De Leticia a Iquitos; tres días en barco por el Amazonas

Tal cual. Y no un barco cualquiera, si no un barco carguero, para darle más romanticismo al asunto. Mientras viajaba por Colombia decidí cambiar mi ruta e ir a Perú en lugar de a Panamá. Buscando y buscando la manera de llegar a Perú desde Colombia econtré varias opciones:

  1. Volando. Hay vuelos a Lima desde casi toda Colombia, pero pueden ser algo caros. Creo que desde Leticia a Iquitos no es mucho, pero aun así se salía del presupuesto.
  2. En autobús desde Cali o Popayán recorriendo todo Ecuador. No se precio pero tarda unas 40 horas creo. La empresa es Cruz del Sur.
  3. En barco carguero.

Opté por la última. Compré un vuelo de Bogotá a Leticia, que en el mapa está en la esquinita de Colombia lindando con las ciudades de Tabatinga (Brasil) y Santa Rosa (Perú). Estuve dos noches, asegurandome que tenía todo lo que necesitaba para el barco. Hay tres tipos de barco; el lento carguero, que se demora unos 3 días, uno rápido y otro noruego aún más rápido. Apenas hay información en los barcos, o eso me pareció a mi. El rápido tarda unas 15 horas, y hay dos tipos pero no se nada sobre precios.

El primer día decidí ir a Santa Rosa a preguntar. Desde el malecón de Leticia te llevan en balsa por 3.000 pesos (1€). Al llegar, le pregunté al chico que me llevó que dónde podía preguntar.

-No hay nada que preguntar- Me contestó.

-¿Cómo?

-Sí, solo te presentas en el barco y esperas a que salga.

-Ah… O sea que he venido para nada…

-Bueno, te acerco a ver si ahora hay un barco, igual ahí te dicen algo.

Pusimos rumbo al nuevo destino. Una vez allí me dijeron que el barco costaba unos 60-80 soles (15-21€) y que saldría el sábado a las 11 de la mañana. Listo. Suficiente.

Antes de embarcar, recordad que os tienen que sellar el pasaporte, tanto de salida en Leticia (hay una oficina de inmigración en el malecón y otra en el aeropuerto), y también en Santa Rosa para entrar en Perú. Os darán una tarjetita que hay que guardar hasta salir del país porque la piden mucho en los controles. No olvidéis cambiar algo a soles para tener a mano, pero si no cambiáis en Leticia, en Iquitos hay casas de cambios y gente que te cambia en la calle (no se como de legal es eso…).

También necesitáis una hamaca si no queréis dormir en el suelo, y creedme que no queréis. Yo me arrepentí de no comprarme una en la costa porque eran más bonitas y más baratas. En Leticia venden unas muy feas por unos 5€, pero yo quería traermela a España, así que compré una azul turquesa muy bonita que me costó unos 10. Las cuerdas para la hamaca, podéis comprarlas (1€ aprox) o si no en el barco, os daran unas tiras como de los chalecos salvavidas que hacen el trabajo igualmente. Llevad también el agua que creáis necesitar.

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La fabulosa embarcación

El sábado madrugué, fui a Santa Rosa, sellaron mi pasaporte y a las 9 de la mañana llegué al barco. Señalaron a un señor para que hablase con él, asumí que era el capitán. Éste me contó que este barco no iba a Iquitos, que el mio llegaría en un par de horas que venía de Islandia.

One moment.

Cómo que Islandia.

Pero si hace frío, y van en hamacas y ¿en qué parte del mapa desemboca el Amazonas? Y joder, ¿cómo es que a Iquitos tardamos tres malditos días y a Islandia se demora dos horas?

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Yo intentando averiguar cómo iba a llegar el barco desde Islandia

Muy confusa, le expresé mis dudas al capitán, quien no parecía entenderme muy bien y me despachó diciendo que subiese a esperar a mi barco. Al poco apareció otro hombre de la tripulación a darme conversación. Le pregunté cómo es que llegaban de Islandia si eso estaba en Europa. Lo encontró tremendamente gracioso. Al parecer, es una ciudad en las orillas del Amazonas, que jsuto comparte nombre con la isla nórdica. Pues nada, ahí me quedé como una pazguata.

A todo esto ya eran más de las 11 y ahí no llegaba nada. Una hora más tarde aparecía otro ferry. Era más grande que en el que estaba, con un piso más y parecía mejor cuidado. Despidiendome del capitán que intentaba convencerme para que me quedase en su barco, subí al otro. Un chico me ayudó con la mochila y me colgó también la hamaca en la planta de arriba y fui a explorar. La planta baja del barco parecía para carga, (y de hecho más adelante, metieron vacas, cerdos y montones de gallinas) la primera y segunda estaban cerradas por paredes con ventanas, y al final de estas estaban la cocina, el bar y los baños (unos retretes con una pinta horrible y una tubería en el techo hacía las veces de ducha). La tercera parecía la más tranquila. No estaba cerrada, pero tenía unas lonas que se podían bajar si hacía frío o llovía.

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Volví a mi hamaca y conversé con el hombre que estaba a mi lado. Eran ya las 12 del mediodía y salíamos a las 11, así que extrañada le pregunté si sabía lo que pasaba. Segundo momento del día en el que hago alarde de ser una topa de remate.

-¡Pero si salimos a las 7:30 de la tarde mujer!

-¿Cómo? No, pero a mi me dijeron…

-Hago este camino muchas veces mi amor, y este barco no sale hasta las 7:30 de la tarde.

Pues nada. Como no quedaba otra, me eché una siesta maldiciendome. Unas horas más tarde, apareció en la planta una chica rubia, hablamos un rato y decidió mudarse arriba también. Luise, de Alemania. No sabéis la ilusión que me hizo conocer a otra viajera que también iba sola. No solo hizo que me sintiese mucho más segura, si no que nos entretuvimos la una a la otra durante el viaje. Éramos las únicas turistas de todo el barco, el resto todos peruanos

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Puesta de sol en el Amazonas antes de zarpar

Salimos puntuales a las 7:30 de la tarde, cuando ya era de noche. Nos dieron de cenar una taza de avena (más bien de agua con cuatro hojuelas y mucho azúcar), y nos quedamos sin pan porque ya no quedaba. A eso de la 1 de la mañana vinieron dos de la tripulación a tocar un poco los huevetes, con la linterna enchufandola en nuestras caras diciendo “buenos días, hay que pagar mi amor”. No entiendo por qué habiendo tenido toda la tarde, lo hacen por la noche cuando ya está todo el mundo en el séptimo sueño. En fin, son 70 soles, que son unos 20€ aproximados.

El desayuno nos lo llevaron a la hamaca a las 7:30. Otra taza de avena con azúcar y agua y un trozo de pan blanco. Previendo esto, las dos nos habíamos provisto de frutas y algunas verduras, por lo que pudimos comer relativamente sano a pesar de las circunstancias. El almuerzo consistió en arroz con leguumbres y un trozo de pollo que ahí se quedó. La cena fue una sopa de gallina. En ese momento me sentí muy orgullosa de mi yo del pasado porque se me ocurrió cocinar unas lentejas y llevarlas en el tupper por si la comida tenía mucha carne. Me salvaron la cena 🙂

Los días eran largos, no había nada que hacer. Leíamos, dormitábamos y escribíamos principalmente. Aprendí a hacer algunas pulseras con macramé que me enseñó Luise y hablamos con los locales, que nos contaban cosas de Iquitos, de donde parecían ser todos. Para entonces las primeras plantas estaban abarrotadas de gente, casi hacinadas, y no corría el aire. Arriba en cambio, cada vez éramos menos. También decidimos prescindir de las duchas, e ir al baño lo menos posible porque estaban realmente sucios, y el fin de la ducha es acabar más limpio…

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La planta de arriba. La hamaca turquesa detrás del señor es la mía

Una cosa que nos impactó mucho fue que la gente tiraba la basura al río. No hay ninguna conciencia sobre lo que el plástico causa en el medio ambiente, y no creo que sean conscientes de lo que el Amazonas y sus selvas significan para el planeta. Veías a mucha gente tirar la basura, y mucha otra la dejaba en el suelo, por lo que se acababa volando igualmente. Luise y yo recogíamos bastante y la metíamos en los cubos, pero no se si esos cubos también van o no al río… En una ocasión incluso le dije a un chico “perdona, se te ha caído esto… a ver si va a acabar en el río”. Se levantó, lo tiró a la papelera y volvió a tumbarse. Así de fácil.

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Llegamos a Iquitos sobre las 5 de la tarde. Según atracamos, y antes de desembarcar, ya teníamos a varias personas dentro diciendo “venga amiga, yo les llevo a un hostal bueno, les llevo por solo 2 soles”, es un poco agobiante, pero bueno, una se acostumbra. Dandole largas, bajamos, y nos encontramos con un auténtico caos de basura, otras embarcaciones, perros vagabundos, olores muy fuertes, moto taxis y un montón de personas hablandonos a la vez. Abrumada, escuché a Luise hablar con un chico que decía que nos llevaba por 7 soles. Entonces vislumbré al que había entrado al barco y le hice una seña. Él nos iba a llevar por 2, así que… No os dejéis engañar, os dirán que la ciudad está lejos y otras excusas, pero no paguéis más de 2 o 3 soles.

Iquitos es una de las ciudades más grandes que no está conectada por tierra con otras. Solo con un pueblo, creo, que se llama Nauta, desde donde salen los barcos rápidos a Yurimaguas (de rápidos no tienen nada, pero esa es otra historia). En la ciudad está el mercado de Belén, es un barrio bastante malo, pero durante el día no hay peligro. Dentro hay distintas zonas. Hay una que está como flotando y es la más bonita a la vez que la más desagradable. Venden todo tipo de animales (o partes de éstos) legales e ilegales de la jungla. Yo solo me quedé en la parte de las frutas y verduras, porque no quería verlo. Pero bueno, lo mejor es que preguntéis en vuestros alojamientos qué hacer, porque aunque a primera vista parece que no hay mucho, se le puede sacar mucho partido a esta ciudad que tanto caucho dio.

Aunque esta no sea la manera de disfrutar de la selva, desde luego ha sido toda una experiencia. No solo por el hecho de recorrer parte del Amazonas en un barco carguero durante unos días, durmiendo en una hamaca y sin ducharse, si no por ver como se mueve la gente local, y poder hablar un poco con ellos. Además, los paisajes son una auténtica pasada e igual tenéis suerte y véis los delfines rosas… Creo que merece la pena hacerlo una vez si os encontráis en la zona. Hay mucho tráfico de barcos entre Perú, Colombia y Brasil, así que depende de dónde os encontréis.

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Espero que esto sea de ayuda 🙂

¡Hasta la próxima!

Está bien sentirte mal

Acababa de llegar a Bogotá, al terminal de autobuses tras más de 8 horas de viaje. Tenía un camino bastante largo hasta llegar a la casa de mi tío, con quien me estoy quedando un par de días. En la oficina de turismo pregunté como llegar, ya que estaba sin datos y no podía usar Google Maps. Me dio tres alternativas; coger un taxi o Uber, usar el Transmilenio o un (o varios) autobús urbano normal. Pues llamadme idiota, pero me decanté por el bus urbano, ya que los taxi son caros y no quería comprar otra tarjeta para el Transmilenio.

Salí del terminal, y me quedé parada porque aunque me acabasen de explicar el camino, me di cuenta que en realidad no me había enterado. Pregunté a dos personas que no me supieron indicar. A la tercera fue la vencida, pero yo ya me encontraba intranquila. Al llegar a la parada, pregunté si esa era la correcta y me respondieron con un “lo siento, no soy de aquí”. En seguida vi uno de los autobuses que podía tomar; resultó que también se necesitaba la tarjeta. Le rogué al conductor en vano, y luego a los otros pasajeros que me pasasen con sus tarjetas y les daba el dinero en efectivo. Nada.

Las lágrimas ya se agolpaban por salir, pero me dije “no seas idiota, cojes el próximo”. Apareció uno que me dejaba en un punto en el que tenía que cambiar, pero no quería esperar más y me subí. Al cabo de un rato, pregunté al chico sentado a mi lado si estábamos cerca del centro comercial en el que tenía que bajar.

-No lo sé, no me muevo mucho en bus.

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En ese punto mi cara ardía con lágrimas contenidas. Intentando aguantarme para no romper a llorar en ese pequeño autobús y sientiéndome más sola que nunca. Entonces una mano me dio un toque en el hombro. El hombre de detrás me preguntó dónde me tenía que bajar. Se lo dije y me explicó exactamente dónde y como cambiar de autobús. Me las apañé para coger el bueno y en la buena dirección, sin embargo, me pasé de parada. Bajé corriendo confusa y ahí exploté. Me senté en un banco y dejé que todo saliese. Lloré y lloré como una magdalena. No podía parar.

Me di cuenta de que echaba muchas cosas de menos; principalmente mi hogar, con todo lo que tiene dentro, el conocer bien una ciudad, o el  no sentirme insegura sola por la noche. Estaba estresada y cansada. De viajar, de llevar toda mi vida en una mochila de 44 litros, de moverme continuamente, de no tener las cosas que hacen que me sienta bien y segura…  En fin, colapsé, en mitad de una calle de Bogotá a las 8 de la noche y no sabía qué hacer. Tras cuatro meses y medio de viaje, me dio el bajón de la nostalgia. Siempre que he salido de viaje, me ha pasado en algún momento. Claro que nunca había viajado tanto tiempo, y si he pasado más tiempo fuera de casa estaba con una familia de acogida o con amigos y compañeros de piso con los que podía contar. Sin embargo, ahora estaba sola, y me sentía sola.

A esto se añadió el hecho de sentirme terriblemente egoísta por estar en esa situación cuando estoy haciendo algo que tanta gente se muere por hacer. Viajar durante meses, sin billete de vuelta, viviendo experiencias que en casa no podría ni pensar, conociendo gente interesantísima, y aun así, ahí estaba yo; moqueando y sientiendome miserable.

Me quedé un rato ahí sentada hasta que me calmé. Recordé entonces un artículo que leí hace tiempo sobre el tema. Es completamente normal sentirse así; por mucho que estés haciendo algo con lo que llevas soñando años, estás lejos de tu hogar y es posible que el viaje se vuelva un poco monótono. A veces se hace duro no tener una habitación para ti, o la falta de intimidad, los viajes en autobús son largos y tediosos, y te hacen pensar en cosas que igual no te apetece pensar.

Viajar sola es una montaña rusa; hay veces que te encantaría tener a tu pareja o amigos porque sabes que las risas están aseguradas y la morriña se hace hueco en el corazón cuando ves a la gente con los suyos, sin embargo es realmente empoderador el estar sola y tener la libertad de ser tú quien toma todas las decisiones sin recaer en nadie, no dependes de nadie. Y eso es lo que hizo que me recompusiese. Estoy aquí porque quiero, y soy consiente de lo privilegiada que soy por poder hacerlo y quizás también por tener este ansia por viajar y ser curiosa.

Puedo volver a casa cuando quiera… Pero no estoy lista aun. Me queda mucho camino por recorrer, y siempre voy a tener un hogar al que volver, lo cual es enormemente reconfortante. Puedo seguir unos meses más durmiendo en casas ajenas, hamacas y lo que surja. Es parte de la magia de viajar.

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¡Hasta la próxima!

Sentirse en casa fuera de casa

Es curioso cuando viajas a largo plazo, tu percepción de lo que es un hogar cambia mucho (y eso que llevo solo cuatro meses). Siempre que me ido de viaje o fuera de casa durante al menos un mes, siempre he tenido un momento en el que la morriña me golpea con fuerza, la soledad me atrapa y lo único que quiero es estar en casa con los míos, en mi cama y sintiéndome segura. Siempre me ha pasado, lloro un rato, y más tarde o más temprano se me pasa. Aquí me pasó el día de mi cumpleaños en Quito, después de llevar dos meses viajando, por suerte, estaba con gente genial a mi lado y se me pasó rápido.

Luego llegué a Bogotá, y me sorprendí lo cómoda que me sentía en una ciudad de tal magnitud. Me movía con facilidad, estaba rodeada de buenas personas que me acogieron y me ayudaron en todo lo que estuvo en sus manos, y en general, la energía de la ciudad hizo que me encontrase muy bien en todo momento. Estuve diez días sintiéndome realmente cómoda. Pero “the show must go on” y debía seguir con mi viaje. Todo fue bien, normal, hasta que llegué a Minca. Minca cambió mi forma de ver las cosas.

Minca es una aldea realmente, a unos 14 kms de Santa Marta y lindando con Sierra Nevada. Ha ganado cierta popularidad en los últimos años, pero sin llegar a masificarse o a convertirse en un sitio puramente para turistas, como me pareció Palomino, no muy lejos. Pero bueno, me habían hablado maravillas de Palomino, así que depende de donde uno se sienta mejor. Todo el mundo se extraña cuando hablo de lo bien que me sentí en Bogotá… Cada persona es un mundo.

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Llegué a casa de mi anfitrión de Couchsurfing, y me despedí temporalmente de los chicos de Sudáfrica. En la casa había otra pareja de Reino Unido que me recomendó hacer la excursión al mirador de Los Pinos, pasando por las cascadas de Marinka y el albergue Casa Elemento. Fue un día muy largo, en total estuve caminando unas 7h, y además me cayó un chaparrón enorme. Para cuando llegué al pueblo de nuevo, empapada, lo único que quería era tomarme una taza de chocolate caliente. Fui a un sitio que estaba cerrado, un hombre me vio y me preguntó qué buscaba. En cuanto le respondí, emocionado, me llevó prácticamente de la mano hasta un pequeño local con una terracita llena de gente. Me indicó que me sentase en una mesa que ya estaba ocupada. Le pregunté al hombre allí sentado si le importaba, él, animado, respondió que todo lo contrario. Tendría unos 60 años. Llevaba una camiseta negra a la que le había cortado las mangas, el pelo blanco le llegaba a los hombros adornado con una bandana roja. Me contó que era de Canadá y lo mucho que odiaba Canadá. Hacía yoga y meditaba todas las mañanas. Pagó mi chocolate y un helado. Para cuando volví a la casa, estaba inspirada.

A la mañana siguiente, a las 6 de la mañana me quitaba las sandalias antes de entrar en el kiosko de Casa Yoga para hacer mi primera sesión de meditación que no fuese guiada por YouTube. Tras media hora, empezaba hora y media de hatja yoga. Todo, desde la localización del kiosko, con las vistas de las montañas de Minca, la madera, el sonido de los pájaros, los gallos y los gatos que se colaban para hacernos compañía  hizo que me sintiese no solo relajada, si no en paz.

Decidí alargar mi estancia en Minca para poder ir cada mañana a meditar y a la clase de yoga. Estaba realmente conectada con el entorno, cómoda, tranquila y cada día conseguía concentrarme mejor en la meditación. Dejé de usar el tronco para sentarme, y dejó de molestarme que se me durmieran las piernas. Era consciente de mi cuerpo, de los sonidos a mi alrededor, de las sensaciones, de mi respiración… También pensaba en otras cosas durante el día; en mis relaciones, en quien me inspira, en como soy con los demás, en ser más agradecida y saber apreciar mejor mis privilegios y el hecho de poder estar viajando a largo plazo.

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Participé en un taller de genealogía para conectar con mis raíces y ver patrones que es posible que se hayan repetido sin darnos cuenta en la familia. Fue muy intenso, se abrió una caja que guardaba muchas emociones y sentimientos que no sabía que tenía.

Habiendo crecido en una familia relativamente religiosa, fui a misa obligada de mi pequeña. Siempre he sido bastante escéptica con la Iglesia; no entendía el concepto de la fé, y pensaba que rezar no servía de nada. Incluso me identificaba como atea (ya no, ahora siento que el movimiento ateo solo quiere matar la espiritualidad, que es pesimista y que se basa en “si yo no puedo encontrar alegría en la religión, tú tampoco”, pero ese es otro tema), pero entonces participé en este taller, y no miento cuando digo que todo tenía sentido. La fé, el creer, el ser feliz por creer y sobretodo la oración. Sigo pensando que la Iglesia como institución es un cáncer, pero no la espiritualidad, y el rezar para agradecer lo que tienes, o por los que amas.

Los que me conocéis, estararéis pensando que si me han lavado el cerebro una panda de hippies y que me vuelva ya para España jaja, pero nunca me he sentido tan cómoda y feliz conmigo misma. Fue en estos días en los que me di cuenta de que estaba contenta, era consciente de mi situación, me vi desde fuera, como en tercera persona, y me gustó lo que vi. Estaba realmente plena y feliz.

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Muy a muy pesar, tuve que irme de Minca. Un vuelo ya comprado desde Cartagena unos días más tarde me obligaba. No he vuelto a sentirme como estaba allí, pero se que volveré. Si no es en esta vida, será en otra.

Námaste.

 

PD: Gracias, Fulgue por enseñarme a Siddharta. Desde luego, ha tenido un papel muy importante en el camino espirtual.

La costa caribeña de Colombia

¡Hola de nuevo! Hoy os vengo a contar como ha sido viajar por el caribe colombiano (no incluyo San Andrés, que eso ya tiene su entrada), que nada tiene que ver con el Caribe tal y como lo conocemos…

La costa caribeña es enorme, y la pacífica aun más, por lo que puede ser algo agobiante planear un viaje, pero en general, casi todo el mundo sigue una ruta similar. Yo os voy a contar qué hice yo (obvs). Empecé el recorrido en Riohacha.

En Ocaña había conocido a una pareja de sudafricanos y decidimos viajar juntos un tiempo ya que íbamos a hacer la misma ruta de todas formas. Desde Ocaña (más bien Aguachica), en bus son unas 8h y cuesta alrededor de COP 85.000 (casi 30€), sin embargo, para cuando llegamos a la terminal, ya no quedaban tiquetes. Preguntando a la gente, encontramos un coche que nos llevaba por 70.000 (23€), pero teníamos que esperar a un cuarto pasajero.

La Guajira

Bueno, al final tardamos como 14h en llegar a Riohacha (pista: TRES llantas destrozadas, TRES), era medianoche, nuestro anfitrión de couchsurfing no nos respondía y tuvimos que buscar algo desesperados. Fuimos al primero que encontramos, pero al día siguiente buscamos algo más económico (Hostal Sol y Sombrilla, 20.000 (casi 7€) la habitación compartida). En Riohacha realmente no hay mucho, tiene una playa muy grande que siempre está vacía y en general es muy barata, podéis encontrar almuerzos por 7.000 (poco más de 2€) o menos incluso y es una buena base para ir a los desiertos de Cabo de la Vela y Punta Gallinas. Para ir al desierto desde Riohacha, hay que coger una buseta hasta un punto X (15.000) y de ahí coger un 4×4 (20.000) que te deja en Cabo de la Vela, donde hay algo más de vida. Recomendado salir muy temprano y llevar una mochila más pequeña con lo justo, ya que seguramente no haya taquillas para dejar las cosas de valor o son pequeñas, comida y agua porque allí es todo muy caro, porque el camino que tienen que recorrer para traer la comida y el agua es muy largo. Hay una variedad relativamente amplia para hospedarse, la verdad, pero siempre es en hamaca, rondando los 12 o 13 mil pesos.

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Caminando por el Cabo de la Vela

Es muy curioso porque es un desierto totalmente árido al lado del mar, que no es nada profundo, no tiene olas y de un azul muy intenso. Una vez allí, se pueden hacer caminatas por la zona y subir a un cerro, pero el calor y el viento lo ponen difícil. Hablando de viento; otra de las actividades más populares es el Kite Surf.

También se puede ir a Punta Gallinas, el punto más norte del país, pero son unos COP 120.000 (unos 40€), más pasar la noche y tal, así que depende del presupuesto con el que viajéis.

Palomino

Sí, o sea yo tampoco entiendo como un sitio puede tener semejante nombre, pero ahí está. Es una pequeña aldea entre la playa y la cordillera de Sierra Nevada. Es todo muy bonito, pero está cuidadísimo para el turista, a mi me pareció como un montaje.

Fuimos a pasear por la playa hasta un punto en el que el río se junta con el mar. Es muy bonito, y se hace en una hora y media o menos. Solo pasamos una noche en el Sofa King Bueno Hostal, que no fue el más limpio, pero solo nos costó 10 mil pesos…

Santa Marta

Fue la primera ciudad fundada de Colombia.  Se enorgullece de ser la ciudad más antigua del país y la segunda ciudad colonial más importante –tras Cartagena de Indias, aunque arquitectónicamente, se nota más el pasado colonial en esta última.

Tiene dos cosas buenas principales; una es la cantidad de tiendas de ropa y zapatos que hay, lo cual en realidad es malo. Recordemos que soy una mochilera con un presupuesto muy justo y espacio aun menor… Pero es divertido ir a mirar. La otra cosa buena es que es una buena base para ir al Parque Nacional de Tayrona; dejar las cosas y llevar lo justo. El autobús desde ahí a Tayrona son COP 7000. En sí, la ciudad no tiene mucho. Las playas están en Rodadero o Taganga, y hace demasiado calor como para disfrutar de los paseos. Pasamos un par de noches, y uno de los días fue para preparar las cosas del Tayrona.

Taganga

Si os gusta el buceo, estáis de suerte, porque aquí es donde más barato lo podéis hacer. Yo tenía intención de ir precisamente por esto, sin embargo por el camino escuché algunas historias que hicieron que se mi quitasen las ganas. También hubo gente que no le pasó nada, pero cuando más de dos personas te cuentan anécdotas no tan divertidas (robos a mano armada por ejemplo), te replanteas las cosas. No se si me perdí mucho o no… Creo que tiene unos atardeceres impresionantes, pero me quedé sin verlos.

Parque Nacional de Tayrona.

A tan solo unos 30kms de Santa Marta, se levanta este increíble parque nacional que junta la selva más frondosa con unas playas que quitan el hipo. Se puede ir por mar desde Taganga o tierra desde Santa Marta. El parque consta de más de 15.000 hectáreas de área protegida, de las cuales más de 3.000 son marinas. Para los amantes de los animales, si tenéis suerte -y camináis sin armar mucho follón- podéis divisar especies como el mono aullador o el águila blanca, habiendo también venados y una cantidad ingente de reptiles.

Ahora sí, si sois estudiantes, aseguraos de traer la tarjeta y que sea vigente o falsificar la fecha de alguna forma. Si no lo sois, intentad falsificar alguna si no queréis pagar mucho porque la entrada son 44.500 pesos (casi 15€), sin embargo para estudiantes de todo el mundo son 9.000 (3€). Depende del plan que llevéis, deberíais traed vuestra propia comida y agua, o podéis comprarla allí, pero es un poco caro.

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El lujoso alojamiento en Tayrona… las hamacas estaban recién lavadas (NO).

Nosotros éramos tres; una pareja de Sudáfrica que conocí unos días antes, y yo. Llevamos en total 21l de agua en botellas y bolsas de plástico (sí, aquí el agua se vende en garrafas o bolsas). Llevamos snacks, fruta, pasta, maíz y pan de molde para tres días con dos noches.

Desde la entrada principal (El Zaino) hasta el parqueadero son unos 50 minutos andando o se pueden coger unos autobuses que te acercan por 3.000 pesos (1€). Nosotros caminamos. A partir de ahí, la única forma de moverse por el parque es a pie o a caballo (previo pago, claro). Una vez ahí, hay una caminata a las distintas zonas de camping de una hora y media más o menos. Creo que los sitios más populares son Cabo San Juan, Arrecife y Don Pedro. El tipo de alojamiento varía desde cabañas, tienda de campaña o hamaca. En Don Pedro las hamacas son 15.000 (5€), en Cabo San Juan 25.000 (8€).

Una vez en el parque, hay mil cosas que ver y hacer. Muchas de las playas tienen corrientes muy fuertes, por lo que no es permitido el baño, por lo que hay que preguntar las que sí se puede. Ah, y siempre contad el tiempo que tardáis en llegar; que no se os haga de noche, porque creedme; que se haga noche cerrada en la selva sin saber donde estás o como volver y que no llegue señal al móvil NO es nada divertido.

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Playa El Arrecife en la que no se puede nadar debido a las fuertes corrientes

Minca

Es una pequeña aldea a unos 14kms de Santa Marta, pero en lugar de seguir por la costa, hacia las montañas. No voy a explayarme mucho porque no está en la costa costa, y además, este sitio se merece su propia entrada. Solo decir que hay que coger unas busetas (camionetas) que te llevan por 8000 y tardan unos 45 minutos.

Barranquilla

La ciudad que nos ha dado a Shakira y a Sofia Vergara… famosa por su increíble carnaval; al parecer es el más increíble después del de Rio de Janeiro… Las espectativas son altas. Sin embargo, fuera de eso, no es más que una ciudad caribeña moderna. Turísticamente no tiene mucho que ofrecer. Si estás ahí, encuentras cosas que hacer, pero si no vais, no os perdéis nada. Pero si estáis, id al Castillo de Salgar para ver el atardecer.

Cartagena de Indias

En esta preciosa ciudad es posible que te olvides del calor que hace cuando te pierdas por las coloridas callejuelas de la Ciudad Amurallada o te bebas un buen jugo natural en el “castizo” barrio de Getsemaní. Si se hace demasiado duro, un bañito en la playa seguro que os refresca.

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Una calle en Getsemaní

Fundada después de Santa Marta, y sin embargo tan distinta. Con una fuerte huella de los colonos españoles que invadieron la ciudad. Las fachadas de las calles brillan con colores pastel o fuertes amarillos, las flores de los balcones, las plazoletas con suelo pavimentado, me recuerda a cualquier pueblo del mediterráneo europeo. El Museo Naval cuenta la historia de los indígenas que había antes de que llegasen los españoles, como los españoles la “liaron parda”, y como se convirtió en un puerto de compra-venta de esclavos y un punto muy estratégico para piratas de todo el mundo (son 16.000 pesos, y aunque la historia es muy interesante, hay demasiada información mal ordenada y para ser sinceros, con alguna falta de ortografía que es difícil ignorar).

Cartagena es la ciudad más cara de la costa, los albergues rondan los 30.000 pesos (10€) la noche, y los almuerzos en general están en 10.000, pero si rebuscas bien por Getsemaní, los hay por menos. Si os sobra el tiempo y un presupuesto no muy tieso, hay un tour a las islas de Barú y del Rosario. No sé el precio, pero son playas de arena blanca con el agua turquesa tan característica del Mar Caribe.

Lo que no me gustó nada de Cartagena fue la gente. Me parece importante mencionarlo… Ha sido el sitio en el que menos segura me he sentido… Y no fue por miedo a que me robasen sino por como me miraban y como me hablaban los hombres por la calle. Normalmente, consigo ignorarlos sin que me afecte demasiado, pero en Cartagena fue realmente incómodo…

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Atardecer en la Ciudad Amurallada

***

Bueno, como véis la costa de Colombia tiene muchísimo que ofrecer. Y eso que solo he hablado de la costa del Caribe. Al sur de Panamá, está la zona de El Chocó, con kilómetros y kilómetros de costa, pero muy distinta.

En total, yo pasé casi un mes en la costa, y se me hizo corto, porque Minca me atrapó completamente, pero tenía un vuelo de Cartagena a Medellín. Si vais con tiempo, os aconsejo que le dediquéis por lo menos un mes solo a la costa. Al Tayrona se le puede dedicar mucho más que dos noches, y lo mismo al desierto de La Guajira.

¡Espero que os haya gustado y que os ayude si tenéis pensado visitar Colombia! Yo no me voy a cansar de recomendarlo. Por supuesto, si tenéis dudas, sugerencias o queréis saber cualquier cosa, bienvenidas sean 🙂

¡Hasta la próxima!

Una semana en el Caribe; San Andrés

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Si os digo la verdad, nunca había oído hablar sobre la isla de San Andrés hasta que mis amigas Leanne y Sophie me propusieron el plan cuando aun estábamos en Santa Marianita, Ecuador. Apenas unos días antes de que ellas dejasen en Donkey Den me preguntaron si quería reservar los vuelos que desde Bogotá estaban muy baratos (60€ ida y vuelta). Busqué en Google, me gustó lo que vi y compramos los billetes para un mes y medio más tarde.

El 24 de marzo estábamos las tres en Bogotá, impacientes por llegar y con una emoción tan palpante que no podíamos aguantarnos. Llegar a la isla es fácil y  no demasiado caro, pero como extranjeros hay que pagar un impuesto antes de entrar de 99 mil pesos, es decir, unos 33€, que ya está bien. Creo que es más barato volar desde Cartagena pero bueno, eso ya depende de lo que le convenga a cada uno.

Nos alojamos en el Blue Almond Hostel, que aunque los dueños no nos cayesen muy bien, creo que es una de las opciones más asequibles a unos 15€ la noche. Hasta la fecha, ha sido el alojamiento más caro desde que dejé Madrid.

La isla mide apenas unos 30kms, por lo que es fácil recorrerla. Se pueden alquilar bicis, motos o carritos de golf, pero tened cuidado con esto último, porque hay tanto los caddys normales, que van a cero por hora, o unos Kawasaki que van a más velocidad y en general, son más cómodos. Alquilar una bici son 25.000 pesos al día (8€), una moto 60.000 (20€) y el Kawasaki unos 180.000 (60€).

Muy bien, basta ya de datos útiles y vamos a lo divertido; cómo ha sido pasar una semana en el Caribe. Pues duh, increíble. Nunca había estado, y tampoco había visto tantos azules distintos en el mar, ni esos tonos, ni la arena blanca que no se por qué no quema, ni nada parecido. Lo primero que notamos fue el calor. Llamadme idiota pero me esperaba un calor agradable, no un horno achicharrador, pero una está en el Caribe y se aguanta. El último día ni podíamos estar al sol, ni caminar, porque dolía demasiado.

A pesar del pequeño tamaño de la isla, es imposible aburrirse, y si os aburrís, cogéis un barco o avión a Providencia, la isla de al lado, y todo arreglado (el barco o avión desde San Andrés a Providencia son unos 300.000 o 500.000 pesos). Todos en la isla hablan inglés, y de hecho es el idioma principal, pero no os agobiéis si no se os da bien porque también hablan español 🙂

Rocky Cay: Uno de los cayos de la isla, se puede ir en autobús desde el centro por 2000 pesos, o si no, al dar la vuelta a la isla en caddy o moto o lo que sea se puede acceder fácil y no tiene ningún costo de entrada. Agua cristalina que no cubre más de la cintura te guía hasta el cayo, al que se puede caminar perfectamente. Se puede pasar el día, ya que hay palmeras que dan sombra y restaurantes cerca no muy caros, pero la verdad, yo recomiendo o llevar la comida hecha del alojamiento, o comer fruta y aperitivos y hacer una cena relativamente pronto cocinando.

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En Rocky Cay

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El camino de agua azul a Rocky Cay

Hoyo Soplador: Una grieta en una roca gigante desde la cual la gente salta al mar (a mi me pareció algo peligroso ya que es muy estrecha, pero no sé… la gente parecía hacerlo con confianza). Se puede entrar al agua sin tener que saltar y luego bucear por la roca.

West View: La entrada creo que son 4000 pesos, y es un espacio para bucear que también han puesto un tobogán y un trampolín. En realidad, la mejor manera de hacerlo es andar un poco más y meterse por uno de los caminos donde hay menos gente, y si te ves con fuerza, nadar hasta el tobogán y montarte gratis 🙂

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Estresadas  en West View

La Piscinita: Otros 4000 pesos. Es un espacio en el que han puesto un restaurante (muy caro) y uno de los mejores sitios para hacer snorkel de la isla. Con la entrada te dan una bolsita para dar de comer a los peces, por lo que te rodean completamente y no tienen ningún miedo. La mejor opción sin embargo, ya que suele haber bastante gente, es salirse de “la piscinita” nadando y llegar a los corales de al lado, donde puedes ver a los peces a su bola ¡Si tenéis suerte, igual veis una raya! Nosotras vimos varias.

Playa de San Luis: Otra de las increíbles playas de la isla. Esta es muy larga por lo que puedes ir a zonas más o menos concurridas. Hay una zona, enfrente del hotel Decameron, donde hay un charco de agua transparente, y que si te sientas, en seguida vienen un montón de pececillos a nadar a tu alrededor Kella’s Bar; un bar muy fiel a la cultura reggae de la isla.

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Playa de San Luis

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Una piña colada en Kella’s Bar

Playa del centro: Tiene un nombre, pero no lo recuerdo… no tiene mucha perdida, es la playa del centro de San Andrés. Es grande y muy bonita, pero no es tan natural como lo es Rocky Cay que está rodeada por palmeras, en lugar de edificios. Si camináis un poco más por el malecón o la playa, llegáis a las letras de I LOVE SAN ANDRÉS. La playa ahí est más tranquila y hay mucha menos gente que en el centro.

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Acuario y Johnny Cay: El principal tour de la isla. No recuerdo cuanto es, pero sí recuerdo que no mereció la pena. Te llevan en lancha al acuario, que no es un acuario como los que conocemos, si no que es una isleta rodeada de agua completamente cristalina en la que se pueden ver muchas especies de peces. No se como será normalmente, pero cuando fuimos estaba llena de gente. Además había dos chicos con una raya al sol para que la gente se hiciese fotos con ella y a mi se me estaba partiendo el alma…

Johnny Cay es otro cayo. Una isla llena de palmeras, bares, iguanas y sitios para comer donde vas a pagar como poco 10€ por un plato (mejor traed la comida de casa o esperad a comer a la vuelta). También hay mucha gente, pero al ser más grande, la gente está más dispersa. Eso sí, el sol pega muy, my fuerte. Nosotras, a pesar de usar protector solar nos quemamos bastante ahí, por lo que venid bien equipados.

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Primera iglesia baptista: Pues eso, la primera iglesia baptista de la isla, que está en lo alto y tiene una torreta desde la que se puede ver toda la isla. También te ponen un video contándote su historia. No está mal, pero no es nada increíble.

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En general, es una isla cara. Comer fuera cuesta lo mismo que en España prácticamente, así que aseguraos de tener una buena cocina en la que se pueda preparar cosas y poder ahorrar en eso. Dentro de la isla, además se puede hacer buceo y eso creo que no está mal de precio y lo mismo con el kitesurf. Y yo creo que merece la pena comprar vuestro propio tubo y máscara porque alquilarlo a diario sale caro y no hay día que no vais a querer tener uno a mano.

MUCHO PROTECTOR SOLAR Y ANTIMOSQUITOS. Ya está, no necesitáis nada más. Desde luego, si estáis en Colombia y tenéis una semana (o cinco días vaya), yo creo que merece la pena hacerse el viaje, porque aunque la costa de Colombia tiene parte en el Mar Caribe, no tiene nada que ver con estar en una isla en pleno caribe, que tiene tan viva la cultura creole y reagge. Eso sí, chicas, si ya es agobiante el que te silben o te digan cosas por la calle, en San Andrés son profesionales.

Espero que os haya gustado la entrada y que vayáis si podéis porque ver tantos tonos de azul en el mismo mar, no tiene precio.

¡Hasta la próxima!

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¡¡YA PODÉIS VER EL VÍDEO!!

Viajar de forma sostenible

Hoy es el día de la tierra, y qué mejor que hablar sobre turismo sostenible. Escribo desde Santa Marta, portal para el maravilloso Parque Nacional de Tayrona, una entrada en la que llevo bastante tiempo pensando, pero no sabía bien como enfocar y he tenido que pensarlo un poco más.

Llevo viajando ya poco más de tres meses y he conocido a mucha gente con quienes he podido aprender mucho y también estudiar otras formas de viaje, también he visto sitios increíbles que han perdido parte de su encanto por el turismo (masivo principalmente). A muchos nos encanta viajar, y sobretodo encontrar sitios vacíos, ser los primeros, llegar y que no haya nadie, pero somos nosotros los responsables de asegurarnos que allá donde vayamos, lo estemos haciendo de una forma sostenible y que en lugar de dañar a la comunidad local, la beneficiemos.

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Alausí, Ecuador

Un buen ejemplo son los animales; a todos nos gustan y buscamos experiencias que nos permitan acercarnos a ellos lo máximo posible, sin embargo, esto no siempre es bueno. Es muy común en países del sudeste asiático, sobretodo Tailandia, el visitar los templos de tigres y dar un paseo en elefante… En cuanto oímos el nombre de animales “exóticos”, queremos tener la experiencia completa con ellos. Pero antes de aventurarnos, deberíamos investigarlo.

Cuando estuve en Sri Lanka, después de acabar el voluntariado nos fuimos de viaje, y al cuadrar el presupuesto con las opciones, nos dieron a elegir entre visitar un santuario de elefantes rescatados donde el contacto con humanos es mínimo, o conocer a Lily, una elefanta usada para los festivales, y dar un paseo en ella. Mi primera reacción fue la de conocer a Lily, sin embargo, decidí investigar. Resulta que los elefantes no están hechos para llevar mucho peso en su espalda y aun menos cuando llevan sillas ya que les hace heridas en la espina vertebral. También el método de entrenamiento se basa en el miedo, creando una relación de amo-objeto. Los tigres están drogados; solo hay que pensar en cómo estarían los tigres en su habitat natural y si se dejarían acariciar por humanos normalmente. Solamente hay que leer un poco en internet antes de decantarse por algo que incluye animales. Si aun así se quiere tener la experiencia, hay muchas maneras de hacerlo sin que el impacto sea negativo, como visitando los santuarios (investigad también hasta que punto son legítimos y no es una trampa con el sello “eco” para vender más), o haciendo safaris donde los animales estarán a su bola.

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Área Natural de Los Etoraques, Colombia

Otro detalle a tener en cuenta; siempre que se pueda, elegir lo local. Comed como uno más, comprad comida en la calle, los regalos a los artesanos que trabajan para alimentar a su familia, y sobretodo, en los mercados. No solo ayudáis a la economía local, si no que además, es a granel por lo que permite llevar bolsas de tela en lugar de usar tanta bolsa de plástico como en los supermercados. Además, siempre es más barato en los mercados locales, que en el super. Si el país al que vais habla un idioma desconocido, aprended algo básico antes de ir para poder manejaros sin que os timen demasiado. Frases como “no, muy caro” o “¿cuánto cuesta?” pueden venir muy bien.

Hablando de plástico, traed una cantimplora y rellenadla. No solo es un ahorro de dinero, si no de plástico. Todo el plástico usado, sigue aquí, en vertederos y en el mar. El plástico no es biodegradable, por lo que se va acumulando, y sí, es posible que la cantidad de plástico que una persona usa no es comparable al que una fábrica puede usar, pero como dice mi madre “un grano no hace granero, pero ayuda al compañero”. Si el país no tiene agua potable, en la mayoría de hoteles/albergues tienen filtros. Y si no, compartid una garrafa grande en lugar de comprar botellas con menos capacidad. También está bien llevar una propia pajita de acero inoxidable, en lugar de usar las que os den. Comprad un tupper reutilizable de un material resistente, con cubiertos para poder llevar sandwiches o la comida del día siguiente en lugar de usar aluminio o el film transparente.

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Jungla de Dos Mangas, Ecuador

Evitad el aceite de palma. No solo es malo para la salud, si no que las selvas del amazonas y del Borneo están siendo destruidas para plantar el árbol, lo que significa que la fauna (especialmente orangutanes) que viven ahí están altamente atacados. Comprad frutos secos, o frutas o de puestos de la calle, en lugar de chocolatinas que puedan contenerlo. Si echáis de menos la mantequilla de cacahuete, podéis hacerlo en cinco minutos con cacahuetes, el aceite que queráis (el de coco es el mejor), sal y una batidora. Y bam, un rico desayuno sin químicos, aditivos y sin aceite de palma.

Eligiendo compañías o actividades que promueven o participan de alguna forma en el desgaste medioambiental o el uso de animales para el beneficio y entretenimiento de las personas, estamos fomentando el maltrato de animal y siendo parte del problema, de la misma forma que cuando vamos al circo o cuando tiramos basura a la calle. No cuesta tanto investigar, recoger y limpiar tras de nosotros e intentar reutilizar al máximo. Viajar de manera sostenible no significa renegar de la limpieza y dejar a un lado la higiene personal, solo significa ser más conscientes de nuestra huella en el mundo y hacer algo al respecto.

En muchos países no hay conciencia o información sobre el medio ambiente, y hay muchas actividades que solo van a fomentar el tipo de turismo que daña, pero no podemos culpar a la gente humilde que tiene una familia que alimentar y sabe que los turistas vana a querer hacerse una foto con una manta raya. Sin embargo, está en nuestra mano, evitar caer en esas trampas, concienciar e intentar que nuestra huella sea la manor posible.

Feliz día de la tierra, cuidémosla y mimémosla como se merece. No podemos olvidar que nosotros estamos aquí de paso y hay que dejar las cosas como nos gustaría encontrárnoslas.

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Parque Nacional de Cajas, Ecuador

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¡Hasta la próxima!

¿Qué hacer en Bogotá?

Por fin, la primera entrada sobre Colombia, y no podía ser sobre otra cosa que no fuese Bogotá. Una ciudad vibrante en la que me he sentido muy cómoda y la primera en estar casi como en casa. Es la ciudad más grande de Colombia con unos 8 millones de habitantes y la tercera capital más alta de Sudamerica, a 2640 metros. Y sin embargo, a pesar de su abrumante tamaño, te recibe con los brazos abiertos. Es relativamente fácil moverse. El TransMilenio llega a bastantes zonas de la ciudad con la ayuda de la aplicación (TransmiSitp) que te dice como llegar a cualquier lado. Para los taxis, hay que bajarse una aplicación; Tappsi. Sobretodo para cogerlos por la noche.

La verdad, es que para ser tan grande, no tiene tanto turísticamente, y aun así, ha conseguido que me quede diez días enteros. Ha sido mi primer destino sola y Ana se había vuelto a España hacía unos días. Así comenzaba la segunda parte de la aventura. Volé desde Quito con Viva Colombia, la aerolínea low cost de Colombia, y no lo recomiendo (o sea sí, si os queréis ahorrar las mil horas en bus, pero yo pagué demasiado y tuve algún que otro problema con la compañía), y en menos de hora y media aterricé en el aeropuerto de El Dorado.

Me alojé en el barrio de La Macarena, en casa de una antigua amiga del colegio. La mayoría de los viajeros se hospedan en La Candelaría, el barrio más central y más hippie, pero La Macarena está a solo 20 minutos andando, está lleno de bares, restaurantes y cafeterías hipsters y es algo más seguro por la noche.

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El Museo Nacional y el Parque Nacional están al lado y están muy bien para pasear. El Museo Nacional cuenta la historia de la ciudad, como los españoles la fundaron, el por qué de la localización y lo que significó para ellos la colonización. Un punto de vista muy distinta al que aprendemos en el colegio. El Museo del Oro es otro imprescindible. En él albergan piezas de distintas culturas indígenas antes de que llegaremos los europeos. Una de las piezas más importantes es la balsa muisca, que representa la ceremonia de la leyenda de El Dorado. Otro museo es la Colección de Arte del Banco de la República, tres museos en uno. Uno de ellos siendo el Museo Botero. Por cierto, los domingos los museos son gratis.

Pasear por la Carrera 7, la calle principal. Sobretodo en domingo, que la cierran para los coches y hay un mercado de pulgas muy grande. Al final de esta se encuentra la Plaza de Bolívar, una plaza gigante habitada por palomas, con la correspondiente estatua del héroe nacional. Y de ahí La Candelaría está a solo unos metros, id a probar la chicha, una bebida tradicionalmente indígena que estuvo prohibida durante muchos años. Entrad en cualquier restaurante y pedir el ajiacouna sopa típica hecha con tres o cuatro tipos distintos de papa (y a veces pollo). De postre, comprad en un puesto de la calle una oblea con arequipe; son como unas galletas grandes y finas con dulce de leche.

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Plaza de Bolívar

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Ajiaco sin pollo

Para tener una vista privilegiada de la ciudad, el Cerro de Monserrate no puede faltar. Los domingos todo el mundo sube para la misa por lo que es más entretenido la cansada subida. Hay gente vendiendo y mucho movimiento. Sin embargo, entre semana es mejor coger el teleférico, porque no es muy seguro subir cuando no hay gente. También aseguraos que haga buen tiempo, el día que yo subí estaba todo nublado y no se veía nada…

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Vistas desde el Cerro… todo nublado

Fuera de la ciudad hay dos cosas principales: Zipaquirá y Guatavita. Zipaquirá es una catedral de sal, a la que no fui por falta de tiempo. Guatavita es la laguna donde sucedió la leyenda de El Dorado. A la que sí fui y me pareció muy caro para lo que es. Porque hay que pagar el autobús hasta el pueblo Guatavita que son 9.000 pesos (más otros 9.000 de vuelta), 11.000 del autobús del pueblo a la laguna (esto sí es ida y vuelta), y 17.000 para extranjeros para entrar en el parque.

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Con Sophie y Leanne en la laguna de Guatavita

En total yo estuve unos nueve días, y me faltó la catedral de sal, pero la verdad si era tan cara como la laguna prefiero no haberlo hecho, pero aquí depende del presupuesto de cada uno. Aun así, Bogota es una ciudad moderna y joven llena de vida y buen ambiente. Una cosa es segura, no os vais a aburrir.

¡Hasta la próxima!

Dos meses en Ecuador

Esto de llevar el blog al día se me da peor de lo que pensaba… Pero bueno, he decidido cambiar el ritmo e ir escribiendo las cosas como me apetezcan en lugar de en orden, porque yo ya estoy en Colombia y de Ecuador aun quedan muchas entradas…

A estas alturas ya debéis saber que hemos pasado dos meses recorriendo todo Ecuador, y aun así se nos ha hecho corto. Sin embargo, antes de embarcarnos en esta aventura, mucha gente se extrañaba “¿Ecuador? ¿Pero qué hay ahí?”, “¿Por qué no vais a Perú?” y un largo etcétera. Es un país que pasa totalmente desapercibido, incluso la gente de allí es consciente. En Quito, nuestros anfitriones de couchsurfing nos dijeron que que bueno que hubiésemos decidido ir a Ecuador directamente, porque por lo general es un país al que se va de paso y la gente no le dedica demasiado tiempo.

Sin embargo, Ecuador es una verdadera joya que nosotras recomendamos completamente. No me importaría volver porque en todos los sentidos nos ha cautivado (palabrita). Cada sitio tiene su encanto y hay una variedad enorme; tan pronto estás en una playa como la de los Frailes, como en una jungla llena de monos, como en un volcán nevado o en una ciudad como Quito o Guayaquil, que en nada se parecen.

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El recorrido que nosotras hicimos es bastante completo, y aun así no pudimos ver ni el sur ni el norte, pero para que os hagáis una idea, nosotras hicimos lo siguiente:

Guayaquil (2 días): Me hubiese gustado pasar algo más porque hay muchísimo que hacer, pero el calor es aplastante e incómodo. Hay un parque con iguanas (!!!!), para tener las mejores vistas, sin duda subid a Las Peñas. Se puede recorrer el Malecón, e incluso cruzar el río hasta una especie de isleta.

Manta/Santa Marianita (3 semanas): Nos quedamos tanto por el voluntariado, está bien para unos días pero no os quedéis demasiado. sin embargo, los alrededores merecen más la pena.

Puerto López (2 días): El pueblo no tiene mucho más allá de la playa, pero hay mil actividades y la playa de Los Frailes es una absoluta pasada.

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De excursión a Los Frailes

Ayampe (1 día): Perfecto si te gusta el yoga y la meditación. Un poco aburrido si no, no hay mucho que hacer y es bastante caro.

Montañita (2 días): El sitio playero de fiesta por excelencia. Muy turístico y con ese aire de fiesta tipo Benidorm/Magaluf. Si te gusta eso, este es tu sitio ¡También es genial para el surf!

Cuenca (5 días): Nuestro favorito por excelencia. Toda la ciudad es preciosa, hay tantas cosas que ver y que hacer, además de el Parque Nacional de Cajas e incluso las ruinas de Ingapirca, si no os importa pasaros medio día en un autobús.

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¡Intentando saltar en el Chimborazo nevado!

-Alausí, Riobamba y Ambato (1 día en cada uno): En Alausí está la famosa Nariz del Diablo, lo cual podéis hacer andando en lugar de en tren y ahorraros 30$ (las vistas son una pasada, merece la pena darse el paseo). En Riobamba está el volcán Chimborazo, que es increíble y depende de los planes que tengáis podéis dedicarle más o menos tiempo. Ambato fue un sitio de paso antes de Baños, pero llegamos en plena Fiesta de las Flores y las Frutas y estaba todo precioso.

-Baños (4 días): Pretendíamos quedarnos más pero por circunstancias del destino, solo pasamos 3 noches. Hay un montón de actividades y de deportes de riesgo; canopy, rafting, torrentoso, puenting… Se come maravillosamente y el ambiente en la ciudad es muy relajante. Eso sí, es mega turístico. Nosotras fuimos al columpio del fin del mundo y alquilamos unas bicis para hacer la ruta de las cascadas (¡recomendables los dos!).

El Oriente (4 días): Entre Puyo y Tena pasamos unos 4 días y 3 noches. Puyo es la puerta a la amazonía, y aunque el pueblo no ofrezca demasiado, hay muchos tours para hacer por el amazonas y lo mismo en Tena. Nos falló un voluntariado en pleno amazonas y tuvimos que improvisar un poco. Todo depende del presupuesto y del tiempo que queráis pasar en la jungla.

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Columpio del fin del mundo en Baños

Latacunga (3 días): El hogar de dos de los principales volcanes de Ecuador, el Cotopaxi y el Quilotoa (que ahora el cráter es una laguna que ha obtenido un fuerte color verdoso debido a los minerales del fondo). Nosotras fuimos al mercado de Saquisilí (creo recordar que son los sábados), un pueblo cercano, y al Quilotoa. El Cotopaxi se nos salía del presupuesto, pero al parecer los tours están muy bien y sale más barato, para variar.

Mindo (3 días): Es precioso. Está a unas dos horas/dos horas y media de Quito hacia el norte y hay autobuses que te dejan en la entrada. Aviso que desde la carretera principal al pueblo hay unos 7kms. Hay que esperar a otro autobús. Nosotras no lo sabíamos y anduvimos una buena parte, hasta que un buen hombre nos recogió. Es bastante turístico, pero porque hay extranjeros residiendo allí más que viajando. Se pueden comprar artesanías, hay muchísimos restaurantes con opciones vegetarianas, tours para aprender sobre el chocolate, un mariposario y más cosas, así que no os vais a aburrir.

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En la laguna del volcán Quilotoa

-Quito (10 días): Sí, es mucho, pero la verdad es que necesitábamos bajar el ritmo de viaje y quedarnos en un sitio unos días. En Quito hay muchísimas cosas, pero muchas dependen del tiempo, el cual varía mucho. El free walking tour es indispensable. Para unas vistas impresionantes; El Panecillo (una estatua de la virgen María con alas, regalo de los españoles, por cierto), o subir a la torre de la Basílica (si tenéis vertigo, puede que sea difícil, para mi lo fue…), o coger el teleférico para el volcán Pichincha (el cual no pudimos hacer por la niebla). Los sábados hay un mercado en Otavalo, a unas dos horas que al parecer está muy muy bien, aunque no  pudimos comprobarlo, pero eso es otra historia. Y por supuesto, en Ecuador está el Ecuador; la Mitad del Mundo.

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Monumento a la Mitad del Mundo

Desde luego, en Ecuador no os vais a aburrir y tampoco vais a gastar un dineral. Por lo general, los almuerzos (menús del día) varían entre los 2 y 3,50$. El hospedaje puede estar entre los 5 y los 12,50$ la noche (12,50 ha sido lo que más pagamos y porque era carnaval). Y en general, las actividades turísticas son asequibles. Moverse es super fácil, todo se hace en autobús, y está todo bastante bien conectado, no hace falta reservar nada, simplemente llegas a la terminal terrestre (estación de autobús) del sitio, y por ahí preguntas. Además, es bastante barato también. La gente siempre está dispuesta a ayudarte, ya sea para encontrar alojamiento, ayudarte con alguna dirección o simplemente darte conversación en el autobús.

Si estáis planeando las próximas vacaciones, Ecuador es un destino más que ideal 🙂 Le hemos cogido muchísimo cariño ❤ Para saber más sobre la comida de Ecuador, echadle un vistazo a la sección del blog de Masticando Madrid, allí Ana cuenta todo lo que queráis saber ¡incluidas recomendaciones en cada ciudad!

Aquí podéis ver el último vídeo, Quito:

 

¡Hasta la próxima!

Cumplir años lejos de casa

Los cumpleaños son fechas de felicidad, euforia, celebración o puede que tristeza porque cumples uno más y eso por supuesto es terrible, porque hacerse mayor significa arrugas, problemas y responsabilidades, pero en general siguen siendo días que celebrar.  Sin embargo, este año, me ha invadido un sentimiento distinto; soledad. Así dicho suena muy grave, y fatal, pero no os asustéis.

Hay cierta presión social a que ese día sea enorme. Se pasa con los tuyos, rodeada de amor, inundada en WhatsApps y felicitaciones en Facebook, se soplan las velas y se piden deseos. Este año ha sido distinto porque estaba muy lejos de casa y de los míos. Eso se nota. Hace un par de años, lo pasé en Nottingham, y tuve un sentimiento similar; no solo no estaba en casa, si no que mis amigos habían hecho planes para el fin de semana sin darse cuenta. Por eso Alix decidió llevarme a Norwich, y me encantó, pero eran sus amigos, y realmente, les daba igual.

Es curioso como en este tipo de situaciones que desde tan pequeños estamos acostumbrados a celebrarlos rodeados de gente, y cuando eso nos falta, yo por lo menos no pude evitar sentirme un poco sola. No me mal entendáis, pasé un día genial, y Ana hizo todo lo posible porque todo fuese estupendo (gracias mona, te requetequiero y echo de menos), pero también fue el día en el que se volvía a España, lo cual ya fue triste de por si. A pesar de haberlo celebrado el fin de semana, y haber bebido y bailado salsa con desconocidos y cantar Despacito con todo mi alma con Ana, Stephen y nuestros anfitriones de Couchsurfung y sus amigos, el hecho de que el propio día no estuviese cerca de todos los que más me importan consiguió que me inundase ese extraño sentimiento.

Sin embargo, después de haber hablado con un par de amigas a las que echo mucho de menos y que ambas me dijeran, en esencia, lo mismo, llegué a la conclusión que es normal sentirse así cuando se está fuera de casa, es uno de los gajes que tiene viajar o vivir fuera, pero se que la gente importante para mi, está aquí o ahí o donde sea pero puedo contar con ellos.

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Ana y yo en mi cumpleaños en la basílica de Quito

 

¡Felices 23!

Cuenca, Ecuador.

Por fin, por fin, por fin, por fin dejábamos la playa. Sí, ya se lo que estáis pensando, pero después de un mes, no podíamos aguantar más el calor sofocante de la costa, y aun menos a los mosquitos. El siguiente destino; Cuenca. Al principio nos sonaba rarísimo hablar de Cuenca y que no fuese España, pero a estas alturas ya ningún nombre nos asombra.

Llegamos bien entrada la noche, pero no era muy importante porque nuestro anfitrión de Couchsurfing salía del trabajo a las 11. Tuvimos que hacer transbordo en Guayaquil, y nos pasamos a visitar a Kevin un ratito. Pero eso significó que se nos hizo de noche, y la carretera se las traía…  Al parecer íbamos cruzando las montañas del Parque Nacional de Cajas y era noche cerrada… Fantástico.

Cuenca ha sido hands down, nuestra parada favorita. Entonces no lo sabíamos pero todo lo que tiene esta ciudad que ofrecer es pura magia. El primer día salimos a explorar con Felipe, mientras nos hablaba del pasado colonial. Paseamos por la Catedral Nueva, y la de San Blas, que era la iglesia que señalaba el fin de la ciudad, bajamos al río y deambulamos portada rincón. Conocimos a los amigos de Felipe y por la noche subimos al Turi, un mirador desde el que se ve toda la ciudad.

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Jonnathan y Ana en la Catedral

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Desde el Turi

Por la noche, fuimos a tomar, como dicen aquí en lugar de beber. Había que aprovechar porque el fin de semana había ley seca por las elecciones. Al parecer, mucha gente votaba borracha por lo que ahora el fin de semana de elecciones está prohibido beber y comprar alcohol. SI ERES MI MADRE DEJA DE LEER A PARTIR DE AQUÍ. NO HAY NADA QUE VER. Probamos un brebaje terrible, Ferrari, lo llaman. El horror. El nombre viene a que en seguida te pillas una buena coroza. Te lo sirven en una copa como de daiquiri y lo llenan de no se qué alcoholes, también en otros dos vasos de chupito largo, ponen otros dos licores. Lo flamean, metes la pajita (o el sorbete) y te lo bebes de una tirada mientras la camarera lo va rellenando con los vasos de chupito. Os lo podéis imaginar.

Parque Nacional de Cajas

Nos levantamos con chuchaqui (resaca), pero como buenas turistas que somos, apechugamos y pusimos rumbo al Parque Nacional de Cajas, y dejadme que os diga que mereció la pena. Sin embargo, en ese momento, nos dábamos cuenta de que, efectivamente, la temperatura de la costa no se veía por ninguna parte, y con solo unos leggings, pero todas las capas posibles puestas nos arrepentimos de no haber planeado mejor para las temperaturas frías.

Debido al tiempo (niebla y lluvia), no nos dejaron hacer mucho más que rodear la Laguna Toreadora, pero aunque solo se pueda hacer eso, parece otro mundo. Allí, además, probamos el logro de papa; una especie de puré con papas, queso, aguacate y no se que más pero que nos calentó hasta el alma y estaba realmente delicioso.

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Locro de papa

Pero lo mejor de todo, fue al salir de la cafetería… ¡¡estábamos rodeadas de llamas!! O alpacas… no controlo mucho la diferencia entre ellas, pero qué más da. La emoción era palpable.

 

Ruinas de Ingapirca

Creo que alguien me dijo, o leí en algún blog que si no ibas a Machu Pichu en Perú, una buena y más barata alternativa para ver antiguas ruinas era Ingapirca en Ecuador. Bueno, desde aquí os digo que no.

Fuimos en domingo, el domingo de las elecciones, por lo que no había autobuses directos desde Cuenca (si vas directamente se tarda unas dos horas). Por lo que fuimos a Cañar, y allí cogimos otro que nos dejó en el pueblo y anduvimos hasta las ruinas. En total tardamos más de 3 horas. Y tienes que ir con guía, pero no se paga aparte, creo que la entrada son unos 2$. Y la verdad, es imposible perderse porque hay un sendero, y todo viene explicado en tablas de madera pero oh well.

 

Ingapirca en kichwa significa puerta del inca. Convivían dos comunidades; la cañarí y la inca, adoraban al sol y celebraban las cosechas. Y bueno, es muy interesante, pero es bastante pequeño y no necesitas una caminata de 5 días para llegar, y tampoco te quita el aliento como me imagino que debe ser estar en Machu Pichu.

 

En Cuenca, aprovechamos para relajarnos, beber mucho café y chocolate y disfrutar de la compañía de Felipe y sus amigos. Nos vino bien estar unos días asentadas en un sitio tan bonito…Así se acababa nuestro tiempo en Cuenca, una ciudad absolutamente preciosa, con una clara huella española. Si estáis en Ecuador no os lo podéis perder.

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Podéis ver como fue aquí:

Seguiremos informando!