Explorando La Paz

Ahhh La Paz, una ciudad súper interesante. La capital más alta del mundo a unos 3625msnm, aunque Potosí está a más altitud. La primera impresión es una mezcla entre incredulidad (si vienes de el aeropuerto o si el autobús pasa por El Alto), para poco más tarde pensar que es caótica y disfuncial. Nada más lejos de la realidad, una vez que te adentras en sus calles, te das cuenta de que es muy cosmopolita, con un poco de cada parte del mundo, y no se puede negar su belleza cuando subas al teleférico.

Parece que no hay mucho que hacer, y en general, la gente no le suele dedicar demasiado, sin embargo, si buscas bien, te va a faltar el tiempo. Yo llegué por la tarde noche, por lo que ese día me dediqué a llegar al hostal, cenar y dormir. Pero al día siguiente decidí hacer el Free Walking Tour. El Tour empieza en la Plaza de San Pedro, cuyo nombre oficial es Plaza de Sucre, pero nadie la conoce así. En esta plaza, se encuentra la famosa cárcel de San Pedro, una prisión muy particular. No quiero espoilear mucho, por eso os recomiendo el libro Marching Powder de Rusty Young. No está en español porque al parecer Brad Pitt ha comprado los derechos para hacer una peli, y no lo queire en español… pero bueno, si entendéis inglés es muy interesante para ver como funciona la prisión. Es la historia real de un inglés al que pillaron pasando cocaína en Bolivia y le metieron en esa prisión.

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Una calle de La Paz

Recorrimos el mercado Rodríguez y el de las brujas. El primero es un mercado de la calle, donde se compra de todo. En La Paz apenas hay supermercados porque todo se encuentra en la calle. El segundo, es el antiguo mercado de las brujas aymara, ahora más turistificado, pero aun así interesante. Venden fetos de llamas y alpacas (tienen que haber muerto de forma natural), y todo tipo de pociones.

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Comienzo del mercado de las brujas

Fuimos a la plaza de San Francisco, donde está la iglesia del mismo nombre. Es muy curioso porque en la fachada de esta hay relieves de Pachamama y otros dioses aymara, en un intento de los españoles de convencer a los nativos de que fueran a misa. Dentro también hay espejos que los españoles colocaron, contando a la gente que así podían ver su alma…

En esta plaza está el mercado Lanza. El mejor para tomarse un jugo y un almuerzo a un precio muy razonable.

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Fachada de la iglesia de San Francisco

Terminamos el tour en la Plaza Murillo, la plaza donde se encuentra el Palacio Judicial y el Presidencial. En el centro de la plaza, hay un un busto de Gualberto Villaroel, un presidente que tras un malentendido fue brutalmente asesinado en el ahora conocido como Palacio Quemado, y colgado de una farola de la plaza. Poco más tarde, los ciudadanos se dieron cuenta de que mataron al buen presidente, y erigieron un busto conmemorandolo. Hay que tener cuidado con los paceños…

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Fachada del Palacio Quemado

Por la tarde, fui, junto con los tres chicos vascos que conocí en el tour, al mirador Laikakota del Parque Metropolitano para ver el atardecer, pero cuando llegamos estaba cerrado… aun así la luz a esa hora era preciosa, y pudimos sacar algunas fotos muy bonitas desde el puente que conecta la ciudad con el parque.

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Vistas de La Paz desde el Parque Metropolitano

Subir al teléferico es obligatorio. Cerca del barrio de Sopocachi (el barrio donde mestaba alojando yo) está la línea amarilla, que te lleva al barrio de San Miguel, que al parecer es muy bonito, pero cuando fui estaba en mantenimiento. Cogí la línea roja hacia El Alto. Fue una pasada. Además, recorrer esa zona es toda una aventura. Es la segunda ciudad más poblada de Bolivia. Efectivamente, aunque pertenece al área metropolitana de La Paz, es una ciudad independiente.

 

Fuera de la ciudad hay montones de excursiones. Está el Chalcataya, que antiguamente era la pista de esquí más alta, y es un buen aclimatamiento para subir al Huayna Potosí. No se si puede ir por libre, pero hay tours que combinan esta montaña con el Valle de la Luna. A este último sí se puede ir por libre, solo hay que coger unos autobuses amarillos en la calle principal (Prado) que vayan a Mallasa. El sitio lo ves en menos de una hora y cuesta 15 bolivianos (apenas 3€). Es muy interesante, las formaciones rocosas son muy chulas, pero es curioso porque está como en mitad de un barrio bastante elegante de La Paz, entonces ves las casas desde el valle.

 

También está el Valle de las Ánimas en esa dirección. Mucho más impresionante y grande que el anterior. Desde la ciudad, hay que coger unos autobuses amarillos que salen desde el Mercado Camacho, y una vez en Chasquipampa (la última parada), coger unas furgonetas que ponen UNI. Es muy impresionante, pero tened cuidado cuando vayáis, y mejor ir con gente. Yo me perdí y bueno, tuve un problemilla con unos perros locales…

 

Y actividad obligatoria; la carretera de la muerte. Sí, es algo caro, pero merece la pena un millón de veces. Yo lo hice con Barracuda, y me costó unos $90. Hay otras empresas más baratas como Madness o Ride On, o más caras (Gravity). Todo depende de vuestro presupuesto, pero aseguraos de que os dan ropa adecuada, que las bicis están en buen estado y la suspensión funciona bien. El casco con Barracuda es normal, con otras empresas es de toda la cara tipo de moto, pero entonces no puedes oír cuando otros ciclistas adelantan o a los coches. Con Barracuda nos dieron agua ilimitada, snacks, nos hacían fotos durante todo el camino, y al final nos llevaron a una piscina donde también pudimos ducharnos y disfrutar de una comida tipo buffet, y por supuesto una camiseta de haber sobrevivido la carretera. No da tanto miedo como anticipa su nombre, aunque sí que hay alguna parte algo más peliaguda, y hay que ir con cuidado, pero no tiene por qué pasar nada.

Y para terminar, si sois unos buenos frikis de Harry Potter como yo, que no falte la visita al Avada Kadavra Café Tenebroso. Efectivamente, señores. En pleno barrio Sopocachi, se encuentra esté restaurante/cafetería con temática de Harry Potter. Yo pedí un brownie y un jugo de calabaza y fue regular, pero la decoración se la han currado. Está siempre lleno, así que igual hay que esperar, pero es divertido. Puedes incluso hacerte fotos con unas túnicas que tienen. El baño fue lo mejor.

 

 

Espero que os sirva si venís a esta ciudad tan curiosa,

¡Hasta la próxima!

 

 

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Entrando en Bolivia; el lago Titicaca

¡Ya estoy en Bolivia! Qué diferencia con todo lo que había visto hasta ahora… Pero bueno, al grano; llegar al lago Titicaca (que, por cierto, tiene la misma dimensión que la Comunidad de Madrid ¡qué locura!) fue relativamente impresionante en Perú, por la cosa esta que dicen que es el “lago navegable más alto del mundo”, sin embargo, llegas a Puno y dices “ah… pues ok”. Sin embargo, en Copacabana, Bolivia, el lago es otra historia.

Si tenéis tiempo, cruzad la frontera, se tarda apenas unas 3 horas, y aunque les duela a los peruanos, el Titicaca boliviano es más impresionante. Compré mi pasaje de autobús para Copacabana desde Puno para las 6 de la mañana del día siguiente. Preguntad precios en el terminal antes de comprar; aprended de mis errores. Me vinieron a buscar al terminal muy rápido y no pude preguntar, luego paseando por la calle en Puno vi una agencia y la señora me prometió recogerme en el hostal y que por eso era algo más caro. Me pareció razonable. Bueno, pues no. Pero eso es una historia que me enerva, así que me la voy a saltar. Continuemos.

Es mejor de todas formas salir temprano de Puno porque al parecer la frontera se llena y puede ser algo tedioso. En el autobús te dan una hojita para rellenar que luego tienes que dar en migración. Antes de llegar a la frontera, a unas dos horas de Puno, paramos en una casa de cambio. Yo decidí cambiar solo unos 150 soles a bolivianos, porque no me fiaba, y cambiar el resto en Copacabana o en La Paz, en un sitio donde tuviese escrito el tipo de cambio (ahora mismo está a unos 8.1 bolivianos por euro). En cinco minutos llegamos al final (o principio) de Perú. Hay que ir a la oficina, entregar la tarjeta que te dan al entrar al país, te sellan el pasaporte y luego caminas 200 metros hasta Bolivia y repites el procedimiento. Entregas el papel, te dan una parte que hay que guardar hasta el final, sin preguntas te sellan el pasaporte y voi-là! Ya estás legalmente en Bolivia.

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Atardecer en la playa de Copacabana, guardada por los dioses del Sol y la Luna

Volvimos al autobús y en 10 minutos llegamos a Copacabana. Es un pueblito pequeño, con un curioso balance entre el turismo y la cultura local, según más cerca estés del lago. Hay infinidad de hospedajes que varían en calidad y precio, así que no hace falta reservar nada. Después de pasear un rato y preguntar en tres sitios, me decanté por el Hostal Academia. No fue la mejor opción, pero tuve habitación privada (con cama doble) por 40 bolivianos (menos de 5€), agua caliente (que es mucho pedir) y wifi (que también).

