en el que no hay mucho más que otros chiringuitos, algún que otro hotelillo y el pueblo, que está algo más lejos. Eso sí, estamos a pie de playa y se ve y se escucha el mar las 24 horas del día, eso es algo que es difícil mejorar. A primera vista es muy chulo, visualmente es muy atractivo; hay muchas plantas, colores pastel, pinturas de tortugas en la pared, luces, conchas colgando y muchas cosas más. El detalle visual se cuida al máximo.

El sitio es una guesthouse/hotel con servicio de desayuno. Nosotros tenemos el desayuno incluido y podemos elegir entre tortitas de plátano y moras, crepes con mermelada, tortilla de verduras, revuelto de huevos con patatas fritas, tostadas francesas, frutas, etc. La verdad es que los desayunos son famosos en la zona y viene mucha gente que no se hospeda aquí a probarlos. Los huéspedes son en general, expatriados jubilados de Estados Unidos que quieren relajarse. La dueña misma, es una expatriada también. Parte de lo que tenemos que hacer es hablar con ellos y hacerles la vida más fácil.

La dueña colabora con una protectora, y cuando esta llena traen aquí a los animalitos. Ahora mismo hay unos 20 gatos y cinco perras y son todos muy mimosos. Las habitaciones en lugar de números, tienen nombres de los animales que viven aquí. Nosotras dormimos en Fido, que es mi gato preferido (es muy mayor, le faltan dientes y los de delante los tiene demasiado largos así que su lengua siempre está fuera). Las habitaciones grandes, que son como suites, se llaman Bailey y Barney que son las dos perras mayores.

Cuando llegamos éramos 11 voluntarios, ahora somos 8, y el trabajo se divide de la siguiente forma: hay tres turnos; el de por la mañana (7-12), el del mediodía (12-5) y el de la noche (5-10). Por la mañana nos encargamos de los desayunos principalmente. Viene Mayra, y ella lo cocina todo. De los dos voluntarios, uno se queda en la cocina ayudando a Mayra y fregando platos, y el otro atiende a los clientes y vigila que haya siempre café. Hay que pasear a las perras y dejarlo todo limpio. El siguiente turno se encarga de limpiar lo que no ha dado tiempo antes de las 12, dar de comer a los gatos, limpiar alguna habitación si lo han pedido los huéspedes o dejar alguna habitación preparada si vienen nuevos huéspedes. Por la noche, generalmente hay que hacer la cena, cada noche le toca a alguien distinto. Se vuelven a pasear las perras, se las desparasita, se deja todo limpio y se hace inventario. A mi me toco hacer la cena el lunes y opté por lo más español que se me ocurrió; un gazpacho bien frío y tortilla de patatas, por supuesto. Ana en cambio se aventuró con unos hojaldres.

El trabajo es fácil y a no ser que te toque sábado o domingo en el de la mañana, es libre de estrés. Los findes viene más gente y es un poco agobiante porque la cocina funciona todo lo rápido que puede, pero en seguida se acumulan las cosas. Por suerte, los clientes son conscientes de la situación y no suelen tener prisa para comer.

Ahora mismo, además de Ana y yo, estamos Marlyn, Alejandra y Óscar (Colombia), Leanne y Sophie, Allison y Stephen (Reino Unido) y Kara (EEUU). Hay muy buen ambiente entre todos, lo cual se agradece, sobretodo porque no hay mucho que hacer por aquí… Los juegos de cartas dan para mucho. Durante el día normalmente hace muchísimo calor y no se puede estar bajo el sol sin morir lentamente, y el mar es bravo y con fuertes corrientes, así que tenemos que resistir la tentación del precioso azul porque es peligroso. Al lado hay un hotel con piscina que si no hay demasiada gente se está bien.

Si queremos ir a Manta (la ciudad más grande de la zona) a hacer la compra, tenemos que subir a la carretera y ahí esperar a unas furgonetas blancas. Hay que subirse a la parte de atrás, y ahí se apiñan las personas que quepan. En 20 minutos y 1$ se llega al mercado central de Manta. La vuelta es igual, salen del mercado central y paran en el cruce con la playa, aunque si no hay mucha gente, puede que vayan hasta el Donkey Den.