El resto del día lo pasé deambulando por el pueblo. Hay una catedral y un mirador, a los que iba a ir y al final no fui (cosas de la vida), pero aun así me pude entretener. Hay una playita muy mona, donde se puede almorzar muy barato si no se quiere ir a los restaurantes turísticos. También decidí qué hacer al día siguiente. No sabía si coger un tour a la Isla del Sol y de la Luna y volver por la tarde a Copacabana, o si pasar la noche, ya que la parte norte de la isla estaba cerrada desde hacía cinco meses. Al final decidí pasar la noche en la Isla del Sol y decidir el ir a la Isla de la Luna al día siguiente desde la del Sol. El pasaje en barco son 20 bolivianos, pero si sois más de uno lo podéis comprar por menos. Tarda al rededor de una hora y media en llegar a Yumaní (la comunidad del sur de la isla).

En aymara, la isla es la que dio nombre al lago; Titi’kaka significa puma de piedra.  Se dice que el primer inca, Manco Cápac, es el hijo de las deidades del sol y la luna (las dos islas del lago).

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Yo siendo una topa

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Vistas desde uno de los miradores

Decidí ir en el barco de las 13:30, pero me arrepentí en cuanto llegué. Aunque paséis la noche, creo que compensa ir en el de las 8:30 de la mañana, a pesar del madrugón. Es una isla preciosa y se pueden hacer montones de caminatas, incluso solo en la parte sur. Es mejor que dejéis las mochilas grandes en Copacabana, ya que nada más llegar al puerto hay que subir unas escaleras bastante empinadas. A medio camino está la Fuente del Inca, donde se puede rellenar las botellas. En el pueblo hay montones de hospedajes, yo después de caminar un rato me decanté por el Hostal Puerta del Sol, tiene unas vistas impresionantes, estaba muy limpio y era muy acogedor.  Una vez dejé mis cosas, me fui a explorar un poco. Desde mi hostal se veía otra playa y otro puerto, pero no me apetecía subir una vez abajo, así que me fui hacia uno de los miradores, atravesando un pequeño bosque de eucaliptos. Alucinar es poco. Era como estar en el Cap Formentor en Mallorca (con algo más de frio). El agua del lago es de un azul tan intenso como el Mediterráneo, y es tan grande que no ves el final.

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Después de pasar un rato haciendo el canelo, aprovechando que estaba sola en el mirador, fui caminando hacia el otro, siguiendo la parte alta de la isla para ver el atardecer. El cual, me impresionó aun más de lo que ya estaba. Allí me encontré con Andrea y Justine, dos chicas francesas que conocí en Aguas Calientes. Estuvimos ahí hablando y esperando al atardecer hasta que se hizo de noche.

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Atardecer en la Isla del Sol

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El otro lado

Como luego ya era de noche y no estaba segura si sabría volver a mi hostal, preferí volverme a tiempo y cenar ahí la comida que me había traído y leer en la cama hasta que llegase el sueño.

No se por qué tenía la sensación de que mi hostal estaba muy lejos del puerto de Yumaní, supongo que fue porque tardé en encontrarlo y caminé bastante por la isla con la mochila. Pero madrugué pensando que tardaría bastante en llegar, pero no tarde ni veinte minutos. Tenía una hora y media que matar, así que desayuné en el hotel del puerto y robé un poco de wifi.

Poco después de llegar a Copacabana, cogí un autobús en la plaza con dirección a La Paz. El viaje son unas 4 horas, más o menos, sobretodo porque hay un momento del viaje, en el que todo el mundo se tiene que bajar, y comprar un pasaje de barco por 2 bolivianos. Mientras nosotros cruzamos el lago en un barquito a motor, al bus lo suben a una plataforma para que cruce también. Me pareció super gracioso ver un autobus enorme en esas tablas de madera surcando el lago ja,ja,ja, Luego hay que esperarlo durante un rato.

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Los autobuses cruzando el lago en las plataformas de madera

Por fin, cerca de las 6, llegamos a La Paz. Fui directa al hostal, y no salí hasta el día siguiente. Pero eso, para otra entrada. Espero que os guste u os sirva, y que os animéis a cruzar a este lado del lago si estáis por la zona.

 

¡Hasta la próxima!

 

El sur de Perú

En la última entrada os hablé sobre la mitad norte de este enorme país, hoy os vengo a contar sobre la sur. La más visitada sí, pero por una razón. Si contáis con un mes o menos de vacaciones, os recomiendo centraros solo en el sur; todo es más accesible, las distancias son más cortas y efectivamente, está Macchu Picchu.

  • Lima: La capital, y seguramente la ciudad menos interesante de todo Perú, pero es muy probable que voléis hasta aquí, así que ya que estáis ¿por qué no dedicarle unos días? Lo mejor que podéis hacer es explotar la oferta gastronómica. Se come muy, muy bien y hay mil opciones, pero a precio casi europeo. El barrio de Miraflores es donde ocurre todo, repleto de restaurantes, bares y discotecas coronado por el Parque Kennedy; un parque municipal ¡lleno de gatos!

Hay una playa, y un parque en el malecón que se llama Parque del Amor. En el faro, hay clases de yoga gratis casi todos los días, los domingos con música en directo. Por otro lado, el barrio de Barranco es otro mundo, parece que ya no estás en una ciudad. Sino en un sitio bohemio lleno de cafeterías, librerías y muy tranquilo. También hay distintas huacas (montañas sagradas) repartidas por la ciudad. El centro es algo más peligroso, y un poco lejos, lo mejor es hacer un Free Walking Tour.

  • Paracas: Un pequeño (enano) pueblo en la playa, pero de nuevo, si vais durante los meses de julio y agosto, hace bastante frío como para meterse en el agua. Se puede hacer un tour a las Islas Ballestas, pero están protegidas por lo que no se puede salir del barco. Lo mejor para explorar la Reserva Nacional es alquilar bicicletas y recorrerla a pedales. Es una pasada, y lo vais a disfrutar mucho más que si hacéis un tour en autobús. Se ven flamencos, pingüinos, y todo tipo de aves. Llevad la comida ya preparada, porque los tres restaurantes que hay, son carísimos.

Cerca está la localidad de Pisco, lugar que da nombre a la bebida nacional; pisco sour, pero los tours sobre el pisco se hacen un poco más al sur, en Ica.

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En la Reserva Nacional de Paracas

  • Ica y Huacachina: De Paracas a Ica, apenas hay un par de horas. No se bien como es Ica porque yo opté por ir directamente a Huacachina, un pequeño pueblo puramente turístico construido en un oasis a la entrada de un desierto inmenso. Y cuando digo desierto, me refiero a uno con enormes dunas de arena fina. Una noche es más que suficiente para que os de tiempo a coger un buggie y hacer sandboarding. Yo soy una cagueta y me dio muchísimo miedo, el coche va por las dunas y parece que estás en una montaña rusa, sobre todo si os sentáis atrás. Por la mañana, subid la duna grande que hay detrás del pueblo, cuesta pero es divertidísimo bajar corriendo (o rodando).

En Ica es dónde se hacen los tours del pisco. No os puedo ayudar porque no lo hice… pero hay montón de información una vez allí o incluso en Paracas.

  • Nasca: Unas líneas en la tierra con distintos dibujos que aparentemente nadie sabe de dónde han salido. Supuestamente, también encontraron una especie de ser con tres dedos y un cráneo muy grande y sin fisuras… Todo muy Cuarto Milenio.  Para ver bien las líneas, hay que contratar un vuelo, si no, las ves desde una torre pero no merece mucho la pena (eso dice la gente que lo ha hecho, pero no sé, yo no fui).
  • Arequipa: Seguramente, la ciudad del sur que más me ha gustado. El hogar de Vargas Llosa. Muy colonial, y llena de vida, pero con el ambiente de ciudad pequeña, a pesar de ser  la segunda ciudad más importante de Perú. Recomiendo pasar unos días relajados, explorando los rincones y paseando por sus recovecos. Visitad el museo de Juanita, una princesa inca que fue sacrificada y momificada y está casi intacta. Si os gustan los edificios religiosos, hay un convento que al parecer es precioso pero la entrada son 40 soles. Y si tenéis ánimos de caminar, el Cañón del Colca es obligatorio. Hacedlo en tres días en vez de dos para poder ir más relajados y poder disfrutar la segunda noche del lodge, que tiene piscina. Y hay que reponer fuerzas para la caminata del último día que es a las 5 de la mañana y todo cuesta arriba. Se caminan unas 3-4 horas al día y las vistas no dejan de impresionar ni un solo minuto.
  • Cusco: La capital imperial. Todo lo que hay que ver en la ciudad está en el centro. Toda esta zona a pesar de ser muy turística, no da para nada esa sensación. Por favor, id a comer a Green Point, seáis o no veganos, no he comido mejor en todo el viaje. Es algo caro, pero merece la pena. De nada.

Alrededor de Cusco también hay muchísimas cosas; id a pasar una noche o el día a Pisac, un pequeño pueblo en el Valle Sagrado, y haced ahí todas las compras de souvenirs. Todo el pueblo es un mercado de artesanías. Si queréis pasar la mañana no muy lejos, las salineras de Maras son una buena opción. Por cierto, hay un pasaje turístico que podéis comprar para todas las ruinas cerca de Cusco. No sé cuánto vale, pero merece la pena ya que individualmente son muy caras.

La montaña de siete colores es una pasada Hay  que madrugar mucho, hace mucho frío y te pasas la mayor parte del día en un autobús, pero en la vida había visto algo así. Llevad capas porque llegáis a los 5100m de altura. Esto es mejor ir en tour porque la carretera tiene tela y no creo que el transporte público llegue hasta allá.

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Montaña de siete colores a 5100msnm

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Salineras de Maras

Y por supuesto, el rey: Macchu Picchu. Si tenéis tiempo y os gusta el senderismo, haced un trek de varios días (el Salkantay es muy buena opción). Si no, hacedlo por libre ¡¡NO CONTRATEIS UN TOUR!! Sobretodo en esta época (la organización es terrible y pagáis de más). Yo lo hice pensando que conocería a gente y fue un caos absoluto. Si queréis, os cuento como hacerlo por libre, es muy fácil. Merece la pena, os ahorráis un dinero y podéis ir con tranquilidad.

  • Puno: La parte peruana del lago Titicaca (que no falte su coletilla: “el lago navegable más alto del mundo”). No tiene mucho, es sin más, una ciudad normal. Si podéis, pasad a Copacabana, el lado Boliviano (está a unas 3 horas), y si no, hay distintos tours a las islas flotantes. Yo hice uno de medio día a Uros, y meh, son unas islas artificiales hechas con totora, un junco que crece ahí, pero está todo muy escenificado. Parece un parque temático. No se como serán las Islas de Amantí y Taquile, pero en esas se puede pasar la noche por lo que serán más interesantes y son islas naturales.

Como veis, en el sur tampoco os vais a aburrir y es bueno dedicarle su tiempo. Pero creo que si solo tuviese dos o tres semanas, en Lima solo pasaría un par de días, otros dos en Paracas, uno en Huacahina, y el resto entre Arequipa y Cusco, y si sobra tiempo el Titicaca. En el sur, hay mucho más turismo, y es todo un poco más caro, pero sigue siendo barato. Por cierto, el 28 de julio es la fiesta de la independencia en Perú, y será más difícil encontrar alojamiento ¡planead con tiempo!

Espero que os sirva de ayuda!

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Yo siendo una topa en las dunas con Tequila, la perrita del hostal que no se despegaba de nosotros

¡Hasta la próxima!

El norte de Perú

No es novedad que Perú es uno de los mayores destinos turísticos en la actualidad, y es que es un país que ofrece infinidad de atractivos. Sin embargo, la mayoría de los visitantes se quedan en el sur, perdiéndose la mitad del país. No es tan raro teniendo en cuenta que Macchu Picchu es lo que más turismo atrae, y normalmente la gente apenas se puede tomar un mes de vacaciones, con suerte. Del sur hablaré en otra entrada que también da para rato, pero hoy quería darle un poco de amor al norte, que desde luego se lo merece.

Si tenéis más de un mes y podéis, yo recomiendo visitar el norte. Yo llegué a Perú el 3 de junio (bueno, ese día me subí al barco en Leticia, Colombia), y ayer (1 de agosto) crucé la frontera a Bolivia. Pero más o menos, este es el recorrido que hice yo en aproximadamente un mes en el norte.

  • Iquitos: Es la ciudad más grande de Perú en el Amazonas, y la más grande también que no está conectada por tierra con otra ciudad (solo un pueblito, Nauta, desde el que salen los barcos “rápidos” a Yurimaguas). Pasé tres noches y dos noches en un tour por el Amazonas. Hay mucho que hacer, hace mucho calor, poca agua, mal internet y un tráfico de locos, pero aun así, merece la pena si tenéis o bien un presupuesto más alto para volar, o más días para llegar en barco.

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  • Tarapoto: Solo estuve de paso, llegamos de Yurimaguas que es un pueblito sin mucho que ofrecer y en seguida cogimos un colectivo a Chachpoyas, sin embargo, al parecer s{i que hay distintas cosas que hacer de las que no puedo hablar ja,ja.
  • Chachapoyas: Sí, lo sé. El nombrecito se las trae pero llega un momento en el que suen hasta normal. Me pareció muy curioso que esta región se llame Amazonas y la de Iquitos Loreto, cuando Iquitos está en pleno río Amazonas, pero bueno. Como diría Calle 13: hay tantas preguntas y pocas respuestas. Ha sido uno de mis sitios favoritos de Perú. Callecitas de piedra, casitas de fachadas blancas, rodeado de montañas y una atmósfera a pueblo tranquilo y seguro. Se puede visitar Kuelap, una ciudad en ruinas pre inca, montarse en el único teleférico de Perú, hacer una caminata a Gohta; la tercera cascada más alta de Sudamérica con 700m de altura y visitar unos miradores increíbles.
  • Cajamarca: Sitio ideal para alejarse del “beaten path”. Ahora, el autobús entre Chachapoyas y esta ciudad se las trae. Son unas 12h si no recuerdo mal, por eso decidí ir de noche, y la verdad, no sé qué hubiese sido mejor. Una carretera sin asfaltar, de un solo carril, por las montañas, y cada vez que venía otro bus o camión de frente teníamos que recular. Lo bueno es que de noche no ves mucho lo que pasa, pero da más miedo por la falta de visibilidad (del conductor vaya, que tampoco paró en todo el trayecto), de día ese problema no existe, pero la que lo ves eres tú.

Es una ciudad bonita y tranquila, rodeada de sitios arqueológicos, y alejada del turismo. Hay mucha vida en la calle y mucha variedad de restaurantes. Yo solo pude estar un día y fui a los Baños del Inca, lo cual os digo desde aquí que no vayáis, que es un poco guarrada. Pero hay mucho más y una vive y aprende.

  • Cajabamba y el valle de Iscocucho: Esto sí que está alejado de los turistas. A medio camino entre Cajamarca y Trujillo. Hice un voluntariado que terminó siendo un fracaso y me fui de ahí una semana antes de lo establecido.

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  • Trujillo y Huanchaco: ¡La costa por fin! Trujillo es una pequeña ciudad colonial con un plaza de armas preciosa, Huanchaco es un pueblito playero a tan solo media hora, se puede ir en autobuses locales por 3 soles, si no recuerdo mal. Yo recomiendo quedaros en Huanchaco, que aunque es más pequeño, tiene es ambiente playero tan relajado. Además, hay muchísimas cafeterías y restaurantes vegetarianos, clases de yoga y surf. Qué felicidad. No pisaba la playa desde que dejé Cartagena hacía ya casi un mes. Peeero, era invierno y hacía demasiado frío para meterse en el mar. Aquí principalmente están las ruinas de Chan Chan, a medio camino entre Huanchaco y Trujillo y las Huacas del Sol y de la Luna, todo ruinas pre incas.

Si venís por Ecuador (o vais en esa dirección), Máncora dicen que está muy bien, al parecer es la perfecta combinación entre fiesta y relajación. También, un chico que conocí en Chachapoyas había vivido en Tumbes, y decía que aunque Tumbes no tenía mucho que ofrecer, las playas de alrededor eran preciosas.

  • Huaraz: Este sitio es para los amantes de la escalada y el senderismo. Un consejito, si venís de Huanchaco (o de Lima, ya que ésta también está al nivel del mar), no vayáis a la montaña ese mismo día, y el siguiente igual tampoco. Esperad un poco a que vuestro cuerpo se aclimate a la altura. Creedme que se nota. Es posible que el mismo día que llegué me fui con las dos chicas que conocí en el voluntariado a la laguna Huilcacocha y es posible que tardásemos el doble en llegar porque nos ahogábamos. Dos días más tarde, fuimos a la Laguna 69, una impresionante laguna entre nevados de un azul tan turquesa como mi chaqueta de Quechua. Esto lo podéis hacer o bien en el día (igual es mejor alojaros en Caraz, y así no tenéis que levantaros a las 4 de la mañana), o hacer un senderismo de tres días; el Santa Cruz trek. Y si no tenéis límite de tiempo, en Huaraz no os vais a cansar de montaña.

Mi siguiente parada fue Lima, pero me la guardo para cuando hable del sur de Perú.

La verdad que merece la pena recorrer el país entero si tenéis tiempo porque es una auténtica pasada. El norte además, está menos explorado y explotado, así que aunque sigue habiendo turismo, no es agobiante y la cultura de los sitios está mínimamente intacta. También es mucho más barato, desde la comida hasta el transporte, por no hablar del alojamiento.

Perú es enorme y es imposible verlo todo, las distancias entre los sitios son larguísimas, sobre todo en esta mitad del país, donde entre sitio y sitio hay por lo menos 8 horas en autobús. Bueno, en kms no es tanto, pero vas atravesando la montaña. Sin embargo, no os asustéis, pues en general los autobuses están muy bien. Los billetes se pueden comprar por internet (en Ecuador te plantabas en el terminal y en cuanto oías que alguien gritaba tu destino, corrías a subirte), en los servicios nocturnos los asientos son cama o semi cama, y hay veces que dan de comer, almohadas y mantas, y las maletas se “facturan”; les ponen una etiqueta y a ti te dan otra con la que la recoges.

Espero que os haya gustado y si algún día pensáis en ir a Perú, consideréis el dedicarle más tiempo.

¡Hasta la próxima!

 

Conviviendo con una comunidad en el Amazonas

¡Hola de nuevo! Agh, cada vez que me hace más difícil encontrar tiempo e internet para sentarme a escribir y publicar entradas… Pero aquí estoy de vuelta. Bueno, os conté que recorrí una parte del Amazonas en barco carguero para cruzar a Perú, pues ahora os voy a contar como fue nuestra (fui con Luise, la chica alemana que conocí en el barco) experiencia en la selva.

Tanto en Leticia en Colombia, como Manaus en Brasil, Iquitos en Perú e incluso Puyo en Ecuador se pueden hacer diferentes tours por la selva amazónica. En Ecuador no tuvimos la oportunidad, y en Leticia no me convenció mucho por lo que me contaron los chicos de mi hostal. Principalmente, porque les llevaron a un sitio (Puerto Alegría si no recuerdo mal), donde tienen animales salvajes en cautividad para que te hagas una foto con ellos. Muy mal. Así que cuando llegamos a Perú investigamos un poco las opciones.

Nos alojamos en el Green Track Hostel, que no es el mejor, pero hay un buen ambiente, y sobretodo, los tours que organizan ellos son muy buenos. Tienen una reserva en la selva (Reserva Tapiche), donde trabajan por la reforestación y la protección de la flora y fauna de la zona. Te alojas en un lodge durante 3/4 noches e incluye todas las comidas, duchas, cama con mosquitera, váter y todas las excursiones una vez allí. Sin embargo es muy caro (150$ al día), por lo que ese no nos lo podíamos permitir. Nos dieron otra opción; tres días con una comunidad local, sin ducha y quedándonos con la familia del guía en lugar del lodge. El total ascendía a 162€. Nos pareció razonable.

Al día siguiente a las 6 de la mañana nos subimos al barquito que tardó una hora y media en llegar a Taminchaco, el pueblo donde nos recogieron dos hombres de la comunidad. La siguiente embarcación era un bote de madera que no parecía muy estable, y dudosas y con ayuda de los señores nos subimos. Al cabo de una media hora se me ocurrió preguntar cuánto más quedaba… cuatro horas.

Hasta luego.

Otras cuatro horas sentada en esa tabla de madera… en fin, no quedaba otra así que intentamos relajarnos de la mejor manera que pudimos.

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Al llegar conocimos a Miguel, que parecía ser así como una autoridad en la comunidad y a la vez el guía. Conocimos a su familia y nos mostró nuestras camas, que estaban muy bien para nuestra sorpresa, incluso tenían su mosquitera, y nos sentó a la mesa para comer. Era muy agradable, muy curioso y cuando me preguntó mi razón por ser vegetariana la entendió perfectamente y estaba de acuerdo con mi punto de vista. Claro que hay un punto ciego que esta gente no vive, ellos solo pescan lo que van a comer en el día y el pollo y huevos que comen los crían ellos y crecen libremente. Por lo que no conocen la forma de ganadería industrial y eso.

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La comunidad El Chino. Nuestra casa es la verde. 

Por la tarde, volvimos al bote y dimos una vuelta por los distintos afluentes del Amazonas. Paramos en un punto y nos bajamos a caminar un rato hasta que vimos una pequeña familia de leoncillos; la especie de mono más pequeña ¡estaban super cerca! Ibamos muy despacio, intentando no hacer ruido para que se asomasen más.

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Un leoncillo

Cuando nos cansamos, volvimos a la casa para ver el atardecer y darnos un chapuzón/ducha en el río. Después de cenar, encendieron la televisión, y de repente el salón de la casa estaba lleno de los niños de la comunidad viendo dibujos animados. No muchos tienen tele, y menos satélite, por lo que las noches la casa de Miguel se convierte en el cine comunal.

Al día siguiente, madrugamos, y después de un buen desayuno nos pusimos en marcha. Fuimos en bote hasta otro punto de la selva. Antes de llegar ¡vimos perezosos! Vimos dos, retozando en lo alto de su arbol, tan tranquilos. De vez en cuando miraban hacia abajo con esas caritas adorables de forma inquisitiva y luego seguían a lo suyo.

Hicimos una caminata de unas 5 horas por la selva, mientras Miguel nos contaba sobre los árboles y la vegetación de la selva. Recogimos muchas semillas de huayruro, unas rojas y negras muy bonitas para hcer bisutería, vimos el árbol del cual sale el gaucho, y nos colgamos de una liana cual Tarzán. También nos habló del chullachaqui; un duendecillo malvado de la selva que toma la forma de alguien que conocemos y nos adentra en la selva para luego desaparecer y dejarnos perdidos y aturdidos. Tiene su árbol, y no se puede tocar porque entonces seguramente se te aparezca.

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Luise liderando la expedición por uno de los afluentes del Amazonas

Al volver al bote, decidimos darnos un remojón en el río para aliviar el calor y huir un poco de los mosquitos. Da igual que llevéis leggings largos, os pican igual. Hay que llevar esos de travesía, si se desmontan mejor. Nos aseguró que era totalmente seguro bañarse, que no había pirañas , ni caimanes ni nada… No era exactamente verdad como aprendimos más tarde. Obviamente, había de todo jaja.

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Esa misma tarde, nos llevó a pescar pirañas. Bueno, antes yo le había preguntado si podía hacer otra cosa, porque no estaba interesada. Por eso pasamos más tiempo caminando por la jungla. Aun así, nos llevó un ratito a que viesemos como lo hacía. Tenía unos palos delgados de madera, y un hilito colgado al final, del que pendía en anzuelo. Y ya. Nada de esas cañas modernas con bovina e hilo especial, no. Echaba la caña, esperaba unos segundos y tiraba con fuerza.

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En nuestra última mañana nos levantamos aun más pronto porque antes de volver, Miguel quiso llevarnos a ver caimanes. Por desgracia, el agua todavía estaba muy alta, y eran difíciles de ver ya que se esconden muy bien ¡pero vimos unos cuantos! Muy, muy quietos en el agua.

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Tristemente, después de almorzar llegó el momento de irnos. Regresamos al bote para el largo viaje de cuatro horas de vuelta a Taminchaco. Llegamos a Iquitos exhaustas, sucias pero súper contentas y muy felices de haber vivido la experiencia. Definitivamente mereció la pena cada sol que pagamos. Aunque la Reserva Tapiche trabaje mucho para la protección del Amazonas y su flora y fauna, en esta comunidad son muy conscientes de lo que el río y su selva significa para el resto del mundo. Solo usan madera de árboles que ya se han caido de forma natural, protejen a sus especies y solo pescan lo que van a consumir, y nos pareció que la experiencia es un poco más “auténtica” que alojándonos en lodges, aunque un poco más incómoda jaja.

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Si estáis en Iquitos y queréis ir a la selva pero un presupuesto limitado o no mucho tiempo, entonces recomiendo ir al Green Track Hostel a preguntar por Miguel y su comunidad, aunque no os alojéis ahí.

Fue una experiencia increíble el poder ver tantos animales en su habitat natural, y nos lo pasamos genial. Aunque si sois vegetarianos como yo, preparáos para comer muchísimos huevos. Después de esa experiencia, pasé como un mes sin volver a probarlos.

 

¡Espero que os haya gustado u os ayude!

Hasta la próxima,

Vegetariana recorriendo Sudamérica ¿se puede?

Cinco meses y medio después de viaje y de haber pasado por Ecuador, Colombia y ahora (estando en) Perú puedo hablar del tema del vegetaranismo con seguridad. Parece que en Sudamérica y Latinoamérica en general se come muchísima carne, o por lo menos es lo que ocurre en estos tres países (aunque la gente que he conocido de Argentina también me han confirmado este hecho). Además, la comen para desayunar, comer y cenar, prácticamente todos los días de la semana, por lo que a simple vista, puede parecer algo complicado el viajar siendo vegetariana o vegana, pero nada es imposible. Solo se necesita convicción, ganas y saber dónde buscar.

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Frijoles, arroz blanco, ensalada y una sencilla y feliz hamburguesa de quinua con zanahora (Baños, Ecuador)

Dejé la carne y la leche de vaca hace unos tres años, el pescado hace uno y estuve unos meses intentando evitar cualquier producto que viniese de animales, otros derivados lácteos y demás. En casa, obviamente, todo es más fácil y no resulta complicado el saber qué nutrientes comes y como suplir lo que no dan los productos animales. Sin embargo, viajando he tenido que claudicar en algunos aspectos. Sudamérica es desde luego un desafío, pero se puede hacer sin morir en el intento. Voy a contaros mi experiencia, pero espero no ofender a nadie, ni de un lado ni del otro. Es un tema muy personal y ni yo juzgo a nadie, y espero que nadie me juzgue.

Pero vamos al lío; aquí (Ecuador, Colombia y Perú), al menú del día lo llaman almuerzo. Cuesta entre 1 y 4€ aprox. Suele consistir en una sopa de primero, y de segundo; arroz, frijoles, algo de ensalada, a veces yuca o patacones (plátano frito más o menos) y carne. Hasta ahora, normalmente, pregunto de qué es la sopa, hay veces que hay suerte y es de vegetales o tubérculos y otras que es de carne. Si no se ha cocinado con carne, pregunto si en el segundo plato pueden servirme el plato normal, pero sin la proteína. Casi no he tenido ningún problema para que no me pongan la carne, y en su lugar, sirven más patacones, aguacate o algo así. Otras veces, sin preguntar, pondrán un huevo frito. Yo he vuelto a tomar huevo, pero si no queréis; especificad antes que tampoco tomáis eso.

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Un menú en un restaurante vegetariano (Guayaquil, Ecuador)

En general, en la mayoría de hostales para mochileros hay cocina relativamente bien equipada, y aunque no se consuman muchas verduras, en los mercados locales abundan a precios muy baratos, por lo que podéis cocinar sin problema. Los frijoles se venden a granel. Obviamente, si cocináis no tendréis ningún problema, pero sí que es más difícil encontrar sustitutos de la carne como tofu o seitan… Igual en las tiendas naturistas (herbolarios de toda la vida), pero serán algo caros. Aunque no temáis, pues la quinua, la chía y la linaza se encuentran súper fácilmente y a unos precios que harán que queráis llevaros todas a España. Pero los frutos secos son caretes, excepto los cacahuetes (yo hago mi propia mantequilla de cacahuete y está híper rica, sin químicos ni aceite de palma).

Otra cosa cara; las leches vegetales. En Colombia a veces tenían el litro de leche de soja por unos 3€, pero no es lo normal, y de todas formas, no suele compensar, ya que nunca pasas el suficiente tiempo en un mismo sitio como para acabarla, y se pone mala por el camino. Si me quedo una semana o más, suelo comprarla. Pero la verdad es que ya me he acostumbrado a tomar el café solo (el tinto que llaman en Colombia) y los copos avena los cocino en agua en vez de leche. Sin embargo, la panela (o caña de azúcar) es muy barata, por lo que es un buen momento de dejar el azúcar refinado por algo más natural. Pero bueno, siempre podéis hacer vosotros la leche con avena, almendras, alpiste, o lo que sea. En Perú, encontré leche de soja enlatada a un precio muy normal. Me emocioné tanto que la compré sin pensar. Luego, al leer los ingredientes, casi me da algo de la cantidad de azúcar blanco que llevaba.

Os hartaréis (o no, en realidad, yo nunca podría hartarme) de tanta fruta. Hay muchísimas, o sea solo el plátano tiene como mil variedades. Por ejemplo; hay un plátano que es más grande y ese no se considera fruta, se cocina, y se divide en guineo, maduro y verde, depende de su grado de madurez. Los maduros son más dulces. El “normal”, aquí lo llaman banano, y los hay enanos que son muy dulces y otros rosas. Yo flipo. Papaya todos los días. Y qué papayas. Unas chirimoyas del tamaño de todo el continente (las grandotas se llaman guanábanas). Hay tomates de árbol (sí, el que le puso el nombre se lució), y lulos que hacen los mejores jugos después del maracuyá. Y una de mis favoritas, las granadillas. Las enseño en el vídeo de San Andrés. DELICIOSAS. Ah, y las naranjas son verdes y no se llaman verdes (no me matéis, je). Con todas estas frutas, se pueden hacer infinidad jugos y los que venden en la calle son entre 1 y 3€, pero acordaros de decir “sin azúcar”, porque le ponen muchísimo.

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Jugo de durazno (Guayaquil, Ecuador)

El queso también lo usan muchísimo, pero no hay queso como el queso Europeo, así que se puede vivir sin él sin problema, pero cuidado con el pan, porque, sobretodo en Colombia, casi todo está relleno de queso. Los buñuelos, hay empanadas, el pandebono, las almojábanas, etc. Por supuesto todo frito y súper sano. En Colombia y Ecuador también le ponen queso al chocolate caliente, pero solo si lo pedís expresamente.

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Almojábanas  (Chía, Colombia)

Un tema interesante es el de la ganadería; se ve mucha ganadería pequeña. Familias que crían ellos sus vacas, chanchos y gallinas, consumen de sus animales y lo que sobra lo venden en los mercados locales o a los vecinos, por lo que es muy distinto, ya que solo se cría lo que se consume. En la comunidad en la que nos quedamos en la selva, pescaban mucho porque no tenían ganado, pero solo pescaban lo que iban a comer en el día. Allí me ofrecieron y me lo pensé, pero en realidad no quería comer un animal aunque hubiese sido conseguido de forma sostenible y responsable.

Creo que no es tan difícil si os buscáis un poco la vida. Comer fuera a veces puede ser un poco pesado, ya que no siempre te hacen el apaño, y veces que ni se les ocurre y te preguntan “¿vegetariano? ¿como qué?”. Importante señalar que digáis siempre vegetariano, o especifiquéis todos los tipos de carne, porque a veces solo llaman carne al res y al cerdo, pero no al pollo o pescado. Lo mejor es la aplicación Happy Cow, en más de una ocasión me ha salvado y hay veces que hay sitios donde menos te lo esperas. En Colombia por ejemplo, hay una comunidad muy grande de Hare Krisnas y tienen restaurantes repartidos por todo el país. Y bueno, si cocináis vosotros, pues ningún problema.

Puedo colgar alguna recetilla también si queréis 🙂

Y si todo lo demás falla, siempre quedarán las humitas ❤

 

¡Hasta la próxima!

De Leticia a Iquitos; tres días en barco por el Amazonas

Tal cual. Y no un barco cualquiera, si no un barco carguero, para darle más romanticismo al asunto. Mientras viajaba por Colombia decidí cambiar mi ruta e ir a Perú en lugar de a Panamá. Buscando y buscando la manera de llegar a Perú desde Colombia econtré varias opciones:

  1. Volando. Hay vuelos a Lima desde casi toda Colombia, pero pueden ser algo caros. Creo que desde Leticia a Iquitos no es mucho, pero aun así se salía del presupuesto.
  2. En autobús desde Cali o Popayán recorriendo todo Ecuador. No se precio pero tarda unas 40 horas creo. La empresa es Cruz del Sur.
  3. En barco carguero.

Opté por la última. Compré un vuelo de Bogotá a Leticia, que en el mapa está en la esquinita de Colombia lindando con las ciudades de Tabatinga (Brasil) y Santa Rosa (Perú). Estuve dos noches, asegurandome que tenía todo lo que necesitaba para el barco. Hay tres tipos de barco; el lento carguero, que se demora unos 3 días, uno rápido y otro noruego aún más rápido. Apenas hay información en los barcos, o eso me pareció a mi. El rápido tarda unas 15 horas, y hay dos tipos pero no se nada sobre precios.

El primer día decidí ir a Santa Rosa a preguntar. Desde el malecón de Leticia te llevan en balsa por 3.000 pesos (1€). Al llegar, le pregunté al chico que me llevó que dónde podía preguntar.

-No hay nada que preguntar- Me contestó.

-¿Cómo?

-Sí, solo te presentas en el barco y esperas a que salga.

-Ah… O sea que he venido para nada…

-Bueno, te acerco a ver si ahora hay un barco, igual ahí te dicen algo.

Pusimos rumbo al nuevo destino. Una vez allí me dijeron que el barco costaba unos 60-80 soles (15-21€) y que saldría el sábado a las 11 de la mañana. Listo. Suficiente.

Antes de embarcar, recordad que os tienen que sellar el pasaporte, tanto de salida en Leticia (hay una oficina de inmigración en el malecón y otra en el aeropuerto), y también en Santa Rosa para entrar en Perú. Os darán una tarjetita que hay que guardar hasta salir del país porque la piden mucho en los controles. No olvidéis cambiar algo a soles para tener a mano, pero si no cambiáis en Leticia, en Iquitos hay casas de cambios y gente que te cambia en la calle (no se como de legal es eso…).

También necesitáis una hamaca si no queréis dormir en el suelo, y creedme que no queréis. Yo me arrepentí de no comprarme una en la costa porque eran más bonitas y más baratas. En Leticia venden unas muy feas por unos 5€, pero yo quería traermela a España, así que compré una azul turquesa muy bonita que me costó unos 10. Las cuerdas para la hamaca, podéis comprarlas (1€ aprox) o si no en el barco, os daran unas tiras como de los chalecos salvavidas que hacen el trabajo igualmente. Llevad también el agua que creáis necesitar.

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La fabulosa embarcación

El sábado madrugué, fui a Santa Rosa, sellaron mi pasaporte y a las 9 de la mañana llegué al barco. Señalaron a un señor para que hablase con él, asumí que era el capitán. Éste me contó que este barco no iba a Iquitos, que el mio llegaría en un par de horas que venía de Islandia.

One moment.

Cómo que Islandia.

Pero si hace frío, y van en hamacas y ¿en qué parte del mapa desemboca el Amazonas? Y joder, ¿cómo es que a Iquitos tardamos tres malditos días y a Islandia se demora dos horas?

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Yo intentando averiguar cómo iba a llegar el barco desde Islandia

Muy confusa, le expresé mis dudas al capitán, quien no parecía entenderme muy bien y me despachó diciendo que subiese a esperar a mi barco. Al poco apareció otro hombre de la tripulación a darme conversación. Le pregunté cómo es que llegaban de Islandia si eso estaba en Europa. Lo encontró tremendamente gracioso. Al parecer, es una ciudad en las orillas del Amazonas, que jsuto comparte nombre con la isla nórdica. Pues nada, ahí me quedé como una pazguata.

A todo esto ya eran más de las 11 y ahí no llegaba nada. Una hora más tarde aparecía otro ferry. Era más grande que en el que estaba, con un piso más y parecía mejor cuidado. Despidiendome del capitán que intentaba convencerme para que me quedase en su barco, subí al otro. Un chico me ayudó con la mochila y me colgó también la hamaca en la planta de arriba y fui a explorar. La planta baja del barco parecía para carga, (y de hecho más adelante, metieron vacas, cerdos y montones de gallinas) la primera y segunda estaban cerradas por paredes con ventanas, y al final de estas estaban la cocina, el bar y los baños (unos retretes con una pinta horrible y una tubería en el techo hacía las veces de ducha). La tercera parecía la más tranquila. No estaba cerrada, pero tenía unas lonas que se podían bajar si hacía frío o llovía.

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Volví a mi hamaca y conversé con el hombre que estaba a mi lado. Eran ya las 12 del mediodía y salíamos a las 11, así que extrañada le pregunté si sabía lo que pasaba. Segundo momento del día en el que hago alarde de ser una topa de remate.

-¡Pero si salimos a las 7:30 de la tarde mujer!

-¿Cómo? No, pero a mi me dijeron…

-Hago este camino muchas veces mi amor, y este barco no sale hasta las 7:30 de la tarde.

Pues nada. Como no quedaba otra, me eché una siesta maldiciendome. Unas horas más tarde, apareció en la planta una chica rubia, hablamos un rato y decidió mudarse arriba también. Luise, de Alemania. No sabéis la ilusión que me hizo conocer a otra viajera que también iba sola. No solo hizo que me sintiese mucho más segura, si no que nos entretuvimos la una a la otra durante el viaje. Éramos las únicas turistas de todo el barco, el resto todos peruanos

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Puesta de sol en el Amazonas antes de zarpar

Salimos puntuales a las 7:30 de la tarde, cuando ya era de noche. Nos dieron de cenar una taza de avena (más bien de agua con cuatro hojuelas y mucho azúcar), y nos quedamos sin pan porque ya no quedaba. A eso de la 1 de la mañana vinieron dos de la tripulación a tocar un poco los huevetes, con la linterna enchufandola en nuestras caras diciendo “buenos días, hay que pagar mi amor”. No entiendo por qué habiendo tenido toda la tarde, lo hacen por la noche cuando ya está todo el mundo en el séptimo sueño. En fin, son 70 soles, que son unos 20€ aproximados.

El desayuno nos lo llevaron a la hamaca a las 7:30. Otra taza de avena con azúcar y agua y un trozo de pan blanco. Previendo esto, las dos nos habíamos provisto de frutas y algunas verduras, por lo que pudimos comer relativamente sano a pesar de las circunstancias. El almuerzo consistió en arroz con leguumbres y un trozo de pollo que ahí se quedó. La cena fue una sopa de gallina. En ese momento me sentí muy orgullosa de mi yo del pasado porque se me ocurrió cocinar unas lentejas y llevarlas en el tupper por si la comida tenía mucha carne. Me salvaron la cena 🙂

Los días eran largos, no había nada que hacer. Leíamos, dormitábamos y escribíamos principalmente. Aprendí a hacer algunas pulseras con macramé que me enseñó Luise y hablamos con los locales, que nos contaban cosas de Iquitos, de donde parecían ser todos. Para entonces las primeras plantas estaban abarrotadas de gente, casi hacinadas, y no corría el aire. Arriba en cambio, cada vez éramos menos. También decidimos prescindir de las duchas, e ir al baño lo menos posible porque estaban realmente sucios, y el fin de la ducha es acabar más limpio…

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La planta de arriba. La hamaca turquesa detrás del señor es la mía

Una cosa que nos impactó mucho fue que la gente tiraba la basura al río. No hay ninguna conciencia sobre lo que el plástico causa en el medio ambiente, y no creo que sean conscientes de lo que el Amazonas y sus selvas significan para el planeta. Veías a mucha gente tirar la basura, y mucha otra la dejaba en el suelo, por lo que se acababa volando igualmente. Luise y yo recogíamos bastante y la metíamos en los cubos, pero no se si esos cubos también van o no al río… En una ocasión incluso le dije a un chico “perdona, se te ha caído esto… a ver si va a acabar en el río”. Se levantó, lo tiró a la papelera y volvió a tumbarse. Así de fácil.

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Llegamos a Iquitos sobre las 5 de la tarde. Según atracamos, y antes de desembarcar, ya teníamos a varias personas dentro diciendo “venga amiga, yo les llevo a un hostal bueno, les llevo por solo 2 soles”, es un poco agobiante, pero bueno, una se acostumbra. Dandole largas, bajamos, y nos encontramos con un auténtico caos de basura, otras embarcaciones, perros vagabundos, olores muy fuertes, moto taxis y un montón de personas hablandonos a la vez. Abrumada, escuché a Luise hablar con un chico que decía que nos llevaba por 7 soles. Entonces vislumbré al que había entrado al barco y le hice una seña. Él nos iba a llevar por 2, así que… No os dejéis engañar, os dirán que la ciudad está lejos y otras excusas, pero no paguéis más de 2 o 3 soles.

Iquitos es una de las ciudades más grandes que no está conectada por tierra con otras. Solo con un pueblo, creo, que se llama Nauta, desde donde salen los barcos rápidos a Yurimaguas (de rápidos no tienen nada, pero esa es otra historia). En la ciudad está el mercado de Belén, es un barrio bastante malo, pero durante el día no hay peligro. Dentro hay distintas zonas. Hay una que está como flotando y es la más bonita a la vez que la más desagradable. Venden todo tipo de animales (o partes de éstos) legales e ilegales de la jungla. Yo solo me quedé en la parte de las frutas y verduras, porque no quería verlo. Pero bueno, lo mejor es que preguntéis en vuestros alojamientos qué hacer, porque aunque a primera vista parece que no hay mucho, se le puede sacar mucho partido a esta ciudad que tanto caucho dio.

Aunque esta no sea la manera de disfrutar de la selva, desde luego ha sido toda una experiencia. No solo por el hecho de recorrer parte del Amazonas en un barco carguero durante unos días, durmiendo en una hamaca y sin ducharse, si no por ver como se mueve la gente local, y poder hablar un poco con ellos. Además, los paisajes son una auténtica pasada e igual tenéis suerte y véis los delfines rosas… Creo que merece la pena hacerlo una vez si os encontráis en la zona. Hay mucho tráfico de barcos entre Perú, Colombia y Brasil, así que depende de dónde os encontréis.

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Espero que esto sea de ayuda 🙂

¡Hasta la próxima!

Está bien sentirte mal

Acababa de llegar a Bogotá, al terminal de autobuses tras más de 8 horas de viaje. Tenía un camino bastante largo hasta llegar a la casa de mi tío, con quien me estoy quedando un par de días. En la oficina de turismo pregunté como llegar, ya que estaba sin datos y no podía usar Google Maps. Me dio tres alternativas; coger un taxi o Uber, usar el Transmilenio o un (o varios) autobús urbano normal. Pues llamadme idiota, pero me decanté por el bus urbano, ya que los taxi son caros y no quería comprar otra tarjeta para el Transmilenio.

Salí del terminal, y me quedé parada porque aunque me acabasen de explicar el camino, me di cuenta que en realidad no me había enterado. Pregunté a dos personas que no me supieron indicar. A la tercera fue la vencida, pero yo ya me encontraba intranquila. Al llegar a la parada, pregunté si esa era la correcta y me respondieron con un “lo siento, no soy de aquí”. En seguida vi uno de los autobuses que podía tomar; resultó que también se necesitaba la tarjeta. Le rogué al conductor en vano, y luego a los otros pasajeros que me pasasen con sus tarjetas y les daba el dinero en efectivo. Nada.

Las lágrimas ya se agolpaban por salir, pero me dije “no seas idiota, cojes el próximo”. Apareció uno que me dejaba en un punto en el que tenía que cambiar, pero no quería esperar más y me subí. Al cabo de un rato, pregunté al chico sentado a mi lado si estábamos cerca del centro comercial en el que tenía que bajar.

-No lo sé, no me muevo mucho en bus.

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En ese punto mi cara ardía con lágrimas contenidas. Intentando aguantarme para no romper a llorar en ese pequeño autobús y sientiéndome más sola que nunca. Entonces una mano me dio un toque en el hombro. El hombre de detrás me preguntó dónde me tenía que bajar. Se lo dije y me explicó exactamente dónde y como cambiar de autobús. Me las apañé para coger el bueno y en la buena dirección, sin embargo, me pasé de parada. Bajé corriendo confusa y ahí exploté. Me senté en un banco y dejé que todo saliese. Lloré y lloré como una magdalena. No podía parar.

Me di cuenta de que echaba muchas cosas de menos; principalmente mi hogar, con todo lo que tiene dentro, el conocer bien una ciudad, o el  no sentirme insegura sola por la noche. Estaba estresada y cansada. De viajar, de llevar toda mi vida en una mochila de 44 litros, de moverme continuamente, de no tener las cosas que hacen que me sienta bien y segura…  En fin, colapsé, en mitad de una calle de Bogotá a las 8 de la noche y no sabía qué hacer. Tras cuatro meses y medio de viaje, me dio el bajón de la nostalgia. Siempre que he salido de viaje, me ha pasado en algún momento. Claro que nunca había viajado tanto tiempo, y si he pasado más tiempo fuera de casa estaba con una familia de acogida o con amigos y compañeros de piso con los que podía contar. Sin embargo, ahora estaba sola, y me sentía sola.

A esto se añadió el hecho de sentirme terriblemente egoísta por estar en esa situación cuando estoy haciendo algo que tanta gente se muere por hacer. Viajar durante meses, sin billete de vuelta, viviendo experiencias que en casa no podría ni pensar, conociendo gente interesantísima, y aun así, ahí estaba yo; moqueando y sientiendome miserable.

Me quedé un rato ahí sentada hasta que me calmé. Recordé entonces un artículo que leí hace tiempo sobre el tema. Es completamente normal sentirse así; por mucho que estés haciendo algo con lo que llevas soñando años, estás lejos de tu hogar y es posible que el viaje se vuelva un poco monótono. A veces se hace duro no tener una habitación para ti, o la falta de intimidad, los viajes en autobús son largos y tediosos, y te hacen pensar en cosas que igual no te apetece pensar.

Viajar sola es una montaña rusa; hay veces que te encantaría tener a tu pareja o amigos porque sabes que las risas están aseguradas y la morriña se hace hueco en el corazón cuando ves a la gente con los suyos, sin embargo es realmente empoderador el estar sola y tener la libertad de ser tú quien toma todas las decisiones sin recaer en nadie, no dependes de nadie. Y eso es lo que hizo que me recompusiese. Estoy aquí porque quiero, y soy consiente de lo privilegiada que soy por poder hacerlo y quizás también por tener este ansia por viajar y ser curiosa.

Puedo volver a casa cuando quiera… Pero no estoy lista aun. Me queda mucho camino por recorrer, y siempre voy a tener un hogar al que volver, lo cual es enormemente reconfortante. Puedo seguir unos meses más durmiendo en casas ajenas, hamacas y lo que surja. Es parte de la magia de viajar.

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¡Hasta la próxima!

Sentirse en casa fuera de casa

Es curioso cuando viajas a largo plazo, tu percepción de lo que es un hogar cambia mucho (y eso que llevo solo cuatro meses). Siempre que me ido de viaje o fuera de casa durante al menos un mes, siempre he tenido un momento en el que la morriña me golpea con fuerza, la soledad me atrapa y lo único que quiero es estar en casa con los míos, en mi cama y sintiéndome segura. Siempre me ha pasado, lloro un rato, y más tarde o más temprano se me pasa. Aquí me pasó el día de mi cumpleaños en Quito, después de llevar dos meses viajando, por suerte, estaba con gente genial a mi lado y se me pasó rápido.

Luego llegué a Bogotá, y me sorprendí lo cómoda que me sentía en una ciudad de tal magnitud. Me movía con facilidad, estaba rodeada de buenas personas que me acogieron y me ayudaron en todo lo que estuvo en sus manos, y en general, la energía de la ciudad hizo que me encontrase muy bien en todo momento. Estuve diez días sintiéndome realmente cómoda. Pero “the show must go on” y debía seguir con mi viaje. Todo fue bien, normal, hasta que llegué a Minca. Minca cambió mi forma de ver las cosas.

Minca es una aldea realmente, a unos 14 kms de Santa Marta y lindando con Sierra Nevada. Ha ganado cierta popularidad en los últimos años, pero sin llegar a masificarse o a convertirse en un sitio puramente para turistas, como me pareció Palomino, no muy lejos. Pero bueno, me habían hablado maravillas de Palomino, así que depende de donde uno se sienta mejor. Todo el mundo se extraña cuando hablo de lo bien que me sentí en Bogotá… Cada persona es un mundo.

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Llegué a casa de mi anfitrión de Couchsurfing, y me despedí temporalmente de los chicos de Sudáfrica. En la casa había otra pareja de Reino Unido que me recomendó hacer la excursión al mirador de Los Pinos, pasando por las cascadas de Marinka y el albergue Casa Elemento. Fue un día muy largo, en total estuve caminando unas 7h, y además me cayó un chaparrón enorme. Para cuando llegué al pueblo de nuevo, empapada, lo único que quería era tomarme una taza de chocolate caliente. Fui a un sitio que estaba cerrado, un hombre me vio y me preguntó qué buscaba. En cuanto le respondí, emocionado, me llevó prácticamente de la mano hasta un pequeño local con una terracita llena de gente. Me indicó que me sentase en una mesa que ya estaba ocupada. Le pregunté al hombre allí sentado si le importaba, él, animado, respondió que todo lo contrario. Tendría unos 60 años. Llevaba una camiseta negra a la que le había cortado las mangas, el pelo blanco le llegaba a los hombros adornado con una bandana roja. Me contó que era de Canadá y lo mucho que odiaba Canadá. Hacía yoga y meditaba todas las mañanas. Pagó mi chocolate y un helado. Para cuando volví a la casa, estaba inspirada.

A la mañana siguiente, a las 6 de la mañana me quitaba las sandalias antes de entrar en el kiosko de Casa Yoga para hacer mi primera sesión de meditación que no fuese guiada por YouTube. Tras media hora, empezaba hora y media de hatja yoga. Todo, desde la localización del kiosko, con las vistas de las montañas de Minca, la madera, el sonido de los pájaros, los gallos y los gatos que se colaban para hacernos compañía  hizo que me sintiese no solo relajada, si no en paz.

Decidí alargar mi estancia en Minca para poder ir cada mañana a meditar y a la clase de yoga. Estaba realmente conectada con el entorno, cómoda, tranquila y cada día conseguía concentrarme mejor en la meditación. Dejé de usar el tronco para sentarme, y dejó de molestarme que se me durmieran las piernas. Era consciente de mi cuerpo, de los sonidos a mi alrededor, de las sensaciones, de mi respiración… También pensaba en otras cosas durante el día; en mis relaciones, en quien me inspira, en como soy con los demás, en ser más agradecida y saber apreciar mejor mis privilegios y el hecho de poder estar viajando a largo plazo.

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Participé en un taller de genealogía para conectar con mis raíces y ver patrones que es posible que se hayan repetido sin darnos cuenta en la familia. Fue muy intenso, se abrió una caja que guardaba muchas emociones y sentimientos que no sabía que tenía.

Habiendo crecido en una familia relativamente religiosa, fui a misa obligada de mi pequeña. Siempre he sido bastante escéptica con la Iglesia; no entendía el concepto de la fé, y pensaba que rezar no servía de nada. Incluso me identificaba como atea (ya no, ahora siento que el movimiento ateo solo quiere matar la espiritualidad, que es pesimista y que se basa en “si yo no puedo encontrar alegría en la religión, tú tampoco”, pero ese es otro tema), pero entonces participé en este taller, y no miento cuando digo que todo tenía sentido. La fé, el creer, el ser feliz por creer y sobretodo la oración. Sigo pensando que la Iglesia como institución es un cáncer, pero no la espiritualidad, y el rezar para agradecer lo que tienes, o por los que amas.

Los que me conocéis, estararéis pensando que si me han lavado el cerebro una panda de hippies y que me vuelva ya para España jaja, pero nunca me he sentido tan cómoda y feliz conmigo misma. Fue en estos días en los que me di cuenta de que estaba contenta, era consciente de mi situación, me vi desde fuera, como en tercera persona, y me gustó lo que vi. Estaba realmente plena y feliz.

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Muy a muy pesar, tuve que irme de Minca. Un vuelo ya comprado desde Cartagena unos días más tarde me obligaba. No he vuelto a sentirme como estaba allí, pero se que volveré. Si no es en esta vida, será en otra.

Námaste.

 

PD: Gracias, Fulgue por enseñarme a Siddharta. Desde luego, ha tenido un papel muy importante en el camino espirtual.

La costa caribeña de Colombia

¡Hola de nuevo! Hoy os vengo a contar como ha sido viajar por el caribe colombiano (no incluyo San Andrés, que eso ya tiene su entrada), que nada tiene que ver con el Caribe tal y como lo conocemos…

La costa caribeña es enorme, y la pacífica aun más, por lo que puede ser algo agobiante planear un viaje, pero en general, casi todo el mundo sigue una ruta similar. Yo os voy a contar qué hice yo (obvs). Empecé el recorrido en Riohacha.

En Ocaña había conocido a una pareja de sudafricanos y decidimos viajar juntos un tiempo ya que íbamos a hacer la misma ruta de todas formas. Desde Ocaña (más bien Aguachica), en bus son unas 8h y cuesta alrededor de COP 85.000 (casi 30€), sin embargo, para cuando llegamos a la terminal, ya no quedaban tiquetes. Preguntando a la gente, encontramos un coche que nos llevaba por 70.000 (23€), pero teníamos que esperar a un cuarto pasajero.

La Guajira

Bueno, al final tardamos como 14h en llegar a Riohacha (pista: TRES llantas destrozadas, TRES), era medianoche, nuestro anfitrión de couchsurfing no nos respondía y tuvimos que buscar algo desesperados. Fuimos al primero que encontramos, pero al día siguiente buscamos algo más económico (Hostal Sol y Sombrilla, 20.000 (casi 7€) la habitación compartida). En Riohacha realmente no hay mucho, tiene una playa muy grande que siempre está vacía y en general es muy barata, podéis encontrar almuerzos por 7.000 (poco más de 2€) o menos incluso y es una buena base para ir a los desiertos de Cabo de la Vela y Punta Gallinas. Para ir al desierto desde Riohacha, hay que coger una buseta hasta un punto X (15.000) y de ahí coger un 4×4 (20.000) que te deja en Cabo de la Vela, donde hay algo más de vida. Recomendado salir muy temprano y llevar una mochila más pequeña con lo justo, ya que seguramente no haya taquillas para dejar las cosas de valor o son pequeñas, comida y agua porque allí es todo muy caro, porque el camino que tienen que recorrer para traer la comida y el agua es muy largo. Hay una variedad relativamente amplia para hospedarse, la verdad, pero siempre es en hamaca, rondando los 12 o 13 mil pesos.

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Caminando por el Cabo de la Vela

Es muy curioso porque es un desierto totalmente árido al lado del mar, que no es nada profundo, no tiene olas y de un azul muy intenso. Una vez allí, se pueden hacer caminatas por la zona y subir a un cerro, pero el calor y el viento lo ponen difícil. Hablando de viento; otra de las actividades más populares es el Kite Surf.

También se puede ir a Punta Gallinas, el punto más norte del país, pero son unos COP 120.000 (unos 40€), más pasar la noche y tal, así que depende del presupuesto con el que viajéis.

Palomino

Sí, o sea yo tampoco entiendo como un sitio puede tener semejante nombre, pero ahí está. Es una pequeña aldea entre la playa y la cordillera de Sierra Nevada. Es todo muy bonito, pero está cuidadísimo para el turista, a mi me pareció como un montaje.

Fuimos a pasear por la playa hasta un punto en el que el río se junta con el mar. Es muy bonito, y se hace en una hora y media o menos. Solo pasamos una noche en el Sofa King Bueno Hostal, que no fue el más limpio, pero solo nos costó 10 mil pesos…

Santa Marta

Fue la primera ciudad fundada de Colombia.  Se enorgullece de ser la ciudad más antigua del país y la segunda ciudad colonial más importante –tras Cartagena de Indias, aunque arquitectónicamente, se nota más el pasado colonial en esta última.

Tiene dos cosas buenas principales; una es la cantidad de tiendas de ropa y zapatos que hay, lo cual en realidad es malo. Recordemos que soy una mochilera con un presupuesto muy justo y espacio aun menor… Pero es divertido ir a mirar. La otra cosa buena es que es una buena base para ir al Parque Nacional de Tayrona; dejar las cosas y llevar lo justo. El autobús desde ahí a Tayrona son COP 7000. En sí, la ciudad no tiene mucho. Las playas están en Rodadero o Taganga, y hace demasiado calor como para disfrutar de los paseos. Pasamos un par de noches, y uno de los días fue para preparar las cosas del Tayrona.

Taganga

Si os gusta el buceo, estáis de suerte, porque aquí es donde más barato lo podéis hacer. Yo tenía intención de ir precisamente por esto, sin embargo por el camino escuché algunas historias que hicieron que se mi quitasen las ganas. También hubo gente que no le pasó nada, pero cuando más de dos personas te cuentan anécdotas no tan divertidas (robos a mano armada por ejemplo), te replanteas las cosas. No se si me perdí mucho o no… Creo que tiene unos atardeceres impresionantes, pero me quedé sin verlos.

Parque Nacional de Tayrona.

A tan solo unos 30kms de Santa Marta, se levanta este increíble parque nacional que junta la selva más frondosa con unas playas que quitan el hipo. Se puede ir por mar desde Taganga o tierra desde Santa Marta. El parque consta de más de 15.000 hectáreas de área protegida, de las cuales más de 3.000 son marinas. Para los amantes de los animales, si tenéis suerte -y camináis sin armar mucho follón- podéis divisar especies como el mono aullador o el águila blanca, habiendo también venados y una cantidad ingente de reptiles.

Ahora sí, si sois estudiantes, aseguraos de traer la tarjeta y que sea vigente o falsificar la fecha de alguna forma. Si no lo sois, intentad falsificar alguna si no queréis pagar mucho porque la entrada son 44.500 pesos (casi 15€), sin embargo para estudiantes de todo el mundo son 9.000 (3€). Depende del plan que llevéis, deberíais traed vuestra propia comida y agua, o podéis comprarla allí, pero es un poco caro.

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El lujoso alojamiento en Tayrona… las hamacas estaban recién lavadas (NO).

Nosotros éramos tres; una pareja de Sudáfrica que conocí unos días antes, y yo. Llevamos en total 21l de agua en botellas y bolsas de plástico (sí, aquí el agua se vende en garrafas o bolsas). Llevamos snacks, fruta, pasta, maíz y pan de molde para tres días con dos noches.

Desde la entrada principal (El Zaino) hasta el parqueadero son unos 50 minutos andando o se pueden coger unos autobuses que te acercan por 3.000 pesos (1€). Nosotros caminamos. A partir de ahí, la única forma de moverse por el parque es a pie o a caballo (previo pago, claro). Una vez ahí, hay una caminata a las distintas zonas de camping de una hora y media más o menos. Creo que los sitios más populares son Cabo San Juan, Arrecife y Don Pedro. El tipo de alojamiento varía desde cabañas, tienda de campaña o hamaca. En Don Pedro las hamacas son 15.000 (5€), en Cabo San Juan 25.000 (8€).

Una vez en el parque, hay mil cosas que ver y hacer. Muchas de las playas tienen corrientes muy fuertes, por lo que no es permitido el baño, por lo que hay que preguntar las que sí se puede. Ah, y siempre contad el tiempo que tardáis en llegar; que no se os haga de noche, porque creedme; que se haga noche cerrada en la selva sin saber donde estás o como volver y que no llegue señal al móvil NO es nada divertido.

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Playa El Arrecife en la que no se puede nadar debido a las fuertes corrientes

Minca

Es una pequeña aldea a unos 14kms de Santa Marta, pero en lugar de seguir por la costa, hacia las montañas. No voy a explayarme mucho porque no está en la costa costa, y además, este sitio se merece su propia entrada. Solo decir que hay que coger unas busetas (camionetas) que te llevan por 8000 y tardan unos 45 minutos.

Barranquilla

La ciudad que nos ha dado a Shakira y a Sofia Vergara… famosa por su increíble carnaval; al parecer es el más increíble después del de Rio de Janeiro… Las espectativas son altas. Sin embargo, fuera de eso, no es más que una ciudad caribeña moderna. Turísticamente no tiene mucho que ofrecer. Si estás ahí, encuentras cosas que hacer, pero si no vais, no os perdéis nada. Pero si estáis, id al Castillo de Salgar para ver el atardecer.

Cartagena de Indias

En esta preciosa ciudad es posible que te olvides del calor que hace cuando te pierdas por las coloridas callejuelas de la Ciudad Amurallada o te bebas un buen jugo natural en el “castizo” barrio de Getsemaní. Si se hace demasiado duro, un bañito en la playa seguro que os refresca.

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Una calle en Getsemaní

Fundada después de Santa Marta, y sin embargo tan distinta. Con una fuerte huella de los colonos españoles que invadieron la ciudad. Las fachadas de las calles brillan con colores pastel o fuertes amarillos, las flores de los balcones, las plazoletas con suelo pavimentado, me recuerda a cualquier pueblo del mediterráneo europeo. El Museo Naval cuenta la historia de los indígenas que había antes de que llegasen los españoles, como los españoles la “liaron parda”, y como se convirtió en un puerto de compra-venta de esclavos y un punto muy estratégico para piratas de todo el mundo (son 16.000 pesos, y aunque la historia es muy interesante, hay demasiada información mal ordenada y para ser sinceros, con alguna falta de ortografía que es difícil ignorar).

Cartagena es la ciudad más cara de la costa, los albergues rondan los 30.000 pesos (10€) la noche, y los almuerzos en general están en 10.000, pero si rebuscas bien por Getsemaní, los hay por menos. Si os sobra el tiempo y un presupuesto no muy tieso, hay un tour a las islas de Barú y del Rosario. No sé el precio, pero son playas de arena blanca con el agua turquesa tan característica del Mar Caribe.

Lo que no me gustó nada de Cartagena fue la gente. Me parece importante mencionarlo… Ha sido el sitio en el que menos segura me he sentido… Y no fue por miedo a que me robasen sino por como me miraban y como me hablaban los hombres por la calle. Normalmente, consigo ignorarlos sin que me afecte demasiado, pero en Cartagena fue realmente incómodo…

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Atardecer en la Ciudad Amurallada

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Bueno, como véis la costa de Colombia tiene muchísimo que ofrecer. Y eso que solo he hablado de la costa del Caribe. Al sur de Panamá, está la zona de El Chocó, con kilómetros y kilómetros de costa, pero muy distinta.

En total, yo pasé casi un mes en la costa, y se me hizo corto, porque Minca me atrapó completamente, pero tenía un vuelo de Cartagena a Medellín. Si vais con tiempo, os aconsejo que le dediquéis por lo menos un mes solo a la costa. Al Tayrona se le puede dedicar mucho más que dos noches, y lo mismo al desierto de La Guajira.

¡Espero que os haya gustado y que os ayude si tenéis pensado visitar Colombia! Yo no me voy a cansar de recomendarlo. Por supuesto, si tenéis dudas, sugerencias o queréis saber cualquier cosa, bienvenidas sean 🙂

¡Hasta la próxima!