Cada cinco días de trabajo, se tienen dos libres. Ana y yo los tuvimos el jueves y viernes y decidimos salir para ver otros sitios que nos habían recomendado, pero para eso tendréis que esperar un poco. Un pequeño adelanto: incluye peces de colores.

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Playa de Santa Marianita (Foto: Ana Delgado)

Aquí podéis haceros una idea de lo que hacemos:

¡Hasta la próxima!

 

 

 

 

 

48 horas en Guayaquil; primeras impresiones

Me gusta escribir en general, y me gusta escribir en el blog, pero cuando estás a pie de playa, con la suave brisa marina, bajo una techada de madera y paja, rodeada de gatos y perretes que solo quieren mimos, es todo mucho más apetecible. Y así estoy ahora en Santa Marianita. Pero ya os hablaré de esto, de momento os voy a relatar como han sido los primeros días en Ecuador y las primeras impresiones. Aquí va una pequeña lista:

  1. En Guayaquil hace muchísimo calor, pero sobretodo humedad. Lo notamos nada más salir del aeropuerto; fue una auténtica bofetada en la cara. Tuvimos que volver a entrar para soportarlo mejor. El calor se te mete en el cuerpo, estás pegajoso todo el día y no hay manera de refrescarse.

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    Una calle de Guayaquil

  2. En general, los ecuatorianos son muy buena gente. Antes de llegar nos habían dicho de todo: no cojáis taxis en la calle, no os fiéis de nadie, no habléis con la gente, no tengáis cara de dudar por la calle porque os timan. Nada más lejos de la realidad. Es cierto que al tener tanta pinta de extranjeras es posible que los taxis te intenten sacar un par de dólares más, y en los mercados te agobian un poco con “¿a la orden?”, pero en general, la sensación que nos ha dado es amabilidad genuina.
  3. Los taxis no tienen parquímetros, hay que pactar el precio antes de entrar. A mi esto me daba algo de miedo porque mis habilidades de regatear son pésimas, pero no ha sido tan difícil. Ayuda mucho el saber con antelación cuanto te deberían cobrar por el trayecto, por lo que cuando coges el taxi le dices “¿para ir al Malecón cuanto cobra?” poe ejemplo, y él te dirá “5 dólares”, pero tú sabes que no tienen que ser más de 4, así que se lo dices, y entonces capitulan. Si no rebajan el precio, coges otro que sí lo haga.
  4. Si conoces a alguien de allí que os ayude, mucho mejor. A nosotras el tener a Kevin, un amigo de una amiga de Ana nos vino genial. Guayaquil es un auténtico caos, pero de alguna forma funciona, y Kevin nos ayudó a movernos, a saber qué ver y a pagar los taxis sin que nos timen.

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    Ana, Kevin y yo en el Parque de las Iguanas

  5. Se toman su tiempo, ármate de paciencia. En los restaurantes tardan en servirte, y no suelen poner los platos a la vez, si no que van de uno en uno (esta ha sido nuestra experiencia de momento, no generalizo). Si el autobús sale a las 12:50, saldrá por lo menos diez minutos más tarde si no más, porque a veces esperan a que se llene entero antes de salir. A los trayectos en autobús, añádele una o dos horas más. No hay prisa para nada. Ah, y ya mismo no significa ya mismo, si no entre la próxima media hora y el infinito (gracias Maria por esta información).
  6. El arroz es la base de todo. La mayoría de platos se sirven con arroz. El plátano también es uno de los ingredientes estrella. Cocinan de todo y hay tres tipos. El verde, el maduro y el guineo (este último es el que conocemos en España). Hacen desde chips a tortillas a dulces y más. Hay muchísimos platos de pescado, desde ceviche a estofados. No pienso probar ni uno (aunque si me da un poco de pena, pero mis principios son mis principios).

De momento eso es todo, que no es poco. Estos dos días en Guayaquil han sido cuanto menos, interesantes. Llegamos a las 6 de la mañana hora ecuatoriana y nos costó bastante habituarnos. Comimos a las 10 de la mañana y estábamos agotadas dos horas más tarde, pero conseguimos que la siesta solo durase una hora para poder dormir por la noche. Aun así nos dio tiempo a ver bastantes cosas; pasear por el Malecón, subir por Las Peñas, ir al Parque de las Iguanas, pasear por la Víctor, ver el Parque Forestal y mucho más.

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En la próxima entrada os contare cómo ha sido la primera semana en la guesthouse Donkey Den, el trabajo que hacemos y cómo es este pequeño paraíso. Aunque si me seguís en Instagram podéis ver mis stories que eso lo actualizo a diario.

De momento podéis ver el vídeo de como fueron estos dos días:

¡Hasta luego!

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Guayaquil de noche desde Las Peñas

 

 

Próxima parada…

Llevo intentando escribir esto desde hace por lo menos dos semanas y no he podido porque se me olvida. En otras entradas he mencionado que tenía una “gran aventura” planeada, bueno, muchos ya lo sabéis, pero para los que no; (redoble de tambores) me voy a Ecuador. Cuando terminé la carrera, las dudas aparecieron una detrás de otra. Acabé tan quemada de la carrera que no quería seguir estudiando, y no sabía nada más. Conseguí unas prácticas para el verano en la Agencia EFE, allí vi que tenían un master que estaba bastante bien y me volví a animar. Sin embargo al terminarse el contrato, me lo pensé mejor.

De repente fui consciente de algo; había terminado la carrera, tenía dinero ahorrado, no tenía nada a mi nombre y podía hacer lo que quisiese. No sabía lo que quería, pero sí lo que no. El vacío que tenía delante era tan aterrador como emocionante, pero tomé una decisión. Pospuse la idea del master y la dejé en algún lugar de mi cabeza que no molestase mucho. Volví a trabajar de profesora en las inmersiones lingüísticas hasta noviembre, lo cual me permitió ahorrar un poco más, pero sobretodo pude hablar con Ana (fiel amiga de la uni y Tiptoenianos) y decidimos irnos juntas.

Leímos cosas, lo hablamos y re-hablabamos, estábamos seguras. Un día en su casa, en su habitación mientras surfeábamos por Skyscanner, clickamos en “reservar”. Bam. Nos vamos a Ecuador, ya no hay vuelta atrás. Creamos un perfil en WorkAway, una plataforma que permite a gente acoger voluntarios para trabajar unas horas de trabajo a cambio de comida y alojamiento, y encontramos nuestro primer destino. No hemos planeado nada más, lo iremos viendo según nos de, sin prisa. Tampoco sabemos la vuelta, no tenemos billete de vuelta.

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Esta noche pondremos rumbo a la “gran aventura”. Ni que decir tiene que estoy hecha un manojo de nervios, siento que se me olvida todo, que cuando creo que ya lo tengo todo arreglado he olvidado una medicina, o el dichoso seguro de viajes, o bajarme música nueva y cosas así. Por eso quería escribir esto con tiempo y tranquilidad, pero no sería yo si lo hubiese hecho. Estoy tan nerviosa que puede que me haya hecho un corte de pelo desafortunado, pero bueno ahora es demasiado tarde para lamentarse. El caso, es que voy a tener el blog lo más actualizado posible, siempre que tenga acceso a Internet, mi objetivo es una entrada a la semana. También grabaremos así que estad atentos a Facebook para las novedades si queréis ver qué tal nos va. Los vídeos irán todos al canal de Youtube; Tiptoenianos.

Ahhhh ¡No me creo que haya llegado el día! El avión no sale hasta esta noche, pero ya tengo dos entradas pensadas; las primeras 48h y primeras impresiones de Ecuador, y la de ¿qué llevar a un viaje de 6+ meses a Sudamérica y Centroamérica? Para que aprendáis de mis errores porque seguro que he metido de más o de menos (me ha cabido todo en mi mochila de 44l y no podría estar más orgullosa). La verdad es que me moría de ganas de irme a un viaje así, sin billete de vuelta y sin tener nada planeado. El viaje de Islandia me dejó el gusanillo y por fin se hace realidad.

¡Deseadme suerte y mucha mierda y todo eso porque me va a dar un ataque al corazón!

Hasta pronto ❤

 

Mallorca en 4 días

SPOILER: No son suficientes. Pero como casi nunca, aunque cuando tienes cuatro días y vuelos a Palma por 40€, pues te callas y haces las maletas. Sobretodo cuando la que te lo propone es tu madre. Amén a todo.

Cinco días más tarde, nos plantamos en Barajas. Jaaa, ja, ja. La ida íbamos con Norwegian (hands down a la mejor compañía low cost del planeta), y mirábamos a los de la puerta de embarque de al lado, mismo destino, pero con Ryanair, y no podíamos evitar sentirnos ligeramente “superiores” por volar mejor por el mismo precio. Si hubiésemos sabido entonces como iba a ser la vuelta (con Ryanair), mejor nos callamos.

Peeeero, teníamos que aprovechar el momento, y nos subimos a nuestro avión que iba casi vacío. Decidi(mos) reservar un airbnb en lugar de hotel, y como nuestro vuelo había sido muy temprano, le preguntamos a la anfitriona qué podíamos hacer ese día antes de dejar las maletas. Nos recomendó una ruta y como no sabíamos qué otra cosa hacer, nos pusimos en marcha.

Día 1: Chopin y George Sand

Fuimos a Valldemossa, un pueblito precioso (y muy turístico) que fue testigo del romance que hubo entre Chopin y la escritora George Sand. Nada más llegar, desayunamos un buen café y probamos la coca de patata, que es como un bizcocho redondo que lleva patata, pero es dulce y no sabe a patata, pero es muy típico y nos llenó gratamente los estómagos.

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Fachada de la Cartuja de Valldemossa

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Una adorable callecita

Pasamos toda la mañana paseando por el pueblo y visitando la Cartuja por dentro (la entrada son 8€, y 6 para estudiantes/menores de 25). Para comer, optamos por ir a Sa Foradada, sólo hay un restaurante así que es bastante fácil no perderse y por suerte para mi, tenían platos aptos para vegetarianos. Pero la carretera es bastante sinuosa y da un poquito de miedo, aunque llevé el coche como una campeona.

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Sa Foradada

Seguimos el camino por la costa pasando por Deià y por Soller, parando de vez en cuando para observar el paisaje. Véase, por ejemplo, la siguiente imagen:

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Pasamos la tarde en Soller, dónde merendamos y nos quedamos hasta que se hizo de noche, a eso de las 6 y volvimos a Palma para ir a nuestro apartamento. AHHH, se me olvida; cuando estábamos en Valldemossa, hubo momento que me hacía pis (bueno hubo muchos, pero este fue distinto), entré en un servicio público sin acordarme ni darme cuenta que llevaba el móvil en el bolsillo trasero del pantalón. No hace falta que cuente más ¿no? Pues eso, estuve el resto de la semana sin móvil.

De camino a Palma, yo veía que nos quedábamos sin batería en el móvil de mi madre y que aun teníamos que encontrar la casa y hablar con el anfitrión. Había conseguido mantener la calma todo el día por mi teléfono, pero en este momento me estaba poniendo de los nervios, nos quedaba menos de un 10% de batería y veía que no encontrábamos la casa. La encontramos después de mil vueltas, e Ian, el anfitrión nos ayudó y nos enseñó los puntos de interés cercanos antes de dejarnos a nuestro aire. Ya por fin, podíamos relajarnos.

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Mi madre siendo una moderna en Soller

Día 2: Aventuras improvisadas

Ese día decidimos quedarnos en Palma, por lo que después de desayunar, anduvimos hasta la Catedral que es ENORME. Paseamos por el Parc de la Mar y entramos a explorar la Catedral y el museo diocesano. No recuerdo cuanto, pero hay que pagar.

De ahí, nos sentamos en una terraza a tomar un café, y mi madre notaba que mi mal humor iba en aumento. Estaba convencida de que el móvil sobreviviría a toda una noche hundido en arroz, pero no fue así.  De manera rotunda soltó un “venga, acabate ya ese café que nos vamos a la playa”. Dicho y hecho. Volvimos a casa, cogimos los trajes de baño y condujimos por la costa este de la isla y nos decantamos por la Cala Esmeralda.

Era preciosa, y no había nadie más en la playa, pero hacía más frío del que nos esperábamos y ni siquiera nos pusimos los trajes de baño. Aun así, fue muy bonito. No se que pensábamos, la verdad, por muy Mallorca que fuese, seguía siendo diciembre.

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Ya era bastante tarde y aún no habíamos comido, así que condujimos hasta Portocristo y paseamos por su playa y su puerto.  Como andábamos por ese lado de la costa, y Artà pillaba cerca, fuimos hasta allí a pesar de que era de noche. Dimos una vuelta por el pueblo y volvimos a Palma. Lo genial de las islas de España es que no se tarda nada de una punta a otra. Desde Soller tardamos media hora a Palma y desde Artá, menos de una hora. En Gran Canaria era lo mismo, por lo que te puedes quedar en un punto y conducir desde ahí.

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Llegamos agotadas al apartamento y llenas a rebosar, por lo que nos metimos rápido en la cama.

Día 3: Ramos de pimientos

Decidimos recorrer el centro de la isla y llegar hasta la costa norte. Pasamos por el mercadillo de Santa Maria del Camí, que el pueblo no es nada especial pero el mercadillo sí. Es muy grande, y además, tiene un montón de cosas ecológicas y de producción local, además de un montón de semillas a granel (chía y quinoa). También tenían estos preciosos ramos de pimientos que hacen allí. Sí, de pimientos.

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Pasamos luego por Inca, que nos pareció un pueblo normal y corriente sin nada emocionante. Así que seguimos con nuestro camino hasta llegar a Pollensa paseamos por la zona antigua y el puerto, y de ahí fuimos al Puerto de Pollensa. Comimos en una zona de picnic con vistas al mar, y continuamos nuestro periplo hacia el Cabo de Formentor.

Después de explorar y hacer todas las fotos posibles, seguimos conduciendo hasta Alcúdia. Que nos encantó. Dejamos el coche en una plazita en la que había unas escaleras. Preguntamos a un señor que a dónde llevaban. Al calvario. 365 escalones nos dijo, uno por cada día del año.

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Cabo de Formentor

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Empezamos a subir, para comprobar con sorpresa que había casas a ambos lados de la escalera, y nos preguntábamos si tendrían que subir todo eso para entrar. Tras un esfuerzo muy grande, llegamos al calvario y al mirador que hay arriba del todo. Aunque para mi lo más interesante fueron los gatos que había ❤

El resto de la tarde lo pasamos recorriendo el pueblo para al final, tomarnos un café en la plaza del pueblo. Volvimos a Palma al caer la noche y fuimos a cenar fuera ya que era nuestra última noche y volvíamos al día siguiente.

Día 4: Palma y retrasos 

Decidimos quedarnos en Palma y ver todo lo que no habíamos visto. Recorrimos el barrio viejo, el puerto y nos tomamos una cerveza en el Café Varadero, que tiene unas vistas preciosas de la catedral y del mar.

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La catedral desde el Café Varadero

Comimos en casa, y por la tarde, fuimos al Castell de Bellver. Excursión que resultó en fracaso porque los lunes cierra a las 13h y eran cerca de las 17h. Por lo que cogimos el coche y nos fuimos por la costa.

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Vistas de Palma desde el Castell de Bellver

Eventualmente, fueron las 19h y con ello la hora de devolver el coche e ir al aeropuerto. Inocentes y que poco nos esperábamos lo que iba a ocurrir. El caso es que en las pantallas vimos que todos los vuelos de otras compañías que iban a Madrid los habían retrasado. Por supuesto, Ryanair no fue menos. Nadie decía nada, pero nos enteramos de que había muchísima niebla en Madrid. Tanta que ni siquiera estaban saliendo los vuelos de allí. El mal humor y la impaciencia se notaba en el ambiente… Por fin, anunciaron que haríamos el embarque sobre las 23h. Cierto. Pero luego en el avión nos tuvieron esperando más de media hora sin movernos. Salimos a las 12 de la noche.

Llegamos a Madrid cerca de las 2 y por supuesto, no había taxis y tras un mini infarto al creer que nos habíamos dejado las llaves en Palma y confirmar que no, llegamos a casa. Estábamos agotadas, con ganas de meternos en nuestra cama y todo el rato con la incertidumbre encima. Pero bueno, por suerte, no ocurrió nada más y pudimos llegar bien a casa.

Estoy muy emocionada, porque dentro de poco van a venir muchas entradas de viajes y va a cambiar el blog por completo, pero ya lo veréis. De momento os dejo con estos cuatro días en Mallorca que espero que os guste